Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 25 de junio de 2026

NUESTRA RESPUESTA ANTE LOS DESASTRES NATURALES


Hoy hemos vuelto a contemplar con dolor las consecuencias de varios terremotos y otros fenómenos devastadores en distintos lugares del mundo, especialmente en Venezuela. 

Las imágenes de muertos y desaparecidos, casas derrumbadas, carreteras destruidas y familias que lo han perdido todo nos golpean por dentro y nos recuerdan, una vez más, la fragilidad de la existencia humana.

No es la primera vez que sucede. En los últimos años hemos sido testigos de terremotos, huracanes, inundaciones e incendios que han dejado tras de sí una estela de sufrimiento y destrucción. Ante estas tragedias surgen inevitablemente muchas preguntas: sobre la vulnerabilidad de la vida, sobre el sentido del dolor y también sobre el lugar de Dios en medio de tanto sufrimiento.

No entro aquí a valorar la responsabilidad humana en el deterioro del medio ambiente, en el cambio climático, en la desertificación, en la construcción en zonas de riesgo o en la falta de prevención. Todo eso merece una reflexión seria. Pero me interesa plantear otra cuestión: ¿pueden enseñarnos algo, desde el punto de vista religioso, estos acontecimientos que nos sobrecogen?

El evangelio nos ofrece una luz. A Jesús le plantearon una pregunta semejante cuando se habló de dos desgracias: la muerte de unos galileos asesinados por orden de Pilato y la de dieciocho personas aplastadas por la torre de Siloé. En el fondo, la cuestión era la misma de siempre: ¿les ocurrió aquello porque eran más culpables que los demás?, ¿fue un castigo de Dios?

Jesús rechaza de raíz esa manera de pensar. No dice que las víctimas fueran peores ni más pecadoras. No interpreta la desgracia como un castigo divino. Más bien invita a mirar esos hechos como una llamada dirigida a todos: una llamada a la conversión, a reconocer la precariedad de nuestra vida y a volver el corazón hacia Dios.

«¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no… Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no» (cf. Lc 13,1-5).

Jesús menciona primero una desgracia ocurrida a galileos y después otra sucedida a judíos. Es decir: la enseñanza vale para todos, para los del norte y para los del sur, para unos y para otros, sin excepción. Toda desgracia humana, toda muerte repentina, todo acontecimiento que sacude nuestras seguridades puede convertirse en una llamada a despertar, a vivir con más verdad, a no aplazar lo importante.

Los desastres naturales nos recuerdan que no somos dueños absolutos de nada. Ni de nuestra vida, ni de nuestros planes, ni de nuestras obras. Todo puede cambiar en un instante. Por eso, en lugar de endurecer el corazón o buscar culpables, el creyente está llamado a responder de otra manera: con humildad, con oración y con solidaridad.

Humildad, para reconocer nuestra pequeñez. Oración, para presentar ante Dios el dolor de las víctimas y pedir consuelo para quienes sufren. Solidaridad, para compartir con generosidad nuestros bienes y comprometernos con quienes han quedado desamparados.

Todo en la vida puede convertirse en una llamada a la conversión. También los desastres naturales. Nos recuerdan que el tiempo es breve, que no conviene dejar para mañana el bien que podemos hacer hoy y que nuestra fe solo es verdadera si se traduce en compasión concreta hacia los que más sufren.

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