Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 15 de febrero de 2024

El Espíritu empujó a Jesús al desierto (Mc 1,12)


Nos preparamos para celebrar el primer domingo de Cuaresma, en el que reflexionaremos sobre el retiro de Jesús en el desierto y las tentaciones.

El Espíritu Santo, que descendió sobre Jesús en el momento de su bautismo, a continuación lo empujó al desierto, al retiro, a la soledad, al silencio. 

Más tarde, movido siempre por el mismo Espíritu, Jesús se dedicó a la predicación y a realizar obras de misericordia con los enfermos y necesitados.

Cada uno de nosotros está llamado a dejarse iluminar por el Espíritu Santo, como Jesús, y a dejarse "empujar" por el Espíritu en estas dos dimensiones: la oración en soledad y las obras de misericordia. Ambas cosas son necesarias y complementarias.

2 comentarios:

  1. Gracias, padre Eduardo, por la atención prestada al paso de Jesús por el desierto. Su importancia no es menor a todo lo que vino después. Ahí radica, creo yo, el sustento que le permitió cumplir su destino como estaba previsto. La entrega a la vida y a los sinsabores de un mundo que culmina con la Cruz precisa de la fortaleza del retiro, del desierto, del silencio, del encuentro más íntimo... En nuestra sociedad contemporánea, tan alejada de estos hábitos, ojalá se recupere el valor de todo esto. Y ojalá los cristianos, siguiendo a Jesús, nos entreguemos de vez en cuando al retiro con el afán de fortalecer y renovar nuestras virtudes y nuestro corazón, de dejarnos iluminar, a fin de poder servir mejor la misión que cada cual está destinado a cumplir. Gracias de nuevo, padre Eduardo, por su exquisita sensibilidad, por orientarnos cada día en nuestro devenir cristiano.

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  2. Gracias Padre, por hacerme ver que el desierto es necesario para que te sientas reconfortado por el " empuje" del Espíritu, esa soledad que pase en mi vida en la que no podía ni respirar sin que me doliese el alma, era necesaria para no perder la perspectiva de que Cristo estaba junto a mi, sonriendo y esperando.

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