Hay un himno del breviario que presenta el misterio de la Pascua como un combate paradójico, en el que se decide el destino del mundo. Su lenguaje es sencillo, casi popular, pero la intuición teológica que lo sostiene es de gran profundidad y se enlaza con una antigua tradición litúrgica. En efecto, resuena claramente en él la gran secuencia pascual "Victimae paschali laudes", donde se proclama: "Mors et vita duello conflixere mirando" (que significa: "la muerte y la vida se enfrentaron en un admirable duelo"). El himno castellano recoge esa misma intuición cuando afirma: “La vida y la muerte luchándose están”. La Pasión no aparece simplemente como una tragedia, sino como una lucha misteriosa en la que Cristo entra voluntariamente en el territorio de la muerte para vencerla desde dentro.
La primera estrofa sitúa el acontecimiento en el ritmo mismo del cosmos: la noche, el alba, la estrella fiel, el amanecer. No se trata de una simple descripción natural. La noche evoca la hora de la cruz y del sepulcro; el alba es el signo de la nueva creación, que comienza con la resurrección. Toda la creación parece alegrarse con Cristo “aliviado en el amanecer”. La Pascua no es solo el triunfo personal de Jesús, sino la renovación del mundo.
El centro del poema está en la figura de Cristo como capitán victorioso: “Señor Jesucristo, qué buen capitán”. La imagen recuerda el título que la secuencia latina da a Cristo como "dux vitae" (el "príncipe o guía de la vida"). Él no combate solo por sí mismo: conduce a la humanidad entera en su victoria. La cruz aparece, así, como el campo de batalla donde la muerte cree haber vencido, sin saber que ha sido derrotada.
La expresión del himno “Señor Jesucristo, qué buen capitán” tiene una resonancia muy cercana a una imagen muy querida por Teresa de Jesús. La santa utiliza varias veces la metáfora militar para hablar de Cristo, especialmente cuando contempla su pasión como el combate decisivo por la salvación del hombre. En uno de sus textos más conocidos exclama: “¡Qué buen capitán, que se puso el primero en la batalla!”. Para Teresa, esta imagen tiene un sentido profundamente espiritual. Cristo no permanece distante del sufrimiento humano, ni dirige la lucha desde lejos; al contrario, entra el primero en el combate. La cruz es el lugar donde se enfrenta directamente con el pecado, el mal y la muerte. Su victoria no consiste en evitar la lucha, sino en asumirla hasta el extremo del amor.
La tercera estrofa introduce el símbolo del árbol: “el árbol caído devuelve su flor”. La tradición cristiana ha visto siempre una correspondencia entre el árbol del paraíso y el árbol de la cruz. Allí donde comenzó la caída del hombre brota ahora la vida nueva. La cruz, que parecía signo de fracaso, florece en la mañana de la resurrección.
Esta visión del misterio pascual encuentra una resonancia profunda en la experiencia espiritual de san Juan de la Cruz. Para el místico carmelita, la noche oscura no es simplemente un tiempo perdido, sino el paso necesario hacia la unión transformante con Dios. La muerte aparente de la noche esconde una fecundidad secreta. Del mismo modo, la muerte de Cristo es el lugar donde se gesta la vida nueva. La Pascua revela que el camino de Dios pasa por el despojamiento y la entrega, pero conduce finalmente a la plenitud.
El himno concluye ampliando la mirada: tierra, aire y mar participan en el gozo, y la humanidad aparece como una gran romería que despierta a la vida. Es la intuición central de la fe pascual: en Cristo la muerte ya no tiene la última palabra. El amanecer de la resurrección se ha abierto en la historia y, desde entonces, incluso la noche está habitada por la promesa de la vida.
La noche y el alba, con su estrella fiel,
se gozan con Cristo, Señor de Israel,
con Cristo aliviado en el amanecer.
La vida y la muerte luchándose están.
Oh, qué maravilla de juego mortal,
Señor Jesucristo, qué buen capitán.
En él se redimen todos los pecados,
el árbol caído devuelve su flor,
oh santa mañana de resurrección.
Qué gozo de tierra, de aire y de mar,
qué muerte, qué vida, qué fiel despertar,
qué gran romería de la cristiandad.

Una romería es, efectivamente la Pascua para los cristianos!
ResponderEliminar