Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 14 de abril de 2017

El «buen ladrón»


Cuando Jesús estaba en la cruz sufrió una gran humillación: las burlas de la gente del pueblo, que decía: «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz» (Mt 27,40s; Mc 15,29s).

Los miembros del sanedrín insistieron en el mismo argumento: «¿No es el rey de Israel?; que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora» (Mt 27,42s; Mc 15,31s; Lc 23,35). 

También los soldados romanos se burlaban de él (cf. Lc 23,36). 

Incluso quienes fueron crucificados a su lado repitieron palabras parecidas: «¿No eres tú el mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros» (Lc 23,39; Mc 15,32).

Mateo y Marcos denominan a los que fueron crucificados con Jesús «lestes» (palabra griega que en español traducimos por ‘bandidos’, Mt 27,38; Mc 15,27). Es el mismo término que Juan usa para hablar de Barrabás (Jn 18,40). Por lo tanto, la condena de los que tradicionalmente llamamos «ladrones» no es por haber robado, sino por haberse levantado contra el poder romano, como en el caso de Barrabás. 

En ese caso se comprende que Jesús fuera crucificado con ellos, ya que también fue acusado de falso rey y de sedicioso contra el poder romano.

Uno de los condenados intuyó que la condena de Jesús es injusta, ya que él no era violento ni tenía que ver con los grupos a los que ellos pertenecían. Por eso le suplicó: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23,42). A lo que Jesús respondió: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43).

Si ese bandido era un judío piadoso, quizás hablaba del reino escatológico, que el mesías de Dios establecería al final de los tiempos. El caso es que Jesús le responde anunciándole que participará de su reino «hoy», el mismo día de su muerte.

Los evangelios no nos transmiten otras palabras que pudieran cruzarse los dos crucificados, pero estas siguen resonando en el corazón de los creyentes, que confían en la misericordia de Jesús, aunque se sientan pecadores e indignos de su gracia. 

Así, en la historia del cristianismo, Dimas (el nombre que la tradición ha dado al «buen ladrón») se ha convertido en modelo de una esperanza más fuerte que todos los razonamientos y fracasos.

Santa Teresa de Lisieux experimentó que el hombre no se salva por sus buenas obras, sino por el amor de Cristo y encontró en Dimas un ejemplo paradigmático. 

Ella, que oró con tanta intensidad por algunos grandes pecadores de su época, encontró en la escena del «buen ladrón» un motivo para seguir esperando. Incluso escribió una recreación piadosa en la que Dimas es la excusa para exponer sus ideas. En ella afirma: 

«Esos que amas ofenderán al Dios que les ha colmado de beneficios; sin embargo, ten confianza en la misericordia infinita de Dios; ella es lo suficientemente grande para borrar los más grandes crímenes […]. Jesús morirá para dar la vida a Dimas y este entrará el mismo día que el Hijo de Dios en su reino celestial».

Una preciosa oración de la Liturgia de las horas recoge estos sentimientos y dice así: 

«Señor Jesucristo, que, colgado en la cruz, diste al ladrón arrepentido el reino eterno, míranos a nosotros, que, como él, confesamos nuestras culpas, y concédenos poder entrar también, como él, después de la muerte, en el paraíso. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos».

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