Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 5 de junio de 2026

CORPUS CHRISTI. MI CARNE ES VERDADERA COMIDA


La proximidad de la solemnidad del Corpus Christi nos invita a volver la mirada al misterio de la eucaristía, centro de la vida cristiana y alimento del peregrino. Mientras atravesamos los desiertos de nuestra existencia (el cansancio, la incertidumbre, la fragilidad, el pecado) el Señor no nos deja solos, sino que nos sostiene con el don de su Palabra y de su Cuerpo entregado a nosotros como alimento.

La primera lectura (Dt 8,2ss), recuerda la experiencia de Israel en el desierto. Dios permitió el hambre para enseñar a su pueblo que «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». El maná fue signo de una realidad más profunda: el verdadero alimento es Dios mismo, que se comunica al hombre para sostenerlo en el camino. También nosotros conocemos la experiencia del desierto interior. Y también nosotros necesitamos un pan que no perece.

El salmo responsorial canta la bondad del Señor que «sacia con flor de harina» a su pueblo (Sal 147). La tradición cristiana ha visto en estas palabras una alusión al pan eucarístico, don precioso con el que Cristo alimenta a su Iglesia. No es un alimento cualquiera, sino el mismo Jesús resucitado, realmente presente bajo las especies humildes del pan y del vino.

San Pablo, en la segunda lectura (1Cor 10,16-17), afirma que «el pan que partimos es comunión con el Cuerpo de Cristo». La eucaristía no es solo memoria del pasado, sino participación real en el misterio pascual. Al comer el único pan nos hacemos un solo cuerpo en Cristo. La comunión eucarística crea comunión eclesial, une lo disperso y sana nuestras divisiones.

El evangelio de san Juan (6,51-58) nos introduce en el corazón del misterio: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». Jesús no habla simbólicamente. Él mismo se nos da como alimento de vida eterna. En la eucaristía no recibimos «algo» de Cristo, sino a Cristo entero: su humanidad y su divinidad, su amor crucificado y glorioso.

Los místicos carmelitas comprendieron profundamente esta verdad. Santa Teresa de Jesús decía: «No perdáis tan buena sazón de negociar con el Señor como es la hora después de haber comulgado». Y san Juan de la Cruz enseñaba que Dios se entrega al alma «con admirable gloria de transformación». En la comunión, Cristo entra en nuestra pobreza para transformarnos desde dentro y hacernos partícipes de su vida.

Por eso, cada eucaristía debería despertar en nosotros asombro, gratitud y adoración. Como recordaba san Francisco de Borja, si nos preparáramos para recibir a Cristo con el mismo cuidado con que esperamos a un rey o a un amigo muy amado, ¡cuánto cambiaría nuestra manera de acercarnos al altar!

Señor Jesús, Pan vivo bajado del cielo, fortalece nuestra fe en tu presencia eucarística, alimenta nuestra esperanza y enséñanos a vivir unidos a ti. Que nunca nos acostumbremos al milagro de tu amor. Amén.

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