Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 17 de septiembre de 2013

San Alberto de Jerusalén (17 de septiembre)


Hoy se celebra la fiesta de san Alberto de Jerusalén, que escribió la regla que hasta el presente inspira la vida de toda la familia carmelitana (religiosos, religiosas y seglares). Aquí presentamos brevemente su vida y las oraciones de la misa del día y aquí hablamos de la regla. 

Haciendo un click en el icono se pueden ver los detalles de los ermitaños del Carmelo en torno a la figura central de san Alberto vestido de obispo que entrega la regla a san Brocardo.

La Regla Carmelitana es la más breve entre las Reglas religiosas de la Iglesia. Consiste, casi exclusivamente, en una sabia concatenación de citas de la Biblia. Se centra más en la justificación espiritual de la vocación carmelitana y en los medios necesarios para desarrollarla, que en las normas legales que deben regular las relaciones de un grupo concreto.

En ella se recoge el propositum (que puede ser traducido tanto por la «motivación» como por la «finalidad») que debe guiar la vida de los consagrados y de todos los cristianos: «vivir en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia» (n. 2). 

Para que puedan cumplirlo en fidelidad a la propia vocación, da algunas normas prácticas (nn. 4-17) y añade algunas consideraciones doctrinales (nn. 18-23). En total, consta de 24 números de un solo párrafo de pocas líneas, algunos de una o dos.

La Regla invita a los religiosos a vivir con alegría sus votos de obediencia, castidad y pobreza (n. 4), a la práctica de la oración personal (n. 10) y comunitaria (n. 11 y 14), a la lectura de la Sagrada Escritura (nn. 7, 10 y 19), al cultivo de la soledad y del silencio interior y exterior (n. 21), a la laboriosidad (n. 20), al servicio humilde (nn. 22 y 23) y a la austeridad de vida (nn. 16 y 17). 

El número 10 es el corazón de toda la normativa: «Permanezca cada uno en su celda o junto a ella, meditando día y noche la ley del Señor y velando en oración, a no ser que deba dedicarse a otros justos quehaceres». 

Siguiendo el ejemplo del profeta Elías, el Carmelita debe esforzarse por vivir siempre en presencia de Dios, dejando que Él llene su mente y su corazón, relacionándose amorosamente con Él en la oración, dejándose instruir por su Palabra: «Fortaleced vuestros pechos con pensamientos santos […], de manera que améis al Señor vuestro Dios con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas […]. La Palabra de Dios habite en toda su riqueza en vuestra boca y en vuestros corazones. Y lo que debáis hacer, hacedlo conforme a la Palabra del Señor» (n. 19). 

El epílogo es una invitación a la generosidad personal, para ir más allá de la ley y no contentarse solo con cumplir lo establecido: «Si alguno está dispuesto a dar más, el Señor mismo, cuando vuelva, se lo recompensará. Hágase uso, sin embargo, del discernimiento, que es el que modera las virtudes» (n. 24).

2 comentarios:

  1. Me parece un precioso proyecto de vida que sirve para todos los que nos sentimos parte de la familia del Carmelo, cada uno con sus peculiaridades, pero todos queremos vivir en la amistad de Cristo, meditando su palabra y revistiéndonos de sus virtudes. Por lo que yo conozco, las que mejor lo llevan son las monjas carmelitas, pero creo que todos lo intentamos. Paolo

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  2. Gracias, Padre por esa explicacion, espero que todos los Carmelitas puedan seguir cumpliendo esas normas, Dios lo bendiga.
    Sonia

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