Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 24 de febrero de 2013

La transfiguración

El primer domingo de Cuaresma se lee el evangelio de las tentaciones de Cristo en el desierto. Le sigue el domingo de la transfiguración. Esto recuerda a los cristianos que, si perseveran en su combate cuaresmal, podrán contemplar el rostro glorioso de Cristo.

La montaña. El evangelio sitúa la transfiguración en una «montaña alta», lo que la pone en relación con otros montes bíblicos, como el Sinaí, donde Dios hizo alianza con Moisés, y el Carmelo, donde la renovó con Elías. Ambos están presentes en el Tabor, para dar testimonio de Cristo, el mediador de la definitiva Alianza, que se sellará en el Calvario. San Jerónimo destaca que solo los que se esforzaron en subir al monte vieron a Jesús transfigurado. Así, los cristianos deben caminar con Cristo para contemplarle: «No se transfigura mientras está abajo: sube y entonces se transfigura. Incluso hoy en día está abajo para algunos, y arriba para otros. Los que están abajo tienen también abajo a Jesús, quien sigue la palabra de Dios y sube al monte, es decir, a lo excelso, para este Jesús se transfigura».

La nube simboliza la presencia de Dios. En el desierto, Dios se señalaba por medio de una nube que «descendía» sobre la tienda del encuentro, «cubriéndola» con su sombra (Ex 24,15-18). Esa misma nube es la que «descendió» sobre María y la «cubrió» con su sombra para fecundarla (Lc 1,35) y ahora «desciende» sobre Jesús y le «cubre» (Mc 9,7). Es significativo el uso de los mismos verbos en los tres textos.

Los testigos y la conversación. Los discípulos presentes (testigos del poder de Jesús) se encontrarán también en Getsemaní (testigos de su debilidad). Así podrán dar testimonio de la gloria del Siervo. Su miedo es el temor sagrado de quienes descubren la identidad de Jesús, al mismo tiempo Mesías y Siervo. En la transfiguración, vieron la gloria de Dios en la debilidad de Jesús; la divinidad en su humanidad; su salvación en el camino de la cruz.

De gran importancia es la presencia de Moisés y Elías. El primero se encuentra en los orígenes del judaísmo y el segundo era esperado al final de los tiempos, para preparar la llegada del Mesías. Representan «la Ley y los Profetas» (expresión común en la Sagrada Escritura para referirse a toda la Biblia) y dan un testimonio concorde: que Jesús cumple las esperanzas de Israel, que es el Profeta último que anuncia la Palabra de Dios.

San Lucas señala que Jesús, Moisés y Elías «hablaban de su muerte (en griego éxodos), que iba a consumar en Jerusalén» (Lc 9,31). En su diálogo con el Padre, con la Ley y los profetas, se confirma que Jesús es el siervo de YHWH, que debe pasar por la cruz para llegar a la gloria. Una vez más, asume la misión para la que ha venido al mundo y acepta la voluntad del Padre. Elías y Moisés se hacen presentes para indicar que las Sagradas Escrituras anuncian que Cristo debía sufrir y morir para entrar en su gloria.

Anticipo de la resurrección. Siguiendo a los Santos Padres, la liturgia ve en la transfiguración un anticipo de la resurrección: «Cristo, después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el resplandor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección» (Prefacio de la misa del día).

Si la transfiguración de Cristo es anticipo de la resurrección de su cuerpo mortal, también revela nuestro destino final, ya que es anuncio de la futura glorificación de su cuerpo místico.

La Iglesia quiere subir con Cristo al monte, aunque le cueste trabajo. En el momento oportuno, también ella será transfigurada y se manifestará «resplandeciente de gloria, como una piedra preciosa deslumbrante» (Ap 21,11). Pero antes tiene que estar dispuesta a pasar por el crisol de la humillación y de la cruz, como su Esposo. Si a veces Dios nos permite contemplar la gloria de Cristo, es para fortalecer nuestra esperanza y para animarnos en el camino hacia Jerusalén.

2 comentarios:

  1. Gracias padre Eduardo, por estas reflexiones y su insistencia en la necesidad de subir al monte.Me parece
    tan dura la subida que como los apostoles quiero quedarme en una tienda.
    Pido oraciones a todos y les doy las gracias. Betania

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  2. Os comparto este himno para este día, todavía es tiempo de peregrinación. En Cristo, y por el tránsito de la fe, ya ha estallado la gloria que desea quien espera. La Iglesia tiene su momento y mientras tanto aguarda llena de esperanza.

    Llega el Reino de Dios en ese rostro
    que es imagen impalpable de la Esencia,
    y de la ruta humana fatigosa
    el remate feliz, la paz perfecta.

    Viene la Parusía cuando brillas
    y el más allá se alcanza en tu presencia,
    que al tiempo eres origen y principio,
    Dios de Dios, Luz de Luz, Alfa y Omega.

    ¡Qué bien aquí, eternamente aquí,
    contigo que eres Dios y tienes tienda
    que hemos de hacer nosotros para ti,
    aquí para gozar tu gloria eterna!

    ¡Oh Luz anunciadora del secreto,
    oh Viviente inmortal que te revelas,
    oh deseado cuerpo de mi Dios!,
    Pedro, Santiago y Juan de ti destellan.

    A nadie lo digáis hasta el momento,
    dejad que el Hijo como siervo muera,
    y aguardad que ya llega, ya ha estallado
    la gloria que desea quien espera.
    Un saludo a todos. Conchita

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