El evangelio que se lee hoy en misa (Mateo 25,31-46) nos sitúa ante la escena solemne del juicio final. El Hijo del hombre aparece en su gloria, rodeado de ángeles, sentado en el trono. El criterio del juicio es muy concreto. No se nos pregunta por grandes empresas, sino por el amor hecho obras concretas: dar de comer, de beber, acoger, vestir, visitar.
En el centro resuena una promesa luminosa: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo». Antes de que existiera el mundo, ya existía un proyecto de amor. Hemos sido pensados para la comunión, para participar de la vida misma de Dios. La liturgia nos recuerda que nuestra historia no camina hacia el vacío, sino hacia una bendición eterna.
Sin embargo, el reino de Dios no se impone. Él respeta nuestra libertad. El drama no está en que Dios excluya a nadie, sino en que el corazón humano puede cerrarse a su ofrecimiento. El juicio revela la verdad de nuestra vida: si hemos aprendido a reconocer a Cristo en «los más pequeños», o si hemos pasado de largo. El Señor se identifica misteriosamente con el hambriento, el enfermo, el preso, el extranjero. Amar al hermano es amar a Cristo; ignorarlo es ignorarlo a él.
A veces, uno se cansa de intentar ser bueno, de luchar contra el egoísmo, de perseverar en la caridad cotidiana. Pero este evangelio nos invita a levantar la mirada: cada gesto de compasión tiene un peso eterno. Nada se pierde. Todo acto de misericordia nos abre las puertas del reino.
Como escribió San Juan de la Cruz: «A la tarde te examinarán en el amor». Que el Señor nos conceda no olvidar que el amor concreto es la medida de nuestra eternidad. Amén.

Muchas gracias!
ResponderEliminarAmén 😇🩶
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