Nos disponemos a celebrar la fiesta de la natividad de la Virgen María. En esta entrada reelaboro reflexiones que ya he publicado en los últimos 14 años en este blog. Aunque los argumentos no son nuevos, yo quiero vivirlos con renovado entusiasmo, poniendo en manos de María mis deseos de amar y servir a su hijo Jesús con todo mi corazón, como hizo ella.
El 8 de septiembre, en numerosos lugares se tienen fiestas en honor de la Virgen María, invocada con diferentes títulos: Nuestra Señora de la Caridad del Cobre en Santiago de Cuba, Nuestra Señora de la Sede en Tarbes (Francia), Nuestra Señora de Meritxel en Andorra, etc. En España, se celebran Nuestra Señora de Covadonga en Oviedo, Nuestra Señora de los Llanos en Albacete, Nuestra Señora del Pino en las Islas Canarias, Nuestra Señora de la Fuensanta en Córdoba, Nuestra Señora de la Victoria en Málaga, Nuestra Señora de la Cinta en Huelva y un larguísimo etcétera de advocaciones marianas en pueblos y ciudades.
La liturgia nos invita a mirar el nacimiento de María desde una perspectiva mucho más profunda que la de un simple recuerdo familiar. Celebramos el nacimiento de aquella mujer que, en el designio de Dios, estaba llamada a convertirse en la Madre del Salvador. Por eso la Iglesia contempla a María como la aurora que precede al Sol, como el primer resplandor de una salvación que alcanzará su plenitud en Jesucristo. No es todavía el día pleno, pero ya comienza a disiparse la noche.
La primera lectura de la fiesta está tomada del profeta Miqueas: «De ti, Belén de Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, saldrá el que ha de ser jefe de Israel» (Mi 5,1). El profeta anuncia el nacimiento del mesías y habla también de «la que ha de dar a luz». La historia de la salvación avanza silenciosamente. Dios prepara durante siglos la venida de su Hijo y, cuando llega la plenitud de los tiempos, lo hace brotar de una familia, de un pueblo, de una mujer.
El evangelio de Mateo nos presenta la genealogía de Jesús (Mt 1,1-16). Es una larga sucesión de nombres, generaciones, historias de fidelidad y de pecado. Pero al llegar a María se produce una ruptura significativa: «Jacob engendró a José, esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo». Toda aquella historia desemboca en ella; y de ella nace Jesús. María queda así situada en el centro del misterio de la encarnación: su vida solo se comprende plenamente desde Cristo.
Esto tiene una consecuencia espiritual importante. María no nos invita a detenernos en ella como si fuera el término último de nuestra fe. Su misión consiste precisamente en conducirnos hacia Jesús. Toda verdadera devoción mariana desemboca en Cristo. Como la aurora anuncia el día, María anuncia al Sol que es Cristo. Por eso, contemplarla nos ayuda a preguntarnos si también nuestra vida está orientada hacia él.
San Pablo afirma que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien» y que Dios los ha llamado a reproducir en ellos la imagen de su Hijo (cf. Rom 8,28-29). Estas palabras iluminan de modo especial la vida de María. Ella es la criatura que acogió plenamente el proyecto de Dios. Su existencia fue una respuesta progresiva a una llamada que alcanzaría su momento decisivo en Nazaret: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).
El Carmelo ha contemplado siempre a María precisamente desde esta perspectiva. Los primeros carmelitas la eligieron como «Señora del Lugar» y modelo de su vida. En ella descubrieron a la mujer que vive en presencia de Dios, escucha su Palabra, guarda los acontecimientos en el corazón y permanece disponible a su voluntad. Por eso María puede enseñarnos el camino de la contemplación, que no consiste en huir de la realidad, sino en aprender a descubrir a Dios presente y actuante en ella.
Santa Teresa de Jesús insistirá en que la oración transforma la existencia cuando nos lleva a vivir en amistad con Cristo. María es, en este sentido, una maestra: antes de pronunciar su gran «sí», aprendió a escuchar; antes de entregar al mundo al Salvador, dejó que Dios habitara en lo más profundo de su corazón.
Esta fiesta puede convertirse en una ocasión para renovar nuestra esperanza. Tal vez nuestra vida esté marcada por limitaciones, heridas, cansancios o fracasos. Pero Dios comenzó su obra de salvación en la humildad de una niña desconocida de Nazaret. También hoy puede hacer germinar su gracia en lo pequeño, en lo escondido y en aquello que aparentemente carece de importancia.
Pidamos a María que nos enseñe a vivir con el corazón abierto a Dios; a escuchar su Palabra sin miedo; a reconocer su presencia en los acontecimientos cotidianos; y, sobre todo, a repetir con ella nuestro propio «hágase». Que la fiesta de su nacimiento despierte en nosotros una alegría serena: Dios no abandona a su pueblo, cumple sus promesas y continúa haciendo nacer su gracia en medio de nuestra historia.
Que María, aurora de la salvación, nos conduzca hasta Cristo, verdadero Sol que no conoce ocaso. Y que, aprendiendo de ella a vivir en la presencia de Dios, podamos también nosotros convertir nuestra existencia en un espacio donde Cristo sea acogido, amado y entregado a los demás.

No hay comentarios:
Publicar un comentario