Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 7 de enero de 2013

La divina filantropía

En italiano se dice que "l'Epifania tutte le feste porta via"; es decir, que con la Epifanía se acaban las fiestas natalicias. Sin embargo, la Iglesia sigue celebrando el tiempo de Navidad hasta el domingo próximo, fiesta del bautismo de Jesús. Por eso continuamos profundizando en lo que significa este adorable misterio. Hoy, en concreto, hablando de la divina filantropía; es decir, del amor generoso y gratuito de Dios por los hombres que se ha manifestado en el nacimiento de Cristo.

Entre otras cosas importantes, la Navidad nos hace comprender que Dios no envió a su Hijo al mundo como premio a nuestro buen comportamiento; por el contrario, lo envió a pesar de nuestras malas obras. No porque nosotros lo merecemos, no porque somos buenos o porque Él tiene necesidad de nosotros, sino porque Él es bueno y generoso. Navidad es la mejor manifestación de lo que la Escritura llama la filantropía de Dios: «Se ha manifestado la bondad de Dios y su amor por los hombres» (Tit 3,4). En el nacimiento de Cristo se comprende lo que es el amor: «Se ha manifestado el amor que Dios nos tiene, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero, y envió a su Hijo para librarnos de nuestros pecados» (1Jn 4,9-10). Dios ama a los hombres. Este es el motivo por el que suscitó profetas, por el que mandó a sus ángeles a la tierra, por el que envió a su Hijo. Ese es el mensaje de la Navidad: Dios ama a los hombres y por amor ha enviado a su hijo a la tierra, para salvarnos. 

En los cantos y lecturas de estas fiestas se recuerda el canto de los ángeles: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres, a los que Dios ama» (Lc 2,14). Durante siglos se había traducido «paz en la tierra a los hombres de buena voluntad». Pero Dios quiere regalar su paz a todos los hombres. Por eso, los ángeles no solo desean la paz a los hombres que aman al Señor (que pueden ser muchos o pocos), sino a los hombres amados por el Señor (que son todos). Él ama a todos y respeta la libertad de todos, incluso la de los que lo rechazan, en cuyos corazones no puede entrar si no le abren las puertas. En el nacimiento de Cristo empezamos a comprender hasta dónde llega el amor de Dios, que envió a su Hijo al mundo como buen samaritano, para sanar al peregrino que yacía herido junto al camino (cf. Lc 10,25ss), para cargar sobre sus hombros la oveja perdida (cf. Lc 15,1ss), para buscar y salvar lo que estaba perdido (cf. Lc 19,10) y para hacernos familiares suyos.

El cristiano comprenderá las últimas consecuencias de este amor en la muerte y resurrección de Cristo. Entonces exclamará asombrado en el Pregón pascual: «¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!».

El nacimiento de Cristo es el cumplimiento de un eterno proyecto de Dios, escondido durante siglos y, finalmente, revelado: Dios «nos ha dado a conocer sus planes más secretos, los que había decidido realizar por Cristo, llevando la historia a su plenitud» (Ef 1,9-10). El contenido de este plan es la salvación del género humano por medio de Cristo: «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tit 2,11-14). San Juan de la Cruz explica que la encarnación no es solo el remedio del pecado de los hombres. Es algo más profundo, que corresponde al eterno proyecto salvador de Dios, ha sido proyectada por Dios desde la eternidad y consiste en hacernos partícipes de su misma vida. La Sagrada Escritura insiste en que Dios nos ha creado para la salvación, para convertirnos en hijos suyos y herederos de su Reino. Y su Hijo ha venido a la tierra para realizar ese proyecto eterno, destinado a todos, pero siempre respetuoso de la libertad de cada uno, que debe decidir personalmente si lo acoge o lo rechaza.

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