Una de las imágenes fundamentales del pensamiento de san Juan de la Cruz es EL CAMINO. Se trata de un símbolo universal, presente en todas las culturas y épocas, que expresa la vida humana como un proceso dinámico de crecimiento, búsqueda y transformación. Para el santo carmelita, la existencia no es una realidad estática, sino una peregrinación orientada hacia una meta: la unión con Dios y la plena realización de la persona.
Desde las antiguas epopeyas, como el Poema de Gilgamesh o la Odisea de Homero, hasta obras como la Divina comedia de Dante o las Coplas de Jorge Manrique, el viaje aparece como una metáfora de la búsqueda de sentido y de la maduración humana. La tradición bíblica refuerza esta perspectiva al presentar la historia de Israel como un camino hacia la Tierra Prometida y la vida creyente como una peregrinación hacia la patria definitiva.
Sobre este trasfondo se comprende mejor la enseñanza de san Juan de la Cruz. En sus escritos, el camino es una imagen constante. La vida espiritual se presenta como una marcha hacia la cima del monte, la bodega interior o el encuentro con el Amado. No es casual que una de sus obras principales se titule «Subida al Monte Carmelo». El santo describe este recorrido mediante numerosos verbos de movimiento: salir, entrar, subir, buscar, seguir o caminar. La fe guía el camino y el amor impulsa cada paso.
El itinerario espiritual es, ante todo, UN VIAJE HACIA LA LIBERTAD. Según san Juan, la verdadera esclavitud consiste en quedar sometidos a los apetitos, deseos desordenados y apegos que impiden amar plenamente. Por eso, el camino exige una purificación progresiva. No se trata de rechazar el mundo ni las cosas creadas, sino de aprender a relacionarse con ellas con libertad, sin convertirlas en fines absolutos. Las criaturas pueden conducir a Dios o apartar de él, según el lugar que ocupen en el corazón.
El primer movimiento de este proceso es «SALIR»: salir de los apegos, de la autosuficiencia y del egoísmo. Esta salida implica un uso recto de los bienes y una apertura al amor verdadero.
Este salir va unido a un segundo movimiento inseparable: «ENTRAR». Entrar significa recogerse en el interior, donde Dios habita escondido en el alma. Solo quien se libera de la dispersión exterior puede descubrir la presencia del Amado en lo más profundo de sí mismo.
Así, salir y entrar constituyen las dos dimensiones fundamentales del camino espiritual. El alma se desapega de todo lo que la esclaviza y se adentra en su propio centro para encontrar allí a Dios. En definitiva, san Juan de la Cruz presenta la vida cristiana como una aventura de amor y libertad, guiada por la fe y orientada hacia la plenitud. Su propuesta no es una evasión del mundo, sino una transformación profunda de la existencia que permite vivir ya, anticipadamente, la comunión con Dios que será perfecta al final del camino.
Resumen de las páginas 249-260 de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, «Luz en la noche del alma. Vida y legado de san Juan de la Cruz». Grupo editorial Fonte, Burgos 2025.

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