La "corona de Adviento" es un símbolo cada vez más presente en nuestros templos y hogares. Más que un adorno, la Iglesia la ha elevado a la dignidad de sacramental, un signo tangible que marca el ritmo del alma en su peregrinación hacia el misterio de Navidad.
Suele constar de un aro de ramas verdes, sobre las que reposan cuatro cirios, que se corresponden con las cuatro semanas que componen este tiempo litúrgico. La primera semana se enciende uno; la segunda, dos; tres la tercera y, cuando están encendidos los cuatro significa que estamos a las puertas de la Navidad. De alguna manera, la progresividad del encendido indica que la luz de Cristo no irrumpe de golpe, sino que conquista nuestra oscuridad gradualmente.
Esta corona es la memoria viva de la historia de la salvación. Cada llama que encendemos (en el rezo de las primeras vísperas o en la eucaristía) es un eco de aquella "luz profética" que sostuvo la esperanza de la humanidad en la noche de los tiempos.
Es una pedagogía luminosa: a medida que el círculo se completa y el resplandor crece, los creyentes percibimos que el amanecer está cerca. La corona indica la preparación del corazón para ser habitado por el Sol de Justicia que nos visita desde lo alto para disipar, finalmente, toda sombra de muerte (cf. Mal 3,20; Lc 1,78).
A continuación les propongo una oración para recitar cada semana al encender la vela correspondiente:
Primer domingo. Encendemos, Señor, esta luz en este primer domingo de Adviento, para mantenernos despiertos, como centinelas atentos ante el Hijo del Hombre, que viene para despertar nuestra débil y adormilada esperanza. Señor, que en nuestro entorno seamos testigos de tu luz y motivos creíbles de esperanza. Amén. ¡Marana tha, ven, Señor, Jesús!
Segundo domingo. Deseamos, Señor, con esta segunda luz que encendemos, que intensifiques el resplandor de tu rostro para los que viven en tinieblas y en sombras de muerte. Que la luz de tu presencia alumbre nuestras vidas. Allana nuestros caminos de acceso hacia ti, para que sepamos encontrarte en todos nuestros hermanos. Amén. ¡Marana tha, ven, Señor, Jesús!
Tercer domingo. Encendemos, Señor, esta tercera luz del Adviento porque queremos dar testimonio de tu luz, como hizo Juan el Bautista. Que el fuego de tu Espíritu encienda nuestros corazones y los convierta en luminarias para los demás. Que nos inunde el gozo de saber que estás siempre cerca de los que te invocan. Amén. ¡Marana tha, ven, Señor, Jesús!
Cuarto domingo. Encendemos, Señor, esta cuarta luz, renovando nuestro deseo de llegar limpios e irreprochables a tu gran día sin ocaso. Oh Dios, restáuranos; que brille tu rostro y nos salve. Te necesitamos, Cristo, a ti, luz viva y verdadera, para iluminar los caminos que nos conducen a la salvación. Que te alumbremos, como María, aurora del Sol naciente, en nuestras palabras y obras. Amén. ¡Marana tha, ven, Señor, Jesús!

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