Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 7 de enero de 2022

Jesucristo es el Señor del tiempo y de la historia


Hay muchos que insisten en que las fiestas de Navidad son las herederas de algunas fiestas romanas (las saturnales, el culto de mitra y las celebraciones en honor del «natalis (solis) invicti»). Otros afirman que son herederas de algunas celebraciones celtas con motivo del solsticio de invierno. ¿Qué hay de verdad en estas afirmaciones y otras similares?

Comencemos recordando que todos los pueblos antiguos celebraron fiestas unidas a los ciclos agrícolas y estacionales, por lo que es fácil encontrar testimonios de variadas celebraciones para acoger el invierno, la primavera, el verano y el otoño en culturas distantes entre sí e incluso sin relaciones entre ellas.

También los judíos celebraron fiestas al inicio de las estaciones que, con el pasar del tiempo, fueron "historizadas" para recordar acontecimientos relacionados con la historia de la salvación:

La fiesta de recolección de los primeros frutos al inicio de la primavera («Pesaj», la ‘Pascua’) sirvió para recordar la salida de Egipto, el «paso» de la esclavitud a la libertad.

La fiesta de la siega al inicio del verano («Shavuot», ‘Pentecostés’) se convirtió en un recuerdo de la alianza del Sinaí y del don de la Ley de Dios.

La fiesta de la vendimia al inicio del otoño («Sucot», los ‘tabernáculos’) se transformó en el recuerdo de los cuarenta años que los israelitas anduvieron por el desierto en su camino hacia la Tierra prometida.

La fiesta del final de la siembra de cereales al inicio del invierno («Janucá» o ‘fiesta de las luces’) sirvió para conmemorar la victoria de los judíos contra sus enemigos y la consagración del templo de Jerusalén. 

Los primeros cristianos asumieron algunas fiestas derivadas de los ciclos de la naturaleza y las pusieron en relación con la vida de Cristo, que es la clave última de interpretación de toda la obra de Dios, también de la Creación, ya que «todo fue creado por medio de él y para él» (Col 1,16). Por lo que todo (también los ciclos de la naturaleza) encuentra su sentido último en él.

Los Padres de la Iglesia se sirvieron del simbolismo solar para expresar la dimensión cósmica de nuestra fe ya que, tal como canta la liturgia, Cristo, con su luz, «transfigura y enciende el universo». 

Según una tradición judía, Dios creó a Adán en Pascua (al inicio de la primavera y del año hebreo, según Éx 12,2). En el calendario lunar era el 14 de Nisán. En el calendario solar, por las distintas maneras de contar el tiempo, era el 25 de marzo en occidente y el 6 de abril en oriente.

En la misma fecha habrían tenido lugar los principales acontecimientos de la historia de Israel, por lo que también en esa fecha se esperaba la manifestación del mesías: «El mundo fue creado en el mes de Nisán y en Pascua nacieron los patriarcas, al inicio del año Sara, Raquel y Ana recibieron la visita de mensajeros celestes, José salió de la prisión, cesó la esclavitud de nuestros padres en Egipto; y en el mes de Nisán llegará la redención futura».

Estos razonamientos pueden resultarnos extraños, pero manifiestan la unidad de toda la historia de la salvación, en la que la creación, la alianza y la redención final son distintas etapas del eterno proyecto de Dios. 

De hecho, hasta el presente, los israelitas celebran cuatro noches en la Pascua: la de la creación, la de la alianza con Abrahán, la de la salida de Egipto y la de la futura venida del mesías. Por este motivo, desde antiguo, los Padres pusieron en relación la creación del mundo, la encarnación de Jesucristo y su muerte redentora. 

Si Jesús fue concebido el 25 de marzo, nació nueve meses después, el 25 de diciembre, según los cálculos de la antigua liturgia romana.

Si Jesús fue concebido el 6 de abril, nació nueve meses después, el 6 de enero, según los cálculos de la antigua liturgia bizantina.

Con el tiempo, la Iglesia asumió las dos fechas: una para conmemorar el nacimiento del Señor (Navidad, 'Nativitas" en latín) y otra su manifestación como salvador del mundo ('Epifanía' en griego).

Los Padres también pusieron en relación el nacimiento de Cristo, en el solsticio de invierno, con el nacimiento de san Juan Bautista, en el solsticio de verano, ya que entre ambas fechas se dan los seis meses de diferencia que señala san Lucas (1,26). 

Así, Juan Bautista habría sido concebido en el equinoccio de otoño (mismas horas de luz que de oscuridad) y nacido en el solsticio de verano (el día más largo y la noche más corta). Por su parte, Jesús habría sido concebido en el equinoccio de primavera (mismas horas de luz que de oscuridad) y nacido en el solsticio de invierno (el día más corto y la noche más larga). 

San Agustín, comentando la frase del Bautista «Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30), hace notar el significado místico del texto, que se cumple al nacer san Juan en el momento en que los días disminuyen y Jesús cuando los días comienzan a alargar, dando a entender que la misión del Bautista habría de terminar cuando comenzara la del Señor. De esta manera, los Padres interpretaban que Cristo da sentido a toda la Creación (cf. Col 2,10) y es la luz del mundo. 

Estas consideraciones nos ayudan a comprender el sentido que la Iglesia primitiva daba a las fiestas de Navidad y Epifanía. También recuerdan que el nacimiento del Señor está en referencia con su muerte y resurrección, de la que alcanza su sentido último.

Por supuesto que la Iglesia ha asumido muchos gestos y tradiciones de las distintas culturas en las que se ha hecho presente (fiestas, vestidos, adornos, comidas, etc.), pero lo importante para ella ha sido siempre el anuncio de la gran novedad cristiana: El Hijo de Dios se ha hecho hombre para que los hijos de los hombres lleguemos a ser hijos de Dios. Él asumió voluntariamente nuestra pobreza para enriquecernos, nuestra debilidad para fortalecernos, nuestro pecado para darnos la salvación.

Esto podemos celebrarlo esquiando en los Pirineos o bañándonos en una playa del Caribe, comiendo turrón español o panettone italiano, bebiendo chocolate caliente en México o brindando con champán fresco en Francia, cantando aguinaldos en Venezuela o Christmas carols en Inglaterra. Las formas externas son diferentes en cada lugar, pero la fe es la misma para todos los cristianos: Jesucristo da sentido al universo y a la historia, porque es el alfa y la omega, el principio y el fin. Además, es el único que puede sacar bienes incluso de los males. A él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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