Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 25 de marzo de 2016

Vía Crucis de Gerardo Diego


Hoy es Viernes Santo. Día de reflexión y de silencio interior. En años pasados he dedicado varias entradas al argumento. Entre otras cosas, les he hablado de la "Historia y celebraciones del Viernes Santo", de "Las últimas horas de la vida mortal de Jesús" y les he propuesto una reflexión sobre nuestra presencia junto a la cruz de Jesús titulada "Yo estaba allí", así como el poema de Venancio Fortunato "¡Oh Cruz fiel, árbol único en nobleza!" y el de Gabriela Mistral "En esta tarde, Cristo del Calvario". [Pueden consultarlas haciendo un click con el botón izquierdo del ratón sobre los títulos].

Aquí les propongo el Vía Crucis de Gerardo Diego, escrito en 1924 y publicado por primera vez en 1931. Está escrito en "décimas": cinco para la "ofrenda" inicial a la Virgen y dos para cada una de las catorce estaciones. La primera siempre describe el acontecimiento y la segunda es una reflexión que pone en relación lo contemplado y la vida del orante. Es un texto precioso que puede acompañar nuestra oración en este día.

Ofrenda

Dame tu mano, María, / la de las tocas moradas. / Clávame tus siete espadas / en esta carne baldía. / Quiero ir contigo en la impía / tarde negra y amarilla. / Aquí en mi torpe mejilla / quiero ver si se retrata / esa lividez de plata, / esa lágrima que brilla.

Déjame que te restañe / ese llanto cristalino, / y a la vera del camino / permite que te acompañe. / Deja que en lágrimas bañe / la orla negra de tu manto / a los pies del árbol santo / donde tu fruto se mustia. / Capitana de la angustia: / no quiero que sufras tanto.

Qué lejos, Madre, la cuna / y tus gozos de Belén: / - No, mi Niño. No, no hay quien / de mis brazos te desuna. / Y rayos tibios de luna / entre las pajas de miel / le acariciaban la piel / sin despertarle. Qué larga / es la distancia y qué amarga / de Jesús muerto a Emmanuel.

¿Dónde está ya el mediodía / luminoso en que Gabriel / desde el marco del dintel / te saludó: -Ave, María? / Virgen ya de la agonía, / tu Hijo es el que cruza ahí. / Déjame hacer junto a ti / ese augusto itinerario. / Para ir al monte Calvario, / cítame en Getsemaní.

A ti, doncella graciosa, / hoy maestra de dolores, / playa de los pecadores, / nido en que el alma reposa. / A ti, ofrezco, pulcra rosa, / las jornadas de esta vía. / A ti, Madre, a quien quería / cumplir mi humilde promesa. / A ti, celestial princesa, /Virgen sagrada María.

Primera Estación

Jesús sentenciado a muerte. / No bastan sudor, desvelo, / cáliz, corona, flagelo, / todo un pueblo a escarnecerte. / Condenan tu cuerpo inerte, / manso Jesús de mi olvido, / a que, abierto y exprimido, / derrame toda su esencia. / Y a tan cobarde sentencia / prestas en silencio oído.

Y soy yo mismo quien dicto / esa sentencia villana. / De mis propios labios mana / ese negro veredicto. / Yo me declaro convicto. / Yo te negué con Simón. / Te vendí y te hice traición, / con Pilatos y con Judas. / Y aún mis culpas desanudas / y me brindas el perdón.

Segunda Estación

Jerusalén arde en fiestas. / Qué tremenda diversión / ver al Justo de Sión / cargar con la cruz a cuestas. / Sus espaldas curva, prestas / a tan sobrehumano exceso, / y, olvidándose del peso / que sobre su hombro gravita, / con caridad infinita / imprime en la cruz un beso.

Tú el suplicio y yo el regalo. / Yo la gloria y Tú la afrenta / abrazado a la violenta / carga de una cruz de palo. / Y así, sin un intervalo, / sin una pausa siquiera, / tal vivo mi vida entera / que por mí te has alistado / voluntario abanderado / de esa maciza bandera.

Tercera Estación

A tan bárbara congoja / y pesadumbre declinas, / y tus rodillas divinas / se hincan en la tierra roja. / Y no hay nadie que te acoja. / En vano un auxilio imploras. / Vibra en ráfagas sonoras / el látigo del blasfemo. / Y en un esfuerzo supremo / lentamente te incorporas.

Como el cordero que viera / Juan, el dulce evangelista, / así estás ante mi vista / tendido con tu bandera. / Tu mansedumbre a una fiera / venciera y humillaría. / Ya el Cordero se ofrecía / por el mundo y sus pecados. / Con mis pies atropellados / como a un estorbo le hería.

Cuarta Estación

Se ha abierto paso en las filas / una doliente Mujer. / Tu Madre te quiere ver / retratado en sus pupilas. / Lento, tu mirar destilas / y le hablas y la consuelas. / ¡Cómo se rasgan las telas / de ese doble corazón! / ¡Quién medirá la pasión / de esas dos almas gemelas!

¿Cuándo en el mundo se ha visto / tal escena de agonía? / Cristo llora por María. / María llora por Cristo. / ¿Y yo, firme, lo resisto? / ¿Mi alma ha de quedar ajena? / Nazareno, Nazarena, / dadme siquiera un poco / de esa doble pena loca, / que quiero penar mi pena.

Quinta Estación

Ya no es posible que siga / Jesús el arduo sendero. / Le rinde el plúmbeo madero. / Le acongoja la fatiga. / Mas la muchedumbre obliga / a que prosiga el cortejo. / Dure hasta el fin del festejo. / Y la muerte se detiene / ante Simón de Cirene, / que acude tardo y perplejo.

Pudiendo, Jesús, morir, / ¿por qué apoyo solicitas? / Sin duda es que necesitas / vivir aún para sufrir. / Yo también quise vivir, / vivir siempre, vivir fuerte. / Y grité: -Aléjate, muerte. / Ven Tú, Jesús cireneo. / Ayúdame, que en ti creo / y aún es tiempo de ofenderte.

Sexta Estación

Fluye sangre de tus sienes / hasta cegarte los ojos. / Cubierto de hilillos rojos / el morado rostro tienes. / Y al contemplar cómo vienes, / una mujer se atraviesa, / te enjuga el rostro y te besa. / La llamaban la Verónica. / Y exacta tu faz agónica / en el lienzo queda impresa.

Si a imagen y semejanza / tuya, Señor, nos hiciste, / ¡de tu imagen me reviste, / firme a olvido y a mudanza! / Será mayor mi confianza / si en mi alma dejas la huella / de tu boca que nos sella / blancas promesas de paz, / de tu dolorida faz, / de tu mirada de estrella.

Séptima Estación

Largo es el camino y lento, / y el Cireneo se rinde. / Él se ha trazado una linde / en su oscuro pensamiento. / Mientras disputa violento, / deja que la cruz se hunda, / total, maciza, profunda, / sobre aquel único hombro. / Y como un humano escombro / cae Jesús, por vez segunda.

¿Otra vez, Señor, en tierra, / abrazado a tu estandarte? / Ese insistente postrarte, / ¿qué oculto sentido encierra? / Mas ya te entiendo. En la guerra, / por ti luchando, transido, / caeré en tierra y malherido, / ¿y no he de alzarme ya más? / Yo sé que tú me darás / la mano, si te la pido.

Octava Estación

Qué vivo dolor aflige / a estas mujeres piadosas, / madres, hermanas, esposas, / sin culpa del «crucifige». / Jesús a ellas se dirige. / Sus palabras, oídlas bien: / -Hijas de Jerusalén, / llorad vuestro llanto, sí, / por vosotras, no por mí; / por vuestros hijos también.

Por nosotros mismos, cierto. / Pero ¿quién por ti no llora? / Haz que llore hora tras hora / por mí tibio y por ti yerto. / Riégame este estéril huerto. / Quiébrame esta torva frente. / Ábreme una vena ardiente / de dulce y amargo llanto, / y espanta de mí este espanto / de hallar cegada mi fuente.

Novena Estación

Ya caíste una, dos veces, / la rota túnica pisas / y aún entre mofas y risas / tendido a mis pies te ofreces. / Yo no sé a quién me pareces, / a quién me aludes así. / No sé qué haces junto a mí, / derribado con tu leño. / Yo no sé si ha sido un sueño / o si es verdad que te vi.

Y yo caigo una, dos, tres, / y otra vez más, y otra, y tantas. / Siempre tus espaldas santas / me sirvieron de pavés. / Ahora siento bien cuál es / la razón de tus caídas. / Sí, porque nuestras vencidas / almas no te tengan miedo / caes, oh humilde remedo, / y a abrazarte las convidas.

Décima Estación

Ya desnudan al que viste / a las rosas y a los lirios. / Martirio entre los martirios / y entre las tristezas triste. / Qué sonrojo te reviste, / cómo tu rostro demudas / ante aquellas manos crudas / que te arrancan los vestidos / de sangre y sudor teñidos / sobre tus carnes desnudas.

Bella lección de pudores / la que en este trance dictas, / tus candideces invictas / coloridas de rubores. / Tú, que has teñido las flores / de tintas tan sonrosadas, / que en las castas alboradas / las nubes vistes de oro, / ay, devuélveme el tesoro / de mis flores marchitadas.

Undécima Estación

Por fin en la cruz te acuestas. / Te abren una y otra mano, / y un pie y otro soberano, / y a todo, manso, te prestas. / Luego entre Dimas y Gestas, / desencajado por crueles / distensiones de cordeles, / te clavan crucificado / y te punzan el costado / y te refrescan las hieles.

Y que esto llegue es preciso / y así todo se consuma, / y, a la carga que te abruma, / el cuello inclinas sumiso. / -Conmigo en el paraíso / serás hoy- al buen ladrón / prometes. Tierna lección / la de tus palabras ciertas. / Toma mis manos abiertas. / Tomas mis pies: tuyos son.

Duodécima Estación

Al pie de la cruz María / llora con la Magdalena, / y aquel a quien en la Cena / sobre todos prefería. / Ya palmo a palmo se enfría / el dócil torso entreabierto. / Ya pende el cadáver yerto / como de la rama el fruto. / Cúbrete, cielo, de luto / porque ya la Vida ha muerto.

Profundo misterio. El Hijo / del Hombre, el que era la Luz / y la Vida muere en cruz, / en una cruz crucifijo. / Ya desde ahora te elijo / mi modelo en el estrecho / tránsito. Baja a mi lecho / el día que yo me muera, / y que mis manos de cera / te estrechen sobre mi pecho.

Penúltima Estación

He aquí helados, cristalinos / sobre el virginal regazo, / muertos ya para el abrazo, / aquellos miembros divinos. / Huyeron los asesinos. / Qué soledad sin colores. / Oh, Madre mía, no llores. / Cómo lloraba María. / La llaman desde aquel día / la Virgen de los Dolores.

¿Quién fue el escultor que pudo / dar morbidez al marfil? / ¿Quién apuró su buril / en el prodigio desnudo? / Yo, Madre mía, fui el rudo / artífice, fui el profano / que modelé con mi mano / ese triunfo de la muerte / sobre el cual tu piedad vierte / cálidas perlas en vano.


Última Estación

Fue José el primer varón / que a Jesús tomó en sus brazos, / y otro José en tiernos lazos / le estrecha de compasión. / Con grave, infinita unción / el sagrado cuerpo baja / y en un lienzo le amortaja. / Luego le da sepultura / y una piedra en la abertura / de la roca viva encaja.

Como póstuma jornada / de tu vía de amargura, / admiro en la sepultura / tu heroica carne sellada. / Señor, ya no queda nada / por hacer. Señor, permite / que humildemente te imite, / que contigo viva y muera, / y en luz no perecedera, / que como tú resucite.

1 comentario:

  1. CONMOVENTE ... !!!!!!!!!!!


    ¡¡¡ DIOS EN TODOS Y EN TODO DANDO A LUZ ...!!!!!!!!!


    LO ESTOY VIVIENDO A JESUCRISTO ... A ¡ EL AMOR ... EN

    FORMAS MUY DIVERSAS ... ! ¡ SERÍA MUY LARGO DE CONTAR

    ...! ¡ ERAN LAS TRES DE UNA MADRUGADA MISTERIOSA Y YO

    ESTABA VIVIENDO UNA PROCESIÓN MUY HONDA ... A TRAVÉS DEL

    CANAL ESPAÑOL ... LAS DISTANCIAS SIN DISTANCIAS ... TAMBIÉN HACE UNOS MINUTOS HE ESTADO VIVIENDO A JESÚS VIVO A TRAVÉS DE SANTA TERESA DE JESÚS Y DE SAN JUAN DE LA CRUZ ... !!!!!!!!!! ME SIENTO MUY CONMOVIDA ...

    CON MIS ORACIONES VIVIENDO TAMBIÉN A BACH ... A TRAVÉS D E SU MÚSICA SACRA ...!!!!!!!

    ¡¡¡OH DIOS MISERICORDIOSO ENGENDRANDO ... AMANDO ...!!!!!!!!


    ¡¡¡ GRACIAS ! ¡ PADRE SANZ DE MIGUEL TAMBIÉN ... GTRACIAS D E TODO CORAZÓN POR SUS ALIENTOS POR DOQUIER ... ! ¡ BELLÍSIMO TODO ...! ¡ AMÉN ...!!!!!!!!!!!!

    ALBA UNA CON BERNABÉ

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