Hoy, 21 de septiembre de 2026, cumplo sesenta años de vida y cuarenta de consagración religiosa en el Carmelo. Hace unos meses, cuando escribí con motivo de mi traslado de Soria a Barcelona que este año llegaría a esta doble celebración, algunos amigos entendieron que el cumpleaños era entonces y me enviaron sus felicitaciones. Pues bien, ahora sí ha llegado el día.
A los dieciocho años, cuando entré en el Carmelo, no podía imaginar los lugares donde viviría, las personas que encontraría, las alegrías que recibiría ni las dificultades que tendría que afrontar. Tampoco podía imaginar que, cuarenta años después, celebraría este aniversario en Panamá, lejos de mi actual comunidad de Barcelona, predicando la novena de la Virgen de la Merced y compartiendo la fe con mercedarios, carmelitas, jóvenes, seminaristas, enfermos y tantas otras personas. Ahí está el misterio de la existencia: no conocemos el camino por adelantado. Solo podemos recorrerlo paso a paso, confiando en que Dios nos precede y acompaña.
Hoy miro atrás y no deseo otra historia. No porque todo haya sido fácil ni porque todo haya salido como esperaba. Ha habido momentos luminosos y otros oscuros; aciertos y equivocaciones; encuentros que me han enriquecido y traiciones que me han dolido; proyectos realizados y otros que quedaron en el camino. También la enfermedad y la fragilidad han acompañado mi existencia. Todo eso forma parte de mí. No quiero arrancar ninguna página de este libro que aún estoy escribiendo.
Con los años, comprendemos que madurar consiste en asumir con paz la propia historia. No podemos vivir deseando haber sido otros, haber elegido de otra manera o haber recorrido caminos diferentes. Lo que pasó no puede cambiarse, aunque sí podemos decidir cómo entenderlo e integrarlo. Desde la fe, incluso aquello que en su momento no comprendimos puede quedar asumido en una historia más grande: la de la misericordia de Dios.
Mi presente contiene muchas vivencias: las del muchacho que soñaba con entregar su vida a Cristo, el joven religioso que comenzaba a descubrir el Carmelo, el sacerdote enviado a lugares lejanos, el hombre que ha tenido que aprender a convivir con sus limitaciones. Todas estas realidades siguen viviendo en mí. Soy el resultado de todo lo que he vivido hasta ahora.
Hoy comprendo mejor lo que significa asumir «la misericordia de Dios, la pobreza de la Orden y la compañía de los hermanos». Cuando pronuncié estas palabras hace cuarenta años, no terminaba de entender lo que decía. Ahora sé que la consagración consiste, ante todo, en dejar que Dios vaya acogiendo y transformando nuestros sueños y fracasos, capacidades y pobrezas, certezas y preguntas sin respuesta.
Asumo lo que está por delante sin necesidad de tenerlo todo previsto. No sé qué comunidades, tareas, encuentros o dificultades encontraré en los próximos años. Tampoco sé cuánto tiempo podré seguir haciendo lo que hago ahora. Pero no necesito conocer de antemano el destino para permanecer disponible al siguiente paso.
Doy gracias a Dios por las personas que han formado parte de mi vida estos años. El Carmelo me ha regalado hermanos, maestros, amigos y compañeros. Muchos han dejado una huella que permanece; algunos ya están junto al Señor, otros continúan cerca.
Celebro, pues, estos sesenta años de vida y cuarenta de consagración sin nostalgia por lo que fue ni inquietud ante lo que vendrá. Quiero vivir este presente que recoge todo lo anterior y permanece abierto a la novedad de Dios. Una historia larga, hecha de pequeños momentos, que hoy puedo contemplar con serenidad: sus curvas, sus ascensos, sus noches y sus paisajes luminosos. No cambiaría el camino. Lo recibo con gratitud.
Y, mientras tenga fuerzas para seguir adelante, quiero decir con la sencillez de quien ha aprendido que todo es gracia:
Señor, mi vida es tuya.
Gracias por haberme llamado y sostenido.
Gracias por todo lo vivido y por lo que todavía no conozco.
Llévame donde tú quieras.
Yo solo quiero seguir caminando contigo.
Que María, Madre y Hermosura del Carmelo, ampare bajo su manto protector a todos los que Dios ha puesto en mi camino y llevo en mi corazón. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.

Feliz cumpleaños padre Eduardo de Oklahoma City familia Payan
ResponderEliminarEnormes felicitaciones por su doble celebración le pedimos a nuestro señor le conceda muchos años más vida . Reciba un saludo de Rodolfo y Martha .desde Dallas TX
ResponderEliminarAlabado sea Jesucristo!! Padre siempre es una gran alegria saver de usted leer sus contenidos sus homilias, sus consejos sus histories del Carmelo grasias por todo y por tanto!! Le deseo buena salud y larga vida!!Que nuestro Señor lo bendiga y nuestra hermosura del Carmelo lo abrace en su amor con cariño y gran respeto en Cristo MaAntonieta Diaz(Toni)
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