Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 30 de abril de 2026

YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA


Las palabras del evangelio del quinto domingo de Pascua, ciclo "a" (Jn 14,1-12) nacen en una hora dramática. Jesús acaba de celebrar la última cena con los suyos y sabe que la cruz está ya cercana. En ese momento de oscuridad pronuncia una invitación que llega hasta nosotros: “No perdáis la calma”. La fe cristiana no nace de la ingenuidad ni de la ausencia de dificultades, sino de la confianza en medio de la noche.

Jesús revela entonces el sentido último de su partida: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas”. El destino del hombre no es el vacío ni el silencio definitivo, sino la comunión con Dios. La vida humana es un camino abierto hacia la casa del Padre. No caminamos hacia una idea, sino hacia un encuentro.

Por eso, Jesús no se limita a indicar una dirección: él mismo se presenta como el camino. “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. En Cristo, el camino y la meta coinciden. Seguirle no significa simplemente imitar un ejemplo moral, sino entrar en su misma relación con el Padre. Su vida filial se convierte en el espacio donde el hombre puede habitar.

Felipe pide: “Muéstranos al Padre”. Es el deseo más profundo del corazón humano: ver a Dios. Pero la respuesta de Jesús desvela el centro del misterio cristiano: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Dios no se manifiesta en una idea abstracta, sino en el rostro humano de Cristo, en sus palabras, en sus gestos, en su entrega.

Los místicos comprendieron bien esta verdad. Santa Teresa de Jesús aconsejaba contemplar la humanidad de Cristo como el camino seguro hacia Dios. Y san Juan de la Cruz describía la vida espiritual como una búsqueda apasionada del Amado Jesús.

Mientras caminamos en la historia, sostenidos por la fe, avanzamos hacia esa casa donde hay “muchas moradas”. Por eso el cristiano puede vivir sin angustia. Sabe hacia dónde va y con quién camina. Y puede repetir con san Juan de la Cruz:

“Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras”.

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