Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

sábado, 24 de noviembre de 2012

Comentario al Credo (y 13)


La resurrección de los muertos y la vida eterna. Los cristianos creemos que la muerte no es el final de nuestra existencia. Dios nos ha dado la vida por amor y su amor es más fuerte que la muerte, por lo que no puede acabar nunca. Jesucristo mismo nos dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11,25). Y la Iglesia ha confesado siempre que Cristo resucitado «es primicia de los que han muerto» (1Cor 15,20). Todos los que creemos en Él esperamos participar un día de su misma vida en el cielo, cuando seremos revestidos de un cuerpo glorioso como el suyo.

La formulación concreta del Credo de los Apóstoles dice: «Creo en la resurrección de la carne». En la Biblia, la «carne» no es una parte del hombre, sino el ser humano completo, con su identidad personal. De hecho, confesamos que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Que se hizo «carne» significa que se hizo hombre como nosotros, sometido a nuestras limitaciones. Cuando confesamos nuestra fe en la resurrección de la «carne» estamos afirmando que cada persona conservará su identidad personal después de la muerte, que su historia personal no se perderá, sino que Dios la asumirá, corrigiendo los errores y las faltas y llevando a plenitud las cosas buenas. Por eso podemos rezar a la Virgen María o a san José, porque conservan su identidad para siempre. Por eso podremos volver a encontrar a los seres queridos en la vida eterna. Habrán sido glorificados y llevados a plenitud, pero conservarán su identidad personal.

Por su parte, el Credo Nicenoconstatinopolitano, después de haber repetido varias veces «creo» en Dios Padre…, «creo» en Jesucristo, «creo» en el Espíritu santo, «creo» en la Iglesia, ahora cambia el término y afirma: «espero» la resurrección. Así se indica que la fe conlleva una actitud de espera confiada en que la Palabra de Dios se cumplirá, y que eso me afecta a mí personalmente: Yo «espero» la resurrección de los muertos y mi propia resurrección. Sé que la muerte no tendrá la última palabra, porque el amor de Dios es más fuerte que la muerte; y estoy dispuesto a dar el paso definitivo hacia la vida eterna en el momento que Dios querrá.

«Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día» (Catecismo de la Iglesia Católica, 989).

Preguntas para la reflexión: La muerte es la puerta hacia la vida eterna. En la esperanza de la vida eterna está la alegría del cristiano, que no tiene miedo de la muerte. ¿Has vivido de cerca la muerte de algún familiar o persona querida? ¿Oras por el eterno descanso de los difuntos?

Amén. Con la última palabra del Credo, afirmamos como verdadero todo lo que acabamos de confesar, y lo reconocemos como válido y seguro para nuestra vida. De hecho, «Amén» significa al mismo tiempo «Así es» y «Así sea». Es decir, creo que lo que he dicho es verdad (Así es) y suplico al Padre que lo realice en mi vida por su bondad (Así sea). 

«El "Amén" final del Credo recoge y confirma su primera palabra: "Creo". Creer es decir "Amén" a las palabras, a las promesas, a los mandamientos de Dios, es fiarse totalmente de Él, que es el Amén de amor infinito y de perfecta fidelidad. La vida cristiana de cada día será también el "Amén" al "Creo" de la Profesión de fe de nuestro Bautismo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1064).

1 comentario:

  1. He vivido la muerte de unos cuantos seres queridos
    y junto a la pena de perderlos,he celebrado con
    ellos que ya han terminado su camino.Qué mayor dicha que la de vivir para siempre con Cristo.Bet.

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