Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 5 de octubre de 2015

Qué es una "novena". Justificación bíblica


El día 15 de octubre se celebra la fiesta de santa Teresa de Jesús, que este año coincide con la clausura del quinto centenario de su muerte. El año pasado les propuse una novena en honor de la Santa preparada por las carmelitas descalzas de Zarautz (Guipúzcoa). A partir de mañana retomo los textos con pequeñas variantes para prepararnos para la fiesta. Pero hoy quiero reflexionar sobre qué es una «novena» y la justificación bíblica para realizarla.

Una «novena» en honor de un Santo consiste en un conjunto de nueves días en los que se rezan algunas oraciones y se tienen reflexiones en su honor, pidiendo a ese Santo que interceda por nosotros ante el Señor.

La Biblia nos da testimonio de que los israelitas, en sus oraciones, hacían memoria de los antepasados justos, a los que consideraban válidos intercesores ante Dios. Lo podemos ver en varios pasajes de la Sagrada Escritura, como cuando Moisés ora por el pueblo, diciendo: «Acuérdate de Abrahán, Isaac y Jacob, siervos tuyos» (Ex 32,13). También los jóvenes en el horno de fuego, dicen: «No nos retires tu amor, por Abrahán, tu amigo, por Isaac, tu siervo, por Israel, tu consagrado» (Dn 3,34-35). Y el salmista ora: «Por amor a David, tu siervo, no des la espalda a tu ungido» (Sal 132 [131],10). 

En polémica con los saduceos, que negaban la resurrección, Jesús mismo citó la Escritura, que pone a los patriarcas por intercesores ante el Altísimo, diciendo: «No es Dios de muertos, sino de vivos» (Lc 20,38). Finalmente, el Apocalipsis habla del culto de los redimidos ante el trono de Dios: los veinticuatro ancianos (imagen de los 12 padres de las tribus de Israel y de los 12 apóstoles) tenían en sus manos «copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los Santos» (Ap 5,8). 

Estas consideraciones bíblicas nos permiten descubrir que el recuerdo que hacía Israel de sus antepasados, convencidos de que ellos están vivos y de que interceden por su pueblo ante el Señor, es la verdadera raíz del culto cristiano a los Santos.

Ante todo, los Santos son modelos de vida para los cristianos porque se han identificado con Cristo, cada uno en su propio estado y condición. Los Santos nos recuerdan que todos estamos llamados a vivir en plenitud la vocación bautismal, especialmente mediante la práctica de las bienaventuranzas. Ellos testimonian que el mensaje de Cristo es siempre actual ya que, en distintas épocas y lugares, han sido capaces de encarnar el evangelio y de hacerlo creíble. Santa Teresita del Niño Jesús (de Lisieux) dice que el mundo de las almas es como un jardín, en el que cada flor es hermosa y manifiesta a su manera la belleza del Creador. Esto se puede aplicar especialmente a los Santos, que reflejan la luz de Cristo sobre el mundo, como la luna y las estrellas reflejan la única luz del sol, cada una allí donde se encuentra.

Los Santos también son válidos intercesores ante Dios. El Concilio Vaticano II reafirmó la fe en la comunión de los Santos, indicando que los que ya están definitivamente unidos a Cristo trabajan para que el resto de la Iglesia alcance la meta prometida: «No cesan de interceder por nosotros ante el Padre. Su fraterna solicitud ayuda mucho a nuestra debilidad» (Lumen Gentium, 49). Santa Teresita manifestó en diversas ocasiones su conciencia de que pasaría el cielo haciendo el bien en la tierra, de que su misión de salvar almas continuaría después de su muerte. Efectivamente, quien va hacia Dios, no se aleja de los hombres, sino que se hace cada vez más cercano a ellos.

Por último, los Santos alimentan la fe en la vida eterna y estimulan la esperanza de alcanzarla. Al reflexionar en su destino, nuestro corazón se ensancha y se alegra por las maravillas que Dios ha reservado para los que le aman. El testimonio de los Santos, que ya gozan la vida eterna nos hace desear esa plenitud de vida para la que fuimos creados y nos hace exclamar, con santa Teresa de Jesús (de Ávila): «Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero, que muero porque no muero». Este aspecto tiene especial importancia en nuestros días, en que se tiende a olvidar esta dimensión fundamental de la fe cristiana.

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