Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 10 de enero de 2013

Acampó entre nosotros

Aunque la sociedad civil ha retirado los adornos navideños y casi no se acuerda ya de las fiestas pasadas, la Iglesia sigue celebrando el tiempo litúrgico de Navidad hasta el domingo del bautismo del Señor. Y nosotros seguimos profundizando en su significado teológico. Hoy, en concreto, hablaremos de lo que significa que el Eterno se ha hecho temporal al entrar e nuestra historia. San Juan lo explica diciendo que «la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros» (Jn 1,14).

Durante el Adviento, la Iglesia suplicaba con insistencia la venida de Cristo diciendo: «Cielos, enviad rocío de lo alto; nubes, lloved al Justo; ábrase la tierra y brote al Salvador» (Is 45,8). La liturgia del 24 de diciembre usaba una imagen similar: «Brotará un renuevo del tronco de Jesé y de su raíz florecerá un vástago» (Is 11,1). Al final del Adviento, la atención amorosa de la Iglesia se concentraba en el acontecimiento que estaba a punto de celebrar. Por eso se multiplicaban las referencias temporales: «Hoy sabréis que viene el Señor, y mañana contemplaréis su gloria». Cuando en Nochebuena la Iglesia afirma que la salvación se hará presente «mañana», está hablando de la gracia sacramental del día de Navidad y está señalando el mañana de la historia, invitando a trascender el momento presente. Así, vive en la certeza de la salvación ya comenzada y en la esperanza de una plenitud ya pregustada.

El 25 de diciembre se desarrolló entre continuas referencias a un «hoy» que es cumplimiento de todas las promesas, inicio y pregustación de la eternidad en el tiempo de los hombres. Si durante el Adviento la Iglesia suplicaba a su Señor: ¡ven!, el día de Navidad, finalmente pudo exclamar: ¡hoy!, porque lo que esperaba (la venida de su Señor) es una realidad ya poseída en la liturgia. La antigua venida de Jesús en la pobreza de Belén, hace más de dos mil años, se actualiza en el hoy de nuestra historia. La futura venida gloriosa del Señor, al final de los tiempos, también se anticipa en el hoy de nuestra vida. Las promesas de los profetas, que mantuvieron en el pasado la esperanza de Israel, hoy encuentran cumplimiento. La esperanza de la Iglesia, que aguarda la plena redención de la historia, hoy se anticipa. El Hijo de Dios, que existía antes del tiempo, entra en el hoy de nuestra cotidianidad para que nosotros podamos encontrarnos con Él: «Hoy ha nacido Jesucristo; hoy ha aparecido el Salvador; hoy en la tierra cantan los ángeles; hoy saltan de gozo los justos». 

Jesús, que entró en nuestra historia hace más de dos mil años, nunca nos ha abandonado, sigue entre nosotros, cumpliendo su palabra: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). San Pablo dice que el nacimiento de Cristo inauguró «la plenitud de los tiempos» (Gal 4,4), en la que nos encontramos. Por eso añade que «este es el tiempo de la gracia, hoy es el día de la salvación» (2Cor 6,2). Desde que Cristo nació en Belén, cada día, cada momento, es una oportunidad para encontrarnos con Él, con su gracia y con su bendición. Que Él te llene hoy de su misericordia y de su paz. Amén.

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