Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 22 de noviembre de 2012

Comentario al Credo (11)


Creo en la comunión de los Santos. La Iglesia es más grande de lo que podemos ver. De ella formamos parte todas las personas que hemos puesto nuestra confianza en Cristo, tanto los que estamos vivos como los que ya han muerto. La tradición llama «Iglesia peregrinante» a los que caminamos en este mundo, viviendo en fe y esperanza. Entre los difuntos, algunos han vivido con heroísmo las virtudes cristianas y ya han alcanzado la plenitud de la vida eterna: son los Santos, que nos sirven de modelo en la vida y que interceden por nosotros ante el Señor. La tradición dice que forman la «Iglesia triunfante». Otros aún necesitan purificarse antes de poder vivir la plenitud de la vida eterna. La tradición los llama «Iglesia purgante». Santos y pecadores, cristianos vivos y difuntos estamos en comunión porque entre todos formamos la única Iglesia.

Los Santos manifiestan la eficacia del evangelio de Cristo, que es capaz de transformar en cada generación a hombres y mujeres «de toda raza, lengua, pueblo y nación» (Ap 5,9). Ya en el Antiguo Testamento descubrimos que los israelitas confiaban en la intercesión de los antepasados justos ante el Altísimo. Lo podemos ver cuando Moisés ora por el pueblo, diciendo: «Acuérdate de Abrahán, Isaac y Jacob, siervos tuyos» (Ex 32,13). También los jóvenes en el horno de fuego, dicen: «No nos retires tu amor, por Abrahán, tu amigo, por Isaac, tu siervo, por Israel, tu consagrado» (Dn 3,34-35). Y el salmista ora: «Por amor a David, tu siervo, no des la espalda a tu ungido» (Sal 132 [131],10). En polémica con los saduceos, que negaban la resurrección, Jesús mismo citó la Escritura, que pone a los patriarcas por intercesores ante el Altísimo, diciendo: «No es Dios de muertos, sino de vivos» (Lc 20,38). Finalmente, el Apocalipsis habla del culto de los redimidos ante el trono de Dios: los veinticuatro ancianos (imagen de los 12 padres de las tribus de Israel y de los 12 apóstoles, de los justos del Antiguo y del Nuevo Testamento) tenían en sus manos «copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los Santos» (Ap 5,8). Por este motivo, los católicos confiamos en la poderosa intercesión de los Santos, aunque sabemos que Jesucristo es el único salvador del mundo «ayer, hoy y siempre» (Heb 13,8). Confiamos en que el que los ha redimido y glorificado a ellos nos salvará y llevará a la plenitud de la vida también a nosotros.

«Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones» (Catecismo de la Iglesia Católica, 962).

Oración de Gustavo Adolfo Bécquer a todos los Santos:
Patriarcas que fuisteis la semilla
del árbol de la fe en siglos remotos,
al vencedor divino de la muerte,
rogadle por nosotros. 

Profetas que rasgasteis inspirados
del porvenir el velo misterioso,
al que sacó la luz de las tinieblas,
rogadle por nosotros. 

Almas cándidas, santos inocentes,
que aumentáis de los ángeles el coro,
al que llamó a los niños a su lado,
rogadle por nosotros. 

Apóstoles que echasteis en el mundo
de la Iglesia el cimiento poderoso,
al que es de la verdad depositario,
rogadle por nosotros. 

Mártires que ganasteis vuestra palma
en la arena del circo, en sangre rojo,
al que os dio fortaleza en los combates,
rogadle por nosotros. 

Vírgenes, semejantes a azucenas
que el verano vistió de nieve y oro,
al que es fuente de vida y hermosura,
rogadle por nosotros. 

Monjes que de la vida en el combate
pedisteis paz al claustro silencioso,
al que es iris de calma en las tormentas,
rogadle por nosotros. 

Doctores cuyas plumas nos legaron
de virtud y saber rico tesoro,
al que es caudal de ciencia inextinguible,
rogadle por nosotros. 

Soldados del ejército de Cristo,
santas y santos todos,
rogadle que perdone nuestras culpas
a aquel que vive y reina entre nosotros. Amén.

1 comentario:

  1. Me ha gustado mucho la oración de Bécquer: Santos y santas todos, rogadle que perdone nuestras culpas a aquel que vive y reina entre nosotros (aunque, a veces, no lo veamos).

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