Hay vidas extraordinarias, en las que resplandece de manera singular la gracia de Dios. La historia de Hermann Cohen (1820-1871), judío de origen, indiferente a la fe, músico brillante y hombre de mundo, parece una novela; pero es la historia real de un hombre que se dejó alcanzar por la gracia de Dios y colaboró con ella hasta las últimas consecuencias.
Hermann conoció desde muy joven los ambientes artísticos y bohemios. Comenzó a tocar el piano a los cuatro años y, desde los once, era invitado a dar conciertos en las principales ciudades de Europa. Su juventud estuvo marcada por la fama y el éxito, pero también por las contradicciones de una vida despreocupada, dominada por el juego, las deudas y la búsqueda de satisfacciones pasajeras.
En 1837, Franz Liszt le regaló una Biblia con una frase del evangelio: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». Surgió entonces en Hermann un deseo momentáneo de encontrar a Dios, que pronto se apagó. Diez años después, sin embargo, una circunstancia aparentemente insignificante abrió una puerta inesperada.
Invitado a sustituir a un amigo tocando el órgano en una iglesia de París, asistió a la bendición con el Santísimo. No buscaba una experiencia religiosa, sino simplemente cumplir con un compromiso musical. Sin embargo, ante la presencia eucarística experimentó una conmoción que no podía explicar: «una extraña emoción», seguida de «un alivio desconocido». Se sintió llevado a arrodillarse. Volvió los viernes siguientes y aquella misteriosa atracción fue creciendo silenciosamente en su interior.
Meses después, en la ciudad alemana de Bad Ems, la gracia alcanzó una profundidad nueva. Había acudido para dar un concierto y quiso participar en una misa católica. Mientras el sacerdote elevaba el Santísimo después de la consagración, las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos: «la gracia divina se complacía en derramarse sobre mí con toda su fuerza». Aquel instante quedó grabado para siempre en su memoria: «¡Oh momento por siempre jamás memorable para la salud de mi alma!». Al salir de la iglesia se sabía ya interiormente cristiano, aunque todavía no hubiera recibido el bautismo.
Comenzó entonces un camino de estudio, oración y conversión. Descubrió la belleza de la liturgia, el silencio, la eucaristía y la misericordia de Dios. El 28 de agosto de 1847, fiesta de san Agustín, recibió el bautismo en París. Poco después, al participar por primera vez plenamente en la eucaristía, comenzó para él una existencia nueva.
Un año después, en 1848, aquella experiencia eucarística se convirtió también en una misión. Hermann quiso fundar «una asociación que tendrá por objeto la exposición y adoración nocturna del Santísimo Sacramento, la reparación de los ultrajes de que es objeto, y para atraer sobre el mundo las bendiciones de Dios». Reunió a unos veinte amigos y comenzó con ellos la Adoración Nocturna masculina en Francia.
Pero la gracia no se detuvo en la conversión ni en el apostolado eucarístico. Hermann comprendió que Cristo lo llamaba a una entrega total. Después de un tiempo de espera y discernimiento, escogió el Carmelo descalzo. A su familia explicó que no buscaba una vida de prestigio, sino «la soledad, el retiro, el silencio, la vida oculta e ignorada, una vida de abnegación». En el Carmelo encontró el lugar donde su experiencia de Dios podía convertirse en camino de oración, fraternidad, contemplación y servicio a la Iglesia.
Su conversión tuvo también un profundo carácter de intercesión. No pudo guardar para sí la misericordia que había recibido. Llevó en el corazón a su familia y, de manera especial, a sus hermanos de origen judío. Rezó por ellos, trabajó por su acercamiento a Cristo y sufrió profundamente ante la muerte de su madre sin haber abrazado la fe cristiana. Sin embargo, incluso entonces aprendió a confiar más allá de lo que podía ver: «debemos esperar que entre su alma y Dios algo habrá ocurrido en esos últimos instantes que nosotros no conocemos».
Así transcurrió la vida de Hermann Cohen: desde la música hasta el silencio, desde la inquietud hasta la adoración, desde la búsqueda de Dios hasta la entrega en el Carmelo. Su historia nos recuerda que la gracia no destruye nuestra historia, sino que la recoge, la purifica y la orienta hacia una plenitud nueva.
Quizá ese sea uno de los rasgos más hermosos de su itinerario: aquel joven que buscaba sin saber todavía qué buscaba terminó descubriendo que, mucho antes de encontrar a Dios, Dios ya lo estaba buscando a él.

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