Hay santos cuya memoria ha quedado grabada en el calendario litúrgico, en la pintura y en la devoción popular. Y hay santos, además, cuya huella se ha deslizado de un modo inesperado hasta la vida cotidiana de millones de personas. San Juan Bautista pertenece a este segundo grupo. Sin saberlo, cada vez que pronunciamos la escala musical —do, re, mi, fa, sol, la, si— estamos evocando, de algún modo, un himno compuesto en su honor.
LA HISTORIA ES HERMOSA. En el siglo VIII, un monje, poeta e historiador lombardo, Pablo el Diácono, compuso un himno latino dedicado al Precursor. El texto comienza con estas palabras:
UT queant laxis
REsonare fibris
MIra gestorum
FAmuli tuorum,
SOLve polluti
LAbii reatum,
SANcte Ioannes.
Una traducción aproximada podría ser esta:
Para que tus siervos puedan
cantar a plena voz tus maravillas,
borra la culpa de sus labios impuros,
oh san Juan.
Ya desde su primer verso el himno tiene algo profundamente sanjuanista, en el sentido del Bautista: reconoce que la voz humana, por sí sola, no basta; necesita ser purificada para poder alabar dignamente a Dios. Antes de predicar, antes de señalar al Cordero, antes de estremecer a las multitudes en la orilla del Jordán, hay que pedir que el Señor limpie los labios. La alabanza nace de una boca purificada, de un corazón vuelto hacia Dios. No es extraño que un himno dedicado precisamente al santo de la voz, al profeta que grita en el desierto, empiece pidiendo la gracia de poder cantar.
DE LA LITURGIA AL PENTAGRAMA. Varios siglos después, en el XI, el monje y teórico musical Guido d’Arezzo, una de las figuras decisivas en la historia de la música occidental, tomó las primeras sílabas de esos versos para enseñar a sus alumnos la entonación de los sonidos. Cada hemistiquio del himno comenzaba en un grado sucesivamente más alto de la escala, de modo que el texto se convertía en una herramienta pedagógica perfecta. Así nacieron las sílabas "ut", "re", "mi", "fa", "sol", "la", que durante siglos sirvieron para el aprendizaje del canto. Más tarde se añadió el "si", formada con las iniciales de Sancte Ioannes; y tiempo después el antiguo "ut" fue sustituido por "do", más fácil de vocalizar al cantar. De este modo, la secuencia acabó convirtiéndose en la escala que hoy todos conocemos: do, re, mi, fa, sol, la, si, do.
Es fascinante pensar que el sistema con el que niños, estudiantes, coros y músicos de todo el mundo aprenden la música tenga su origen en un himno litúrgico dedicado a san Juan Bautista. La música occidental, en uno de sus gestos más elementales, guarda así la memoria de un santo.
EL SANTO DE LA VOZ. No deja de ser significativo. San Juan Bautista es, en el evangelio, la voz: “Yo soy la voz del que clama en el desierto”. No es la Palabra; esa es Cristo. Juan es la voz que la anuncia, la voz que prepara, la voz que despierta, la voz que señala. Toda su misión consiste en no quedarse con nada para sí, en ser puro eco de Otro. Su grandeza está en no apropiarse del mensaje, en no retener la atención, en saber disminuir para que el Esposo crezca.
Por eso resulta tan sugerente que la tradición musical haya quedado vinculada a él. La escala nace de un himno al hombre de la voz. Las notas que usamos para cantar remiten, en su origen, al profeta que enseñó a Israel a escuchar. Como si la misma música quisiera recordarnos que toda voz verdadera debe orientarse hacia la Palabra, y que todo arte, en el fondo, alcanza su plenitud cuando deja de encerrarse en sí mismo y se vuelve anuncio, alabanza, preparación del encuentro.
UN DETALLE QUE ATRAVIESA LOS SIGLOS. La anécdota histórica podría quedarse en simple curiosidad erudita: un himno medieval, un monje pedagogo, el nacimiento del solfeo. Pero tiene un trasfondo más hondo. La liturgia cristiana no solo ha expresado la fe: también ha modelado la cultura, la sensibilidad, la memoria colectiva. De un texto rezado en la fiesta del Nacimiento de san Juan surgió una herramienta fundamental para la educación musical de Occidente. Es una de esas sorpresas de la tradición cristiana: lo que parece pequeño —un himno cantado en coro por monjes— termina irradiando su influjo mucho más allá de los muros del monasterio.
Y así, cada vez que alguien entona un do-re-mi-fa-sol-la-si, aunque no lo sepa, está recorriendo las huellas de un antiguo himno a san Juan Bautista. Detrás de la aparente neutralidad de la escala se esconde una memoria creyente, una historia de liturgia, de canto y de pedagogía, y también la figura austera y luminosa del Precursor.
DE "UT" A "DO-REMI". La cultura popular ha dado todavía una vuelta más a esta historia. La inolvidable película Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music) convirtió la escala en una canción pegadiza con la que María enseñaba música a los niños de la familia Trapp. Desde entonces, generaciones enteras han aprendido las notas con aquella melodía alegre y juguetona. Pero pocos sospechan que, detrás de ese célebre Do-Re-Mi, late un antiquísimo himno latino dedicado al santo del Jordán.
No deja de ser bello: desde la liturgia monástica del medievo hasta una película del siglo XX; desde un poeta lombardo hasta las aulas de música; desde el rezo de vísperas hasta el aprendizaje infantil de la escala. San Juan Bautista, el hombre de la voz, sigue resonando en las notas con las que el mundo entero aprende a cantar.
Tal vez por eso, cuando volvamos a escuchar o a pronunciar la escala musical, podamos hacerlo con una sonrisa y con un poco de asombro. Porque detrás del do, re, mi, fa, sol, la, si no hay solo una técnica: hay también un himno, una tradición, una fiesta litúrgica y la memoria de un santo que vino al mundo para preparar nuestros labios y nuestro corazón a la llegada de Cristo.
Muchísimas felicidades a todos los Juan y Juana. Un abrazo.
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