Poema de Luis de Góngora y Argote (1561-1627) en honor de Jesucristo, buen pastor, que se convierte en el alimento de su rebaño en la eucaristía. Versión del sacerdote español Antonio Alcalde.
El poema “Oveja perdida, ven” de Luis de Góngora y Argote es una breve pero intensa pieza de poesía religiosa, que combina con gran maestría recursos literarios del barroco con una profunda intuición teológica y espiritual. El texto se construye como una invitación afectuosa dirigida a la oveja perdida, imagen tomada del evangelio y asociada a Jesucristo como Buen Pastor.
Desde el punto de vista literario, el poema destaca por su estructura circular: el estribillo (“Oveja perdida, ven…”) abre y cierra cada estrofa, reforzando el tono de llamada insistente y amorosa. Esta repetición crea un ritmo casi litúrgico, semejante a una antífona.
Góngora emplea además paradojas barrocas que condensan el misterio cristiano: el pastor no solo guía a la oveja, sino que se convierte en su alimento (“no solo tu pastor soy, / sino tu pasto también”). Este juego conceptual alcanza su culmen en la pregunta: “¿cuál dará mayor asombro, / el traerte yo en el hombro, / o traerme tú en el pecho?”. La inversión de roles expresa una tensión poética que conduce al corazón del misterio eucarístico. El poema une dos imágenes centrales del cristianismo: el Buen Pastor y la Eucaristía.
El verso “dejé en un árbol la vida” evoca claramente la cruz, donde Cristo entrega su vida para rescatar a la oveja perdida. Pero el amor no se detiene en la redención: el mismo pastor se hace “pasto”, es decir, alimento para su rebaño. El poema condensa así una síntesis cristológica: Cristo busca, carga, salva y finalmente se entrega como alimento.
En el plano espiritual, el texto expresa una profunda experiencia del amor personal de Cristo por cada alma. La oveja no es reprendida, sino invitada con ternura. El creyente descubre que es llevado sobre los hombros del Pastor, pero también que lleva a Cristo “en el pecho” cuando lo recibe en la Eucaristía. El poema concluye así en una contemplación sencilla y luminosa: el amor de Cristo es tan evidente que “aun los más ciegos las ven”. En pocas estrofas, Góngora transforma una verdad doctrinal en una experiencia de asombro y gratitud.
obre mis hombros; que hoy
no solo tu pastor soy,
sino tu pasto también.
Por descubrirte mejor
cuando balabas perdida,
dejé en un árbol la vida,
donde me subió el amor;
si prendas quieres mayor,
mis obras hoy te la den.
Oveja perdida, ven
sobre mis hombros; que hoy
no solo tu pastor soy,
sino tu pasto también.
Pasto al fin tuyo hecho,
¿cuál dará mayor asombro,
el traerte yo en el hombro,
o traerme tú en el pecho?
Prendas son de amor estrecho,
que aún los más ciegos las ven.
Oveja perdida, ven
sobre mis hombros; que hoy
no solo tu pastor soy,
sino tu pasto también.
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