Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 25 de junio de 2026

EL ABRAZO QUE SOSTIENE LA CREACIÓN


«Y yo, cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). He generado esta imagen con IA a partir de una pintura que se conserva en el convento carmelitano de Caracas, en Venezuela, pensando en todos los hermanos que sufren allí y en el mundo entero.

Esta no pretende ser simplemente una representación de Cristo en la cruz; sino una revelación del amor de Dios hecho abrazo.

En el centro del universo se alza la cruz, recuerdo perenne de todas las injusticias, de todos los sufrimientos. Pero no aparece como un signo de derrota, sino como el árbol de la vida plantado entre el cielo y la tierra. Sobre ella descansa el Hijo de Dios, que no quiere rechazar ni juzgar, sino acoger. En sus brazos, estrechado contra su pecho, aparece el mundo entero.

La tierra reposa sobre el Corazón de Cristo. ¡Qué misterio tan grande! El mundo que tantas veces se aleja de Dios, que se hiere a sí mismo con guerras, injusticias y egoísmos, sigue siendo abrazado por aquel que lo creó. Cristo no sostiene el mundo con la fuerza de un emperador, sino con la ternura de un amante. No lo aprisiona; lo protege. No lo domina; lo ama.

Sus manos llevan las señales de los clavos. Son manos heridas que continúan abrazando. Las llagas no han desaparecido después de la resurrección; se han convertido en ventanas abiertas por donde se derrama la misericordia. Cada herida proclama que no existe sufrimiento humano que no haya sido tocado por el amor de Dios.

A los pies de la cruz aparece Jerusalén, ciudad de promesas y esperanzas, ciudad de lágrimas y de gloria. Allí Dios quiso encontrarse con la humanidad. Allí el Verbo se entregó hasta el extremo. 

Pero la Jerusalén de la imagen es también símbolo de nuestras ciudades, de nuestras comunidades, de nuestras familias y de nuestra propia alma. Todo queda recogido bajo la sombra fecunda de la cruz.

Sobre la escena brillan el sol y la luna. Son los dos grandes testigos del tiempo. El día y la noche contemplan en silencio el misterio del Amor crucificado. La creación entera parece detenerse para mirar a aquel por quien todo fue hecho y en quien todo encuentra su consistencia.

San Pablo escribió que toda la creación gime con dolores de parto, esperando ser liberada (cf. Rom 8,22)
. En esta imagen parece que escuchamos ese gemido transformarse en oración. La tierra ya no está sola. Descansa sobre el pecho del Redentor. El universo ya no gira alrededor del poder ni de la fuerza, sino alrededor de un corazón traspasado.

También nosotros estamos dentro de ese abrazo. Nuestras alegrías y heridas, nuestras búsquedas y cansancios, nuestras fidelidades y nuestras caídas forman parte de ese pequeño mundo que Cristo sostiene contra sí. A veces pensamos que debemos alcanzar a Dios por nuestras propias fuerzas; sin embargo, el Evangelio nos revela algo más consolador: antes de que nosotros lo buscáramos, él ya nos había abrazado.

Por eso, la cruz no es únicamente memoria de un sacrificio pasado. Es la expresión permanente de un amor presente. Cristo sigue sosteniendo el mundo. Sigue cargando nuestras noches. Sigue abrazando la fragilidad humana con una paciencia infinita.

Ante esta imagen recuerdo las palabras de san Juan de la Cruz: «Al atardecer seremos examinados en el amor». No en los éxitos acumulados ni en los reconocimientos recibidos, sino en la capacidad de haber acogido y transmitido el amor que brota de la cruz.

Entonces comprendemos que el secreto del universo no es una ley física ni una fuerza impersonal. El secreto último de la creación es este abrazo silencioso del Crucificado, que sostiene el mundo contra su corazón y le susurra eternamente: «Te amo con todo mi ser y jamás dejaré de amarte». E.S.M.

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