Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 30 de octubre de 2015

Las clases medias de la santidad


Artículo de José Luis Martín Descalzo que nos sirve de preparacion a la fiesta de Todos los Santos, recordándonos que la santidad es para todos, cada uno a su manera, cada cual según sus capacidades.

Joseph Malegue -ese gran novelista cristiano que en España no ha sido ni siquiera traducido- dejó a medio escribir una novela cuyo título era el mismo que yo he puesto a este artículo. Y en ella -por los pocos fragmentos que se conocen- desarrollaba una idea ya varias veces apuntada en sus obras anteriores: que para profundizar en los fenómenos religiosos no hay que explorar solo en el alma de los grandes santos, de los santos de primera, de los aristócratas de la santidad, sino que «las almas modestas contaban también; contaban además las clases medias de la santidad».

Nada más cierto. Porque tal vez estamos demasiado acostumbrados a trazar una distinción excesivamente neta entre la santidad y la mediocridad. A un lado estarían esas diez docenas de titanes del espíritu que tomaron el evangelio por donde más quemaba y realizaron una vida incandescente. Al otro estaríamos nosotros, los que vegetamos en el cristianismo.

Y esta es una distinción, además de falsa, terriblemente desalentadora. Pensamos: como yo no tendré jamás el coraje de ser un Francisco de Asís, vamos a limitarnos a cumplir y a esperar que Dios nos meta al final en el cielo por la puerta de servicio. La santidad se nos presenta así como una zarza incombustible, imposible no sólo para nosotros, sino incluso para cualquiera que viva en nuestras circunstancias. Además, pensamos para agravar las cosas, los santos hacen milagros y nosotros ya tenemos bastante con no hacer pecados. La solución es la siesta.

Pero, si abrimos con más atención los ojos, vemos que además de los santos de primera hay por el mundo algunos santos de segunda y bastantes de tercera. Esa buena gente que ama a Dios, esas personas que, cuando estamos con ellas, nos dan el sentimiento casi físico de la presencia viva de Dios; almas sencillas, pero entregadas; normales, pero fidelísimas. Auténticas clases medias de la santidad.

Quien más, quien menos, todos hemos encontrado en el mundo dos o tres docenas de almas así. Y hemos sido felices de estar a su lado. Y hemos pensado que, con un poco más de esfuerzo, hasta nosotros podríamos parecemos un poco a ellas. Y sentimos que este tipo de personas sostienen nuestra fe y que, en definitiva, en su sencillez, son una de las grandes señales de la presencia de Dios en la Iglesia.

Yo he conocido a muchos de estos santos de tercera o segunda -empezando por mis padres- a quienes no canonizaría. Incluso me daría un poco de risa imaginármelos con un arito en torno a la cabeza y ellos se pondrían muy colorados si alguien se lo colocara. Pero, sin embargo, me han parecido almas tan verdaderas, que en ellas he visto siempre reflejado lo que más me gusta de Dios: su humildad.

Creo que de esto se habla poco. Y, no obstante, yo creo que tiene razón Moeller cuando escribe que «el centro del cristianismo es el misterio de esta humildad de Dios». Es cierto: en el catecismo nos hablaron mucho del Dios todopoderoso y a veces llegamos a imaginarnos a un Dios soberbio, cuajado de pedrerías, actuando siempre a través de milagros y hablando con voz tonante. 

Pero la realidad es que, cuando Dios se hizo visible, todo fue humilde y sencillo. Se hizo simplemente un hombre a quien sus enemigos pudieron abofetear sin que sacara terribles relámpagos del cielo. 

Un Dios que es humilde en su revelación, hecha a través de textos también humildes, difíciles de interpretar, expuestos a tergiversaciones, mucho menos claros de los que escribiría un matemático perfeccionista. 

Un Dios humilde en su Iglesia, que no construyó como una élite de perfectos, sino como una esposa indefensa y mil veces equivocada, tartamudeante y armada con una modesta honda y unos pocos guijarros frente al Goliat del mundo. Humilde también en la tierra en que quiso nacer, en esa Palestina que ni es un prodigio de belleza física ni un paraíso de orden, una especie de Suiza del espíritu.

«El Señor de la gloria -escribe también Moeller- no ha querido ni el poder ni la nada, ni el trueno ni el silencio del abismo, pues el poder tiránico o la sombría nada son lo contrario del amor. El amor quiere la dulzura humilde y gratuita, no se defiende, ofrece de antemano su cuello a los verdugos y, sin embargo, es más poderoso que la muerte y mil torrentes de agua no podrán extinguir el fuego de la caridad. El amor quiere también la vida, la dulce vida; el amor da la vida y no la nada».

Por eso a este Dios humilde le van muy bien los santos humildes y pequeños, los santos del aprobadillo. Y es una suerte que nos permite no desanimarnos a quienes tenemos un amor de hoguera (¡o de cerilla!) y jamás llegaremos a su amor de volcán.

Incluso el camino hacia Dios está muy bien hecho. Es como un monte al que hay que subir. Y tiene dos caminos: uno de cabras, que va en derechura desde la falda a la cima, escarpado, durísimo, empinadísimo, y un camino carretero, que sube también, pero en zig-zag, dando vueltas y vueltas en espiral hacia la cumbre.

Los santos, los verdaderos santos, suben por el de cabras, dejándose la piel en las esquinas de las rocas. Ellos lo dan todo de una vez, viven hora a hora en la tensión del amor perfecto.

Pero los demás temblamos ante ese camino. No porque no tengamos pulmones para ello -porque los santos no tienen mejor «madera» que nosotros-, sino porque somos cobardes y le damos a Dios trozos de amor, guardándonos en el zurrón buenos pedazos de amor propio.

Naturalmente, a quien Dios le dé el coraje del camino de cabras, que san Pedro se lo bendiga y multiplique. Pero, en definitiva, lo que importa es subir, lo necesario es amar, aunque sea con un amor tartamudo. Y, entonces, bendito sea el camino carretero.

Con la ventaja, además, de que, en cada vuelta del camino, el camino carretero se cruza un momento con el de cabras: son esos instantes de verdadera santidad que todos, por fortuna, tenemos. Hay incluso veces en las que -sobre todo en la juventud- nos atrevemos a hacer algún trecho por la senda de cabras, aunque luego regrese la flojera y volvamos a tomar el camino en espiral. Bien, lo importante es seguir subiendo, seguir amando, aunque se haga mal.

Lo que no hay que olvidar es que, al final de la escalada, cuando ya se está cerca de la cima, los dos caminos, el carretero y el de cabras, desaparecen. Y entonces ya solo queda la roca viva. Por la que solo se puede subir con guía. O llevados en brazos. Como Dios nos llevará a todos en el último repechón que conduce al abrazo en la muerte.

5 comentarios:

  1. Y O COMO SANTA TERESITA SUBIRE EN ASCENSOR que seran los brazos de Jesus ESPERO EN SU MISERICORDIA Ana Maria

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  2. Qué maravilloso escrito!!!!! Gracias Padre Eduardo por compartir estas palabras que requiero de humildad y amor! Precioso, que el Señor lo siga bendiciendo en su nuevo hogar de Burgos! Alina

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  3. Cuando era pequeña, una entrañable profesora hizo que valorara la cultura del esfuerzo al explicarnos que lo difícil para el estudiante era conseguir aprobar, pero que a partir de ahí y con un poquito más de esfuerzo se podía llegar hasta el sobresaliente.Por eso, me pregunto, si en mi vida de fe me esfuerzo "un poquito más", si en vez de dormir la siesta me dedico con humildad y verdadera alegría a servir a los demás, seguro que algo más que el aprobado sacaré. Claro que aprobado o sobresaliente dará lo mismo delante de Dios, pues pienso que la nota no es lo importante sino iniciarnos y esforzarnos en la asignatura DEL AMOR. Un camino, sin duda, duro, pero hermoso y en el que siempre tendremos como guía a Nuestro Señor. Gracias Padre por este hermoso texto, tan sugerente y esperanzador. Ada

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  4. Esta mañana leí de pasada este artículo y me ha parecido tan bonito que no quería dejarlo pasar sin escribir un comentario. Me ha gustado mucho la idea de los dos caminos que llegan a Dios, en ese camino carretero me encuentro yo con tropiezos, descansos, rodeos.... Pero este texto da ánimo y esperanza, porque lo importante es andar por el camino que llega a la cima.

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  5. Me ha gustado mucho el artículo, de las clases medias de la santidad, unos "mediocres" por el camino de carretero y otros por el de cabras"... Me hace pensar en el anuncio de televisión que dice:Si a tu hijo, antes de una carrera, le dices: 'te vas a caer, tú no vales para esto', ese niño se va a caer, no hay más opciones", "Pero si en lugar de eso, a ese mismo niño le dices: 'corre, vuela, no te detengas', ese niño jugará mejor que nunca".
    Con esta premisa comienza el nuevo anuncio de una mutua valenciana, el intrigante mensaje es el inicio de un discurso basado en el efecto Pigmalión: el proceso mediante el que las creencias y expectativas de una persona respecto a otra afectan de tal manera a su conducta que tiende a confirmarlas.
    "Hay una responsabilidad ineludible en cómo hablamos, nuestras palabras tienen un poder más grande de lo que nunca hubiéramos imaginado", se explica en el vídeo…
    Posiblemente lleguemos a la meta con las manos vacias, no lo sé, a veces nos encontramos con sacerdotes que continuamente nos están recordando lo malos que somos y que lo tenemos muy mal para salvarnos, yo creo en un Dios misericordioso que me acoge , con mis trozos en el zurrón y que me alienta a seguir el camino, y me dice no te detengas que estoy aquí para levantarte. Doy gracias a Dios por todas las personas que sostienen nuestra fe y que, en definitiva, en su sencillez, son una de las grandes señales de la presencia de Dios en la Iglesia.
    Conchita

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