Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 15 de enero de 2015

¿Y si un día desaparecemos? Reflexiones sobre la falta de vocaciones religiosas


El 2 de febrero se celebra la jornada anual de la vida consagrada en un año especialmente dedicado a reflexionar sobre su identidad y su misión en la Iglesia. Ayer les puse el testimonio de un compañero mío y anteayer algunas palabras del papa para este año de la vida consagrada.

En nuestros días son muchos los que reflexionan sobre la falta de vocaciones para la vida consagrada y sobre el futuro de la misma. Yo mismo he escrito varias veces sobre el tema (por ejemplo, en esta entrada).

Hay quienes afirman que esta falta de vocaciones se debe a que las congregaciones se han secularizado, han abandonado sus signos de identidad y cosas por el estilo. Yo estoy convencido de que esas no son las causas. De hecho, los hermanitas de los ancianos desamparados y los cartujos nunca han dejado de usar el hábito ni sus formas tradicionales de vivir y también tienen pocas vocaciones. Y el mismo problema tienen la mayoría de los seminarios diocesanos, comenzando por el de Roma.

Hoy es difícil encontrar personas que quieran consagrarse a tiempo completo y para toda la vida a una misión, por muy fascinante que sea. Aquí no intento explicar el por qué o el por qué no. Solo constato una realidad. Tampoco digo que ya no queden personas dispuestas a hacerlo o que en el futuro no las habrá. Solo digo que es algo difícil y minoritario.

La crisis vocacional es un problema que afecta a todos los países occidentales y que con el tiempo nos obligará a repensar todo lo relacionado con los ministerios y las formas de consagración en la Iglesia. Creo que no desaparecerán los ministerios al servicio de la comunidad ni las vocaciones de especial consagración, pero serán distintos a como hoy los conocemos. 

Nos encontramos en una sociedad que cambia con rapidez (algunas cosas para bien y otras para mal). No es la primera vez ni será la última. Hasta ahora, la Iglesia siempre se ha adaptado (con más o menos dificultades) y ha sobrevivido en cada etapa de la historia. Así será también en el futuro, porque Cristo nos dijo que él estaría con nosotros hasta el fin del mundo y que el poder del infierno no prevalecerá sobre su iglesia.

Les propongo un interesante artículo sobre este argumento de la teóloga Dolores Aleixandre, religiosa del Sagrado Corazón, en el que reflexiona sobre el envejecimiento de los religiosos.

Reconozco haberme hecho esa pregunta alguna vez presionada por las circunstancias: cuando entré en el noviciado en los años 60 éramos 7.000 en mi Congregación y ahora estamos en 2.000. Resulta inevitable hacer un cálculo elemental con su pregunta correspondiente: si en 50 años somos 5.000 menos y se mantiene la misma tendencia en un futuro próximo: ¿cómo gestionar esta disminución alarmante al menos en países del Norte? ¿seguiremos existiendo dentro de 50 años?

Una vez enfrentada la pregunta, ya de por sí dura de formular en alto, y después de reflexionar sobre ella con más gente, lo que voy a decir no tiene nada de teórico y lo comparto por si puede ayudar a quienes estén en situaciones parecidas o aún más graves.

Una escena bíblica me sirve de punto de partida: el rey Ezequías cayó enfermo, el profeta Isaías fue a visitarle y le espetó en un alarde de delicadeza pastoral: “-Haz testamento porque te vas a morir”. Ezequías entonces se volvió de cara a la pared y se puso a rezar y a llorar (Is 38,1-8).

La postura de cara a la pared es elocuente y puede presentar modalidades varias: A) Negación de lo que está pasando por miedo a afrontar la situación. B) Lanzamiento atolondrado a la captura de vocaciones C) Importación de jóvenes de los Mares del Sur para que cuiden de nosotros y sostengan nuestras instituciones. D) Desafección y distancia de los asuntos congregacionales con un amargo: “sálvese quien pueda”.

¿Y cuál sería la reacción sensata? Pues la del valor de agarrar un espejo, mirarnos en él y preguntarnos: “Espejito, espejito ¿nos estará pasando algo de esto?”

Y, una vez contemplada con lucidez y cordura la situación, prepararse para la visita de Doña Nostalgia, Doña Pérdida y Don Desconsuelo, que llegarán con su banda sonora de lamentos, ayes y lágrimas. Dejarles pasar, saludarles educadamente y permitir que se expresen con libertad, pero no prolongar demasiado su visita. (Ojo, en cambio, con abrir la puerta a Don Quehemoshechomal y a Doña Culpabilidad, pareja altamente tóxica que incordia mucho, no aporta nada bueno y es resistente al desalojo).

Una vez concluido ese duelo sanante, proceder a despojar la disminución de las etiquetas de drama o de catástrofe: mirarla sencillamente como una consecuencia de la contingencia y la finitud que nos alcanzan, tanto en lo personal como en lo institucional: la promesa de estabilidad solo la tiene la Iglesia. Por eso, si después de un tiempo X una de sus instituciones deja de existir, no se desploman los cimientos del universo: ya de por sí ha sido un regalo que a lo largo de una serie de años un grupo de hombres o mujeres hayan vivido contentos su carisma, trabajando por el Reino de Dios y sirviendo a los demás lo mejor que han podido.

En cualquier caso, lo que toca es ser templados para cuidar y gestionar creativamente el presente y sabios para enfrentar animosamente el futuro, conjugando a la vez el prever y el confiar, el ser realistas y a la vez soñadores, en versión adaptada de lo de las serpientes y las palomas.

Pero a este tipo de reacción solo llegamos si nos decidimos a “subir de piso”, que es lo que hizo Ezequías al ponerse a rezar, y lo que hizo también la primera comunidad cuando, desvalida después de la marcha de Jesús, esperó en “la habitación de arriba” (He 1,13) a que llegara el Espíritu. Es Él (Ella, más bien…) quien hace posible que “pensemos como Dios y no al modo humano” (Mc 8,33) y afianza en nosotros convicciones a las que nunca llegaríamos solos: que no son de por sí más evangélicos los tiempos de crecer que los de disminuir; que los tiempos de poda son costosos pero pueden ser fecundos; que nada de lo entregado se pierde; que ni el prestigio ni el número son verdaderos amigos, mientras que la pobreza y la pequeñez sí lo son. Estamos en buenas Manos y podemos seguir amando y sirviendo sin plazos ni cálculos, y eso nos basta para vivir con alegría y agradecimiento.

Al final de la escena Isaías, por orden del Señor, volvió a visitar a Ezequías, le aplicó un emplasto de higos y él se curó y siguió viviendo. Nuestras historias, cuando Dios está por medio, pueden dar giros sorprendentes.

He tomado el texto del blog de la autora: "Un grano de mostaza".

6 comentarios:

  1. Me ha encantao la reflexion de esta mujer, yo tambien pienso que afortunadamente Dios está por encima de todo esto, nosotros hagamos todo lo que podamos, que donde nosotros no lleguemos, llegará Él. Fina.

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  2. Gracias por sus reflexiones y por las de esta hermana. Lo que le pasa a la vida religiosa lo vivimos también en otros ámbitos de la sociedad. La familia, la política, la economía... todo se encuentra en un proceso de cambio que nos desborda. Pero el Señor no nos dejará de su mano. Paolo.

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  3. Es verdad que la promesa de estabilidad, Jesucristo se la dio a su Iglesia, ella es la que prevalecerá, lo demás sufrirá transformación porque vamos caminando de vuelta a la casa del Padre de la mano del Espíritu Santo.
    Es mi humilde opinión . Adriana

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  4. Amén...Cuando el camino se pone duro los duros permanecen el camino...Con la gracia y la paz que sólo Señor puede dar,todo es posible...Maggy.

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  5. ¡Qué inteligente, qué sabia y qué realista demuestra ser esta mujer en este artículo! Había oído hablar de ella pero, la verdad, nunca había leído nada suyo ni la he oído hablar. Después de leer este artículo, creo que merecerá la pena.

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  6. Padre Eduardo, mientras haya un cristiano que predique y viva el Evangelio, puedes estar tranquilo :)

    Pilar Fabregat Fabregat

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