Entre las fiestas de los santos, la liturgia reserva un privilegio excepcional a san Juan Bautista: no solo celebra su martirio, sino también su nacimiento. Este hecho ya nos indica la importancia singular de quien fue elegido por Dios para preparar los caminos del mesías. Pero hay un detalle que llama especialmente la atención: su nacimiento se celebra el 24 de junio, en torno al solsticio de verano, mientras que el nacimiento de Cristo se celebra el 25 de diciembre, cerca del solsticio de invierno. Esta coincidencia no es casual, sino profundamente simbólica.
La tradición cristiana heredó de la mentalidad bíblica la convicción de que la historia de la salvación posee una admirable unidad. Los antiguos creyentes contemplaban la creación, las grandes intervenciones de Dios en la historia de Israel y la venida del mesías como partes de un único designio divino. Por eso, los Padres de la Iglesia relacionaron determinadas fechas del calendario con los acontecimientos fundamentales de la vida de Cristo.
El evangelio de san Lucas afirma que Juan Bautista fue concebido seis meses antes que Jesús. A partir de este dato, la tradición situó la concepción de Cristo el 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación, y su nacimiento nueve meses después, el 25 de diciembre. Del mismo modo, la concepción de Juan se colocó seis meses antes, el 24 de septiembre, y su nacimiento el 24 de junio.
El interés principal no es cronológico, sino teológico. Los Padres descubrieron en el ritmo de la naturaleza una imagen elocuente de la misión de ambos personajes. El solsticio de verano marca el momento en que los días alcanzan su máxima duración; a partir de entonces, la luz comienza lentamente a disminuir. El solsticio de invierno, por el contrario, señala el instante en que los días son más cortos; desde entonces la luz crece progresivamente. Así vieron reflejadas las palabras del Bautista: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30).
San Agustín meditó largamente sobre este simbolismo. Juan nace cuando la luz del día empieza a decrecer; Cristo nace cuando comienza a aumentar. El Precursor se retira para dejar paso al Salvador. Toda la vida de Juan consiste en señalar a otro, en preparar el encuentro con aquel que es la verdadera Luz. Su grandeza no está en atraer las miradas hacia sí mismo, sino en conducirlas hacia Cristo.
Esta hermosa disposición de las fiestas nos recuerda que Jesús es el centro de la historia, el Señor del tiempo y de la creación. Los ciclos de la naturaleza, el paso de las estaciones y el movimiento de los astros son contemplados por la fe como signos que apuntan hacia él. Y Juan Bautista sigue enseñándonos el camino de toda auténtica vida cristiana: disminuir para que Cristo crezca en nosotros, en nuestras palabras, en nuestras obras y en nuestro corazón.
Oración. Señor Jesús, luz verdadera que ilumina a todo hombre, haz que, siguiendo el ejemplo de san Juan Bautista, sepamos señalarte con nuestra vida y conducir a otros hacia ti. Que disminuyan nuestro orgullo y nuestro egoísmo, para que crezcan en nosotros tu gracia, tu verdad y tu amor. Lo pedimos a ti, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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