Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 9 de febrero de 2016

Historia y significado de la Cuaresma


Mañana, si Dios quiere, comenzaremos la Cuaresma, con la imposición de las cenizas. En esta entrada haré un resumen de temas que ya he tratado en otras ocasiones los años pasados para recordar el origen de la Cuaresma y su desarrollo y evolución a lo largo de los siglos. ¡Feliz camino hacia la Pascua a todos!

A quienes crecimos en ambientes cristianos, la Cuaresma y la Semana Santa nos evocan más sensaciones que ningún otro tiempo del año: recuerdos visuales (pasos procesionales, esculturas de Cristo en su pasión y de la Virgen Dolorosa, velos de pasión cubriendo los retablos, túnicas y mantos bordados en sedas y oro…), sonoros (interminables ensayos de las bandas de cornetas y tambores, carracas, saetas…), olfativos (el perfume de las abundantes flores empleadas por las cofradías en los altares de sus titulares y en los tronos procesionales, velas de cera e incienso) y culinarios (¿cómo olvidar los potajes de vigilia, las croquetas de bacalao, los buñuelos, las torrijas o la «mona» de Pascua?).

A todo esto hay que añadir la preparación de la ceniza, la plantación de macetas con semillas de trigo, que germinaban a oscuras, para colocar a los pies del Santísimo el Jueves Santo, la recogida de ramas de olivo o de otros árboles en el campo, las misiones cuaresmales, los Via Crucis, los «autos sacramentales», etc. Muchas de estas prácticas perduran en algunos sitios. 

Para no quedarnos solo en los recuerdos, profundicemos en la compleja historia de este tiempo litúrgico, así como en su mensaje.

1. Los ayunos de preparación a la Pascua

Desde el siglo II tenemos testimonios de un ayuno de preparación a la Pascua, que se fue alargando, hasta constituirse una «Quadragésima». 

La primera referencia escrita a la Cuaresma es una carta de Atanasio de Alejandría, del 330. Poco después, san Jerónimo la atestigua en Roma; san Ambrosio, en Milán; y la beata Egeria, en Jerusalén. A finales del s. IV, era práctica universal. 

Al principio, solo se ayunaba los miércoles y viernes; pero la privación de alimentos se extendió pronto a toda la Cuaresma. 

Como los domingos no eran días penitenciales, para conservar los 40 días de ayuno real, se adelantó el inicio de la Cuaresma al miércoles anterior. 

Por su parte, los orientales, que tampoco ayunaban los sábados, establecieron ocho semanas para conservar los 40 días completos de penitencia. 

En Roma, quizás por influjo oriental, durante el siglo VI se añadió una semana a las seis tradicionales (que tomó el nombre de «Quincuagésima»). Más tarde se añadió otra (de «Sexagésima») y una tercera a principios del s. VII (de «Septuagésima»). 

Lo justificaban haciendo un paralelismo con los 70 años que los judíos pasaron en el destierro de Babilonia, antes de regresar a la Ciudad Santa (cf. Jr 25,12). Así, los cristianos deberían purificarse durante 70 días para poder participar de las alegrías de la Jerusalén celestial.

2. La Semana Santa jerosolimitana

A partir del s. IV cuando terminaron las persecuciones contra los cristianos), en Jerusalén comenzaron a tenerse celebraciones durante los días anteriores a la Pascua, recordando los acontecimientos decisivos del cristianismo en los mismos escenarios donde tuvieron lugar, siguiendo la distribución temporal de los evangelios. 

El sábado se visitaba el sepulcro de Lázaro, el domingo se tenía una procesión con ramos, el miércoles se hacía memoria de la traición de Judas, el jueves se tenía una vigilia nocturna en el huerto de los olivos, el viernes se veneraba la reliquia de la Cruz, el sábado pasaban la jornada orando los Salmos y leyendo textos de la Escritura. La noche del sábado al domingo celebraban la resurrección en la Vigilia Pascual.

Los peregrinos, al regresar a sus lugares de origen, establecieron las costumbres de Jerusalén.

3. El catecumenado

Durante la época de las persecuciones, los que se convertían eran inmediatamente bautizados e incorporados a la comunidad. Pronto surgió un tiempo de preparación. 

Después del edicto de libertad de Constantino, las conversiones fueron cada vez más numerosas, aunque algunas veces no eran sinceras, por lo que se estableció un catecumenado suficientemente largo, que clarificara las intenciones. 

Los candidatos, una vez aprobados, se preparaban con intensidad durante la Cuaresma para recibir el bautismo en la Vigilia Pascual. 

El domingo primero, se inscribían sus nombres en un libro especial. A partir de ese momento, eran llamados «iluminandos» y tenían catequesis diarias. 

La segunda semana se reservaba para las témporas. 

Los domingos tercero, cuarto y quinto tenían lugar los «escrutinios», acompañados de unciones prebautismales. A los candidatos se les explicaban el credo, el padre nuestro y los evangelios (en las llamadas «traditio» o «entregas»). Más tarde, tenían que devolverlos a la comunidad, recitando públicamente el credo, el padre nuestro y una fórmula de adhesión a los evangelios (las llamadas «redditio» o «devoluciones»). 

El Sábado Santo por la mañana, recibían la última unción y profesaban la fe. Esa misma noche eran bautizados. 

A partir del s. VI, los bautismos de adultos se hicieron cada vez más raros y se generalizaron los de niños, por lo que se modificó la organización prebautismal. Los exorcismos pasaron de tres a siete y de los domingos a días feriales, cambiándose el orden de los formularios y creándose otros nuevos.

4. La reconciliación de los penitentes

Los que se convertían recibían el perdón de sus pecados por medio del bautismo. 

Con el tiempo, se presentó el problema de los bautizados que cometían pecados graves (especialmente la idolatría, el homicidio y adulterio, pero también el robo, el falso testimonio, la embriaguez y otras faltas). 

Para ellos se estableció la «penitencia pública», que debían realizar durante el tiempo determinado por el obispo, vestidos de saco y con la cabeza cubierta de ceniza. 

Al inicio de la Cuaresma, el obispo los expulsaba ritualmente de la comunidad con esta fórmula del antiguo Pontifical Romano: «Hoy, a causa de vuestros pecados, vais a ser expulsados del seno de nuestra madre la Iglesia, lo mismo que Adán, el primer hombre, a causa de su trasgresión fue arrojado del Paraíso». 

Los cuarenta días observaban un ayuno severo, dormían en el suelo, no podían tener relaciones matrimoniales ni participar en actos sociales. 

Durante las celebraciones litúrgicas, permanecían en el atrio del templo, en actitud humilde, hasta el Jueves Santo por la mañana, en que eran reconciliados públicamente, en una ceremonia con numerosas lecturas, oraciones y postraciones. 

Al desaparecer la penitencia pública, desde el s. IX se comenzó a imponer la ceniza a todos los fieles que lo solicitaban, como gesto de piedad personal. Esta costumbre entró a formar parte de la liturgia universal en el s. XI.

5. Las estaciones cuaresmales en Roma

En la Urbe, al mismo tiempo que se iba ampliando el periodo de preparación para las fiestas pascuales, se fue creando una compleja liturgia estacional. 

Al principio, solo había asamblea los domingos. Más tarde, también los miércoles y viernes. En tiempos de san León Magno (s. V), se añadieron los lunes. Posteriormente, los martes y sábados. Finalmente, durante el pontificado de Gregorio II (s. VIII), también los jueves. 

Cada día se reunía la comunidad en una iglesia menor. Allí, el Papa pronunciaba una oración «colecta» y se partía en procesión, cantando las letanías de los Santos, hasta una iglesia titular, donde se celebraba la Eucaristía. 

Las misas estacionales comenzaban el Miércoles de Ceniza en la basílica de santa Sabina, en el Aventino, y terminaban el domingo «in Albis» en la basílica de san Pancracio, en el Gianicolo. Las oraciones y las lecturas de cada jornada hacían referencia a los santos y mártires relacionados con esos templos. 

Era una evocación espiritual de la Jerusalén terrena en Roma, que con signos externos quería ayudar a los fieles a hacer un camino interior de conversión para prepararse a entrar en la gloria de la Jerusalén celestial.

6. La piedad popular

Con el surgir de las lenguas romances, a medida que los fieles no entendían el latín ni las oraciones de la liturgia, se fueron desarrollando nuevas prácticas, como el Via Crucis, peregrinaciones, dramas sagrados y otros ejercicios que permitían expresar su fe a los fieles. 

Los que deseaban ayudarse para realizar obras de piedad y de misericordia en común se reunían en hermandades o cofradías. En su seno surgieron las procesiones de penitentes, que evolucionaron de maneras diversas en cada lugar. 

A partir del s. XVI se generalizó la costumbre de acompañar sus desfiles con imágenes de Cristo en su pasión. 

Las cofradías desarrollaron cultos específicos en honor de sus titulares (imágenes del Señor, de la Virgen y de los Santos) por medio de triduos, septenarios, novenas, etc. 

Con el tiempo, se organizó una compleja distribución de la Cuaresma, a partir de las devociones populares. Entre otras cosas, el viernes después de Ceniza se conmemoraba la Corona de Espinas, el viernes de témporas la lanza y los clavos, el de la semana II la sábana santa de Turín, el de la III las cinco llagas, el de la IV la Preciosísima sangre, el de Pasión los siete dolores de la Virgen.

7. Costumbres cuaresmales

Como signo de duelo, se suprimieron el Gloria, el Te Deum, el Aleluya y el Ite Missa est; se impuso el color morado en los ornamentos y el diácono no vestía dalmática, sino planeta. Tampoco se permitían los bautizos ni las bodas solemnes. 

En la Edad Media, el sábado anterior a Septuagésima se despedía el «aleluya» que, a veces, era presentado en las oraciones con características personales: «Quédate aún hoy con nosotros, aleluya. Mañana nos dejarás, aleluya. Al rayar el alba estarás en camino, aleluya», llegando a considerarla como una emanación divina: «Aleluya, tú sola tienes el principado y te bendicen los ángeles». El rito concluía con el entierro o quema de una tabla o de una muñeca con la palabra escrita.

Los «oficios de tinieblas» (maitines y laudes del Jueves, Viernes y Sábado Santos, rezados en las tardes de los días anteriores) adquirieron especial importancia en las catedrales y monasterios. 

El pueblo los vivía con intensidad, por sus elementos dramáticos (las quince velas del «tenebrario», que se apagaban progresivamente después del canto de cada salmo; el sonido de las carracas y tambores, después de la última lectura, para recordar el terremoto que siguió a la muerte del Señor) y porque precedían a las procesiones, en las que todos participaban. 

Desde la Edad Media, se comenzó a cubrir con velos las cruces e imágenes de las iglesias el Domingo de Pasión. La costumbre se generalizó en el siglo XVI y se hizo obligatoria en el siguiente. 

Como el tiempo de penitencia era muy largo, se instituyó el domingo de Laetare (el cuarto) para interrumpirlo momentáneamente, y se introdujeron en ese día los ritos relativos a la bendición de la «rosa de oro».

La Cuaresma se llegó a convertir en un tiempo con identidad propia, con una gran riqueza de lecturas y oraciones para cada día (Cosa que, sin embargo, no sucedía en los días feriales del tiempo pascual, en los que se repetían los textos del domingo anterior). 

Antes de comenzarla, se establecieron fiestas para despedir el consumo de carne y alcohol: los «carnavales» o «carnes tolendas», que a menudo evolucionaron hacia formas neopaganas (Como oposición a los carnavales surgió en el s. XVI la devoción de las Cuarenta Horas de exposición del Santísimo). 

Como conclusión de la misma, también se establecieron ritos populares para despedir la abstinencia (el «entierro de la sardina» y las tortas de Pascua, con huevos duros, por ejemplo).

8. Evolución de la Cuaresma

La liturgia prepascual terminó siendo el resultado de la unión de todos estos elementos, no siempre de forma armónica:

1. Los ritos relacionados con el catecumenado, que preparaba a los candidatos para la recepción del bautismo.

2. Los propios de la reconciliación de los penitentes, que disponía a los bautizados que habían pecado para recibir el perdón.

3. La generalización de algunas conmemoraciones historicistas propias de Jerusalén y de las celebraciones estacionales romanas.

4. Los desarrollados por la piedad de los fieles, al margen de la liturgia oficial, que no entendían y en la que muchos no participaban.

De esta manera, se rompió el primitivo esquema cuaresmal. La «Semana mayor» tomó el nombre de «Semana de Pasión». Desde el S. VII encontramos dos «Semanas de Pasión» (las antiguas quinta y sexta de Cuaresma). 

La hora de celebración de la Vigilia Pascual se fue adelantando, hasta pasarse en el s. XII a la mañana del sábado (llamado, con el tiempo, «Sábado de Gloria»). 

El Jueves Santo, junto a la misa de reconciliación de los penitentes se introdujeron otras dos: una para conmemorar la institución de la Eucaristía y otra para consagrar los óleos. Por último, se unificaron las tres en una sola. 

De esta manera, el Triduo Santo se desplazó del viernes, sábado y domingo iniciales, al jueves, viernes y sábado. 

Finalmente, se constituyó una Septuagésima de tres semanas, una Cuaresma de cuatro y un tiempo de Pasión de dos (Semana de Pasión y Semana Santa). 

Las tres etapas tenían varios elementos en común, como las vestiduras moradas y la eliminación de las partes festivas de la liturgia. Todo iba encaminado hacia la celebración del Viernes Santo, que se convirtió en el culmen del año litúrgico .

Entre 1951 y 1955, Pío XII realizó una primera reforma de la Semana Santa en el rito latino, reintroduciendo la Vigilia Pascual el sábado por la noche y trasladando a la tarde las celebraciones del jueves y viernes, por lo que los «oficios de tinieblas» pasaron a las mañanas de sus días naturales. 

La reforma litúrgica de 1969 simplificó las costumbres y reinstauró la Cuaresma original, que ahora comienza el Miércoles de Ceniza y termina el Jueves Santo, antes de la misa de la Cena del Señor.

Mañana, si Dios quiere, hablaremos del Miércoles de ceniza y el viernes de la actual distribución de las lecturas en las misas de Cuaresma.

No hay comentarios:

Publicar un comentario