Hay personas que han hecho de su vida una ofrenda de amor. María Magdalena es una de ellas. Amó mucho porque primero se descubrió infinitamente amada. Jesús la había liberado de sus cadenas —los evangelios hablan simbólicamente de «siete demonios»— y, desde aquel encuentro, ya no pudo vivir para otra cosa que para seguir sus pasos.
No fue la amante de Jesús, como imaginan ciertas novelas que reducen el misterio del ser humano al deseo posesivo. Fue algo mucho más grande: una discípula enamorada del Señor, transformada por su misericordia.
Los evangelios no la presentan como hija o esposa de nadie. La llaman simplemente «la Magdalena», la mujer de Magdala. En una sociedad donde la identidad femenina dependía siempre de un varón, este detalle resulta profundamente elocuente. María aparece con nombre propio, libre para responder a la llamada de Dios y para caminar detrás de Jesús con una fidelidad que desafió todos los prejuicios de su tiempo.
¡Cuánto debieron soportar aquellas mujeres que seguía a Jesús por los caminos de Galilea! Miradas de desprecio, murmullos, acusaciones, incomprensiones... Sin embargo, no abandonaron al Maestro. Mientras muchos huían, ellas permanecían. Permanecieron al pie de la cruz cuando el miedo dispersó a casi todos. Permanecieron junto al sepulcro cuando parecía que toda esperanza había muerto. Permanecieron porque el amor verdadero no calcula riesgos ni busca excusas para escapar.
Y precisamente allí, donde las lágrimas parecían tener la última palabra, el Resucitado salió a su encuentro. La primera voz que anunció la victoria sobre la muerte fue la de una mujer cuyo testimonio, según las leyes de la época, no tenía valor público. Dios eligió lo que el mundo despreciaba para manifestar la noticia más grande de la historia. María Magdalena se convirtió, así, en la primera anunciadora de la Pascua, apóstol de los apóstoles.
También hoy el Señor sigue buscando corazones capaces de permanecer cuando otros abandonan, de esperar cuando todo parece perdido, de amar cuando el amor resulta costoso. Quizá predicamos demasiado con palabras y demasiado poco con la vida. María Magdalena nos recuerda que el anuncio más convincente nace siempre de un corazón que ha experimentado la misericordia y ya no puede callar.
¡Benditas Magdalenas de todos los tiempos! Mujeres que, sin buscar protagonismo, siguen sosteniendo la fe de la Iglesia con su oración silenciosa, su entrega cotidiana y su amor sin medida. Gracias a ellas, el Resucitado continúa derramando su gracia y despertando la esperanza en un mundo que con demasiada frecuencia sigue llorando junto a tantos sepulcros.

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