En un mundo obsesionado con prolongar artificialmente la vida, invertimos enormes recursos en laboratorios que prometen retrasar el envejecimiento y empujar un poco más lejos el límite de nuestros días. Y, sin embargo, la paradoja humana permanece: somos capaces de explorar el universo, pero seguimos sin encontrar la medicina definitiva contra la muerte. Quizá porque la verdadera frontera no es biológica, sino existencial. Lo que hoy anuncia la Iglesia no es un nuevo tratamiento antiarrugas, sino una noticia que transforma nuestra búsqueda más profunda: la eternidad que tanto anhelamos no consiste en alargar indefinidamente la vida del cuerpo, sino en entrar en un amor tan pleno que, precisamente por ser total, resulta ya indestructible.
Desde el origen de los tiempos, la humanidad ha buscado una medicina que venza la muerte.
La hemos buscado en el poder, en la belleza, en el conocimiento.
La hemos buscado en los laboratorios y en los templos,
en las estrellas lejanas y en las raíces escondidas de la tierra.
Y, sin embargo, aquí seguimos.
Frágiles. Limitados. Mortales.
Sabemos construir cohetes que llegan a la luna, descifrar el lenguaje del universo…
pero no sabemos detener el paso del tiempo.
La muerte sigue ahí, silenciosa, esperando al final de cada camino.
Pero hoy ocurre algo sorprendente.
Hoy no recordamos simplemente una historia antigua,
un hecho sucedido hace siglos en una mañana de primavera.
Hoy se anuncia una noticia que atraviesa el tiempo
y llega hasta tu vida: ¡Cristo ha resucitado!
No como quien vuelve de un viaje
y continúa la existencia igual que antes.
No como una chispa que se apaga y se vuelve a encender.
No.
Es algo completamente nuevo:
Una vida que ya no puede ser destruida.
Un amor que ya no puede ser derrotado.
Una puerta que nada ni nadie podrá cerrar.
¿Qué ha pasado?
Jesús vivió siempre unido al Padre.
Confió en él en todo momento.
Incluso en la cruz, cuando todo parecía fracasar,
cuando sus amigos huyeron
y el cielo parecía guardar silencio,
sus labios pronunciaron una oración:
«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu».
No fue un grito de desesperación.
Fue una entrega confiada,
manteniendo la fe contra toda esperanza humana.
Ahí está el secreto.
Quien vive en el amor de Dios
empieza ya a tocar algo más fuerte que la muerte.
Pero ese camino no evita el dolor.
El amor verdadero siempre pasa por la muerte:
morir al egoísmo,
morir al deseo de tener siempre la razón,
morir a esa voz interior que repite: «primero yo».
Cada vez que amas de verdad, algo en ti muere.
Y, misteriosamente, algo en ti nace.
El egoísmo se aferra para salvarse…
pero termina estéril, vacío, encerrado en sí mismo.
El amor parece perder,
pero es el único que fecunda la vida,
el único que deja huella,
el único que permanece.
Por eso, la Pascua no es solo la historia de Jesús.
Es tu historia posible.
Cada vez que eliges el amor sobre el miedo,
cada vez que te entregas sin esperar nada a cambio,
cada vez que dejas atrás las pequeñeces para centrarte en lo importante,
estás entrando ya en la vida que no muere.
Cristo abrió la puerta.
La Pascua anuncia que puedes cruzarla.
Amén. Aleluya.

Feliz Pascua de Resurrección, fr. Eduardo y a todos los que leen su blog
ResponderEliminarCristo ha Resucitado. ¡Verdaderamente, ha Resucitado. Gracias padre por todas sus enseñanzas a lo largo de este. Sus mensajes los he usado durante las meditaciones de la hora santa. Este año, nuestro boletín "El Teresiano" ha creado un espacio: "Aprendiendo de San Juan de la Cruz". En él, retransmitimos muchas enseñanzas suyas e invitamos a nuestros lectores, a consultar " el blog del Padre Eduardo" para profundizar más en las enseñanzas del Carmelo teresiano Suerte en esta misión 2026. Esperamos su vista a Honduras.
ResponderEliminarDesde la Parroquia Santa Teresa de Jesús, Doctora, le saludamos con mucho cariño. Esperamos tenerlo pronto aquí. Comprendemos que fn está jubilar sanjuanista, desde disfrutar en todos esos lugares, que fueron la cuna de nuestro gran maestro místico. ¡Cristo ha rescitado!
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