Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Noviembre nos invita a reflexionar en la esperanza cristiana


Con la llegada del otoño, se acortan las horas de luz y disminuyen las temperaturas, por lo que las plantas producen menos clorofila, de manera que las hojas se vuelven amarillas, rojas, marrones... antes de caer. Así, los árboles se preparan para los fríos del invierno, que se acerca. De alguna manera, el otoño nos hace reflexionar sobre el final de la vida y nos invita a poner la mirada en el cielo, en la vida eterna.

El mes de noviembre comienza con las conmemoraciones de todos los santos (el día 1) y de todos los difuntos (el día 2). La cercanía de estas dos celebraciones nos ayuda a comprender el significado de la «comunión de los santos», ya que, en el Cuerpo místico de Cristo, los vivos oramos por los difuntos (para que Dios les dé el perdón y la paz eterna) y los que ya han alcanzado la patria definitiva oran por nosotros (para que Dios no tenga en cuenta nuestras faltas y nos trate con misericordia).

A lo largo de este mes, la liturgia nos invita a estar en vela, como las vírgenes que esperaban al esposo con sus lámparas encendidas (domingo 8), sabiendo que tendremos que responder ante el Señor por los talentos que hemos recibido (domingo 15) y que, a la tarde de la vida, seremos examinados en el amor (domingo 22).

Este año 2020, el ciclo litúrgico de las celebraciones cristianas termina el 22 de noviembre, con la fiesta de Jesucristo, rey del universo. Él nos dice: «Venid, benditos de mi Padre, y heredad el Reino preparado para vosotros desde antes de la creación del mundo» (Mt 25,34). 

Este es el mensaje central de la liturgia de ese día, de este mes y de todo el año litúrgico: Dios tiene un proyecto eterno sobre nosotros, un proyecto previo a la creación del mundo, un maravilloso proyecto de amor. Hemos sido creados para heredar su Reino, para participar de su vida, para heredar una bendición. Por eso cantamos con gozo: «¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor!» (Sal 122,1).

El domingo siguiente, día 29, comienza el Adviento, que nos invita a poner los ojos en la futura venida del Señor, que llevará a plenitud la obra de salvación que inició con su venida en la carne, hace dos mil años.

Así el viejo año litúrgico termina de la misma manera que comienza el nuevo: invitándonos a reflexionar sobre la esperanza cristiana.

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