Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Adviento 2025, ¿qué celebramos?


Vivimos en un mundo donde la Navidad ha perdido su lugar tradicional en el calendario. Apenas octubre enciende sus últimos atardeceres cuando ya las calles se adornan con luces que pretenden anticipar la llegada de una fiesta cuyo rostro, paradójicamente, se vuelve cada vez más irreconocible. En los comercios desfilan árboles, renos, estrellas gigantes y un ejército amable de Santa Claus, mientras los niños ensayan villancicos y las empresas adelantan cenas y celebraciones. La Navidad (o más bien su reflejo comercial) se adelanta cada año más, extendiéndose como una marea de luces que quiere brillar, pero cuyo fulgor no nace del amor, sino del consumo.

Para los cristianos, lo más triste no es el adelanto de las fechas, sino la transformación del contenido. El “Feliz Navidad” se diluye en un neutro “Felices fiestas”; las imágenes del Niño y de su Madre ceden su lugar a personajes que nada saben del misterio, y el Adviento (esa palabra antigua, silenciosa, cargada de promesas) se vuelve incomprensible para la mayoría. Hemos reducido la Navidad a unas vacaciones de invierno y hemos dejado que el tiempo de espera sea devorado por la prisa.

Sin embargo, en esta confusión de luces y escaparates, pervive algo positivo: el anhelo de paz, la ternura hacia los niños, el deseo de reconciliación, el impulso de compartir. Como brasas escondidas bajo las cenizas del secularismo, permanecen ciertos valores evangélicos que resisten en un mundo sin referencias explícitas a Dios. En medio de los conciertos benéficos, las películas edulcoradas y los gestos de buena voluntad, quizá late aún, de forma tenue, la nostalgia de un Amor que vino, que viene y que seguirá viniendo.

Conviene recordar que la palabra latina “adventus” traduce el término griego “parousía”. Ambos significan ‘llegada’, ‘presencia’, ‘manifestación’. Con esas palabras se anunciaba la visita del emperador a una ciudad y la epifanía de un dios a sus fieles. Los primeros cristianos asumieron ese lenguaje porque comprendieron que el deseo de salvación que habitaba el corazón del mundo antiguo encontró su respuesta en la venida de Cristo: el verdadero Dios que se hizo hombre, el que no solo nos visita, sino que permanece con nosotros.

El Adviento cristiano recoge ese anhelo universal de salvación y lo colma. En él RECORDAMOS UNA VENIDA PASADA (el Hijo de Dios que nació en la humildad de la carne hace más de dos mil años), ESPERAMOS UNA VENIDA FUTURA (el regreso de Cristo glorioso al final de los tiempos, que llevará a plenitud la historia) y RECONOCEMOS UNA VENIDA PRESENTE, cotidiana, silenciosa, sorprendente: la de un Dios que asume nuestras alegrías y nuestras heridas, que llega sin ruido, que llama sin forzar.

Por eso, el Adviento no es solo la antesala de unas fiestas, sino una escuela de vigilancia y de deseo. Es el tiempo en que volvemos a encender la lámpara del corazón, a escuchar el gemido del mundo, a dejar que el anhelo se convierta en oración. Es el tiempo en que repetimos, como quien respira: “Ven, Señor, no tardes”. Porque sabemos que sin él la luz se apaga, la fiesta se vacía, la vida se desorienta.

Y porque, en el fondo, todo Adviento es la confesión humilde de una certeza: el Señor siempre viene, y solo quien lo reconoce presente en lo más cotidiano puede acogerlo.

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