Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 20 de junio de 2012

El costado abierto de Cristo


El mosaico de Iván Rupnik representa a María, que recoge el agua y la sangre que brotan del costado del Salvador.

Como conclusión de las reflexiones que hemos dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, a cuya veneración consagra la piedad popular el mes de junio, hablaremos hoy del costado traspasado de Cristo.

Un soldado atravesó el costado de Cristo, del que brotó sangre y agua (Jn 19,31-37).

La sangre representa el misterio de la vida; recuerda que hemos recibido la existencia de Dios y que somos débiles, sometidos a la muerte. Jesucristo da su vida –su sangre– por sus amigos, tal como había anunciado en la última cena (15,13).

Por su parte, el agua es símbolo del Espíritu Santo, que los creyentes solo podrán recibir cuando Jesús sea glorificado (7,37-39). Jesús da su Espíritu en el acto de darse a sí mismo.

Normalmente pensamos que el evangelio dice que el soldado le atravesó el «corazón». Pero no es así, literalmente dice el «costado».

Lo mismo sucede cuando hablamos del relato de la creación. Habitualmente se traduce: «De la costilla que sacó al hombre, el Señor Dios modeló una mujer» (Gén 2,22). Pero la palabra usada en el Génesis es la misma que en el evangelio de san Juan. En ambos casos se habla del «costado» y se usa conscientemente el mismo término.

De hecho, el agua y la sangre hacen referencia al parto que se está realizando. Si del costado de Adán dormido, Dios modeló a Eva, del costado de Cristo –nuevo Adán– que reposa en la cruz, surge la Iglesia –nueva Eva–, verdadera madre de los que viven.

Hay un tercer texto importante que usa la misma palabra. En este caso, para hablar del «costado» del templo. El profeta Ezequiel tuvo una visión en la que del «costado» del templo brotó un manantial de agua capaz de hacer surgir vida por donde pasaba: en sus orillas nacen árboles con hojas medicinales, que dan fruto cada mes, todo se llena de peces e incluso se sanan las aguas del Mar Muerto (cf. Ez 47,1-12). Aunque normalmente se traduce el «lateral» del templo, la palabra usada es también «costado».

El evangelista pone en relación los tres textos para indicar que Cristo es el nuevo templo (y de su costado brota el agua viva, que sana las enfermedades y da la inmortalidad) y, al mismo tiempo, es el nuevo Adán (de cuyo costado nace la Iglesia).

En la vieja creación (Gén 1), el hombre fue hecho el día sexto (el viernes). En este día, Pilato presenta a Jesús ante el pueblo como el hombre verdadero: «He aquí el hombre» (Jn 19,5), aquel que refleja la imagen de Dios, según su proyecto original, no deformado por el pecado. Este mismo día muere Jesús, después de exclamar «todo está cumplido» (Jn 19,30). Toda la obra de la creación antigua, que quedó concluida en viernes llega a su plenitud y a su final. Todo muere con Cristo y todo renace de su costado. El día séptimo (el sábado), Dios descansó de su obra y Cristo reposa en el sepulcro. El día primero (el domingo) Dios hizo la luz y el Señor surge de la tumba como luz nueva que vence las tinieblas del pecado y de la muerte e inicia la nueva creación.

Además, el agua y la sangre hacen referencia al Bautismo y a la Eucaristía, sacramentos que brotan del costado de Jesús, que construyen la Iglesia y que son los medios con los que la Iglesia (esposa sin arruga ni mancha) genera hijos para Dios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario