Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 27 de julio de 2014

El tesoro escondido y la perla preciosa


Hace dos domingos hablamos de la parábola del sembrador y el domingo pasado de la parábola del trigo y la cizaña. El evangelio de hoy nos propone dos nuevas parábolas de Jesús: el tesoro escondido en el campo y la perla preciosa. 

El que descubre estas cosas es capaz de desprenderse de todo lo demás para conseguirlas. El tesoro, la perla, lo más hermoso y valioso del mundo es Jesús mismo. Por él se puede renunciar a cualquier otra cosa, porque él vale más que todo el mundo junto.

El acento no recae en lo que tenemos que dejar para seguir a Jesús, sino en lo que él nos ofrece, que es mucho más precioso que cualquier otra cosa, por lo que el gozo verdadero proviene de encontrarle a él.

Dice san Juan de la Cruz que nuestro corazón tiene capacidad infinita, por eso no se llena con menos que con Dios. Podemos tener todos los bienes del mundo, pero si nos falta Jesús, nada vale la pena. Puede faltarnos todo lo demás, pero si tenemos a Jesús, tenemos lo principal. Y añade:

"Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Pues ¿qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en migajas que se caen de la mesa de tu Padre. Sal fuera y gloríate en tu gloria, escóndete en ella y goza, y alcanzarás las peticiones de tu corazón".


En otra ocasión he explicado el evangelio de hoy con un video y un cuento (el viaje al Amazonas).

Por cierto, hoy es la memoria del beato Tito Brandsma, que he presentado aquí y del que he ofrecido un texto aquí.

2 comentarios:

  1. Gracias Padre por esta reflexión de hoy y siempre. Que tenga un descanso dominical. Alina

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  2. Este pasaje del Evangelio siempre me ha traido grandes alegrías y tambien penas.
    Alegrias de saber que Dios es todo nuestro cuando le recibimos en la Eucaristía, y que poco sabemos acogerlo y disfrutar de su gran amor. Aida Estela

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