Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 3 de abril de 2018

Resucitó "al tercer día"


Uno de mis contactos en facebook me pregunta por el significado de la expresión "al tercer día", cuando nos referimos a la resurrección del Señor. Efectivamente, dice él, si Jesús murió el viernes por la tarde, no pasaron tres días hasta el domingo de resurrección.

Resucitó «al tercer día». En esta afirmación resuenan varias ideas del Antiguo Testamento que ayudan a comprender el significado de la resurrección. 

En primer lugar, podemos recordar que, cuando se narra la celebración de la alianza del Sinaí, Dios se manifiesta y habla «al tercer día», tal como recuerdan varios textos. En este sentido, la resurrección de Jesús «al tercer día» supone una manifestación de Dios en nuestra historia, para con los hombres la alianza definitiva. 

Veamos el texto más clásico de la estipulación de la alianza en el Sinaí, cuando Moisés recibió el Decálogo de manos de Dios: «Vuelve a tu pueblo y purifícalos hoy y mañana; que se laven la ropa y estén preparados para el tercer día; pues al tercer día descenderá el Señor […]. Les dijo: “Estad preparados para el tercer día” […]. Al tercer día, al amanecer, hubo truenos y relámpagos […]. La montaña del Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre ella…» (Éx 19,10s)

En segundo lugar,  según la mentalidad de la época, la corrupción del cadáver comenzaba después del tercer día, por lo que los primeros cristianos afirmaban que Jesús resucitó antes de que comenzara la corrupción de su cuerpo. 

En ese sentido, quizás aquí se encuentre una referencia al salmo 16 [15],10: «No me abandonarás en el abismo ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción». La versión griega de los LXX, que es la que cita siempre el Nuevo Testamento, lo traduce así: «No abandonarás mi vida en el sepulcro ni dejarás que tu Santo conozca la corrupción». Este texto fue muy usado por la primitiva comunidad para explicar la resurrección de Cristo (cf. Hch 2,25-33). 

En tercer lugar, el evangelio de Mateo hace una referencia a los tres días que Jonás pasó en el vientre de la ballena y afirma que Jesús también tiene que pasar tres días enterrado antes de su resurrección (cf. Mt 12,40). 

En cuarto lugar, el profeta Oseas habló de una restauración del pueblo «al tercer día», después de una experiencia de sufrimiento profundo: «En dos días nos volverá a la vida y al tercero nos hará resurgir y viviremos en su presencia» (Os 6,2).

Todas estas ideas, y quizás también algunas otras que en estos momentos no somos capaces de identificar, nos ayudan a comprender que las expresiones  «a los tres días» y «al tercer día» no tienen un sentido cronológico, sino simbólico, ya que en otros textos judíos de la época se usan para indicar el tiempo futuro de la consolación y de la liberación final.

También en otros pasajes de los evangelios aparecen las dos expresiones «a los tres días» y «al tercer día» con el sentido de «consumación» o momento definitivo. 

Por ejemplo, cuando comentan a Jesús que Herodes quiere matarle y él afirma que aún no ha llegado su hora: «Yo expulso demonios y hago curaciones hoy y mañana, y al día tercero habré llegado a mi término. Pues tengo que andar hoy, y mañana y al día siguiente, porque no conviene que un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc 13,32-33). Es evidente que aquí no se habla de un momento cronológico, sino que el «tercer día» se refiere al final de la vida terrena de Jesús.

Lo mismo podemos decir de los textos en los que Jesús relaciona la destrucción del templo de Jerusalén con su muerte y resurrección, como cuando anuncia: «Destruid este templo y yo lo levantaré en tres días» (Jn 2,19-20).

En resumen, cuando san Pablo dice que Jesús murió, fue sepultado y resucitó «al tercer día», por un lado afirma el realismo de la muerte, que lo llevó al sepulcro, aunque no a la corrupción. Por otro lado indica que la resurrección de Cristo fue la victoria definitiva sobre la muerte, el inicio de la vida futura que se esperaba en los tiempos finales de la historia. El proyecto de Dios sobre el hombre, tal como se ha manifestado en la resurrección de Cristo, es de vida eterna y no puede ser anulado ni por el pecado ni por la muerte.

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