Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 3 de enero de 2016

primer domingo del año 2016


Tal como decíamos ayer, la Navidad no ha terminado. Donde el 6 de enero es festivo, ese día se sigue celebrando la Epifanía del Señor (popularmente conocida como fiesta de los Reyes Magos). En los demás sitios, la Epifanía se celebra hoy, primer domingo después de año nuevo. El domingo 10 celebraremos la fiesta del bautismo de Jesús en el río Jordán, con el que concluye este tiempo litúrgico de la manifestación del Señor en la carne. Después tenemos un breve periodo de tiempo ordinario antes de comenzar las celebraciones de Cuaresma y Pascua.

Quienes hoy no celebran la Epifanía vuelven a leer en misa el evangelio del día de Navidad: el prólogo de san Juan, que nos recuerda que la eterna Palabra de Dios se hizo carne en el vientre de María y puso su morada entre nosotros. (Comenté ese evangelio aquí).

Quienes hoy celebran la Epifanía leen el evangelio de la adoración de los sabios venidos de Oriente. He hablado de esta fiesta en muchas ocasiones: «La Epifanía del Señor», «La fiesta de Epifanía», «La verdad de los Reyes Magos», «Tradiciones de Epifanía», «Artabán, el cuarto Rey Mago» (cuento y película), «El camello cojo» (poema humorístico), «Auto de los Reyes Magos» (obra de teatro del s. XII), «Los tres Reyes Magos» (poema de Rubén Darío), «La otra carta de Reyes» (publicidad creativa con mensaje), «Antiguo canto serbio en honor de los Reyes Magos», «Canto español del s. XVI para la fiesta de Reyes». Para ver los enlaces basta con hacer un click sobra cada título.

Hoy les comparto un soneto de Luis de Góngora y Argote (1561-1627) titulado «A Cristo en la Cruz», en el que el poeta se pregunta qué cosa resultó mayor hazaña en Jesús, si humanarse en carne mortal o morir en la Cruz por salvar a todos los hombres. Responde el poeta que morir por amor es algo inmenso, pero es algo aún más grande la encarnación, porque es mayor la distancia de Dios al hombre que de del hombre que nace al hombre que muere.

El Hijo de Dios, por amor a nosotros se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos. Se hizo pequeño para hacernos grandes, se hizo débil para hacernos fuertes, asumió nuestra humanidad para hacernos partícipes de su divinidad. ¿Somos conscientes de lo que estamos celebrando en estos días? Les dejo con el poema:

Pender de un leño, traspasado el pecho
y de espinas clavadas ambas sienes;
dar tus mortales penas en rehenes
de nuestra gloria, bien fue heroico hecho.

Pero más fue nacer en tanto estrecho
donde, para mostrar en nuestros bienes
a dónde bajas y de dónde vienes,
no quiere un portalillo tener techo.

No fue esta más hazaña, ¡oh gran Dios mío!,
del tiempo, por haber la helada ofensa
vencido en flaca edad, con pecho fuerte

—que más fue sudar sangre que haber frío—,
sino porque hay distancia más inmensa
de Dios a hombre que de hombre a muerte.

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