San Ignacio de Loyola (1491-1556) es el fundador de la Compañía de Jesús y autor del libro de los "Ejercicios espirituales", una de las obras más influyentes de la historia de la espiritualidad cristiana. Su itinerario personal muestra cómo Dios puede transformar una existencia marcada por las aspiraciones humanas en un camino enteramente orientado al servicio del Evangelio.
Íñigo López de Loyola nació en el castillo familiar de Loyola, junto a Azpeitia, en el País Vasco. De joven fue caballero al servicio del emperador Carlos V. En 1521, mientras defendía la fortaleza de Pamplona, una bala de cañón le destrozó una pierna. Trasladado a su casa natal, tuvo que soportar largas y dolorosas operaciones. Durante la convalecencia pidió novelas de caballerías para distraerse, pero solo encontró una vida de Cristo y un libro sobre los santos. Aquellas lecturas despertaron en él el deseo de seguir a Jesucristo y dieron comienzo a una profunda conversión.
Una vez recuperado, peregrinó al monasterio de Montserrat, donde pasó una noche entera en vela ante la Virgen y dejó sus armas como signo de su nueva vida. Después se retiró a Manresa, dedicándose durante casi un año a la oración y a la penitencia. Allí vivió una intensa experiencia espiritual que él mismo describió como una extraordinaria iluminación interior: «Se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento... le parecían todas las cosas nuevas» ("Autobiografía", 30). Aquellas vivencias serían el germen de los futuros "Ejercicios espirituales".
Peregrinó a Jerusalén, donde quería establecerse, pero no pudo ser y regresó a España. Comprendió entonces que necesitaba una sólida formación y estudió filosofía y teología en Barcelona, Alcalá, Salamanca y París. En esos años sufrió sospechas, procesos e incluso encarcelamientos, porque hablaba de Dios y animaba a la conversión antes de haber concluido sus estudios.
En la universidad de París reunió a un pequeño grupo de compañeros, entre los que destacaban Pedro Fabro y Francisco Javier. Con ellos, además de Simón Rodríguez, Diego Laínez, Alfonso Salmerón y Nicolás de Bobadilla, compartió la oración, el estudio y el deseo de anunciar el Evangelio. Decidieron ponerse a disposición del papa para ser enviados allí donde la Iglesia tuviera mayor necesidad.
En Roma nació oficialmente la Compañía de Jesús, cuyos miembros profesaron los votos de pobreza, castidad y obediencia, añadiendo un cuarto voto de especial obediencia al papa para las misiones.
Desde una modesta residencia situada junto a una pequeña capilla mariana, donde más tarde se levantaría la iglesia del Gesù, san Ignacio dirigió la expansión de la nueva orden por Europa, Asia, África y América. Al mismo tiempo, escribió las "Constituciones", fundó colegios, promovió numerosas iniciativas de caridad y organizó la atención a pobres, prisioneros, mujeres desamparadas y personas convertidas al cristianismo.
Cuando murió en Roma, el 31 de julio de 1556, la Compañía de Jesús contaba ya con cerca de mil religiosos, organizados en once provincias y noventa y dos casas, de las cuales treinta y tres eran centros educativos. Sus restos descansan en la iglesia del Gesù, donde siguen recordando la fecundidad de una vida totalmente entregada «a la mayor gloria de Dios».

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