Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 12 de febrero de 2026

SER CRISTIANOS HOY, A LA LUZ DE LA ESPIRITUALIDAD CARMELITA


Ser cristianos hoy, a la luz de la espiritualidad carmelita, no significa tenerlo todo claro, ni vivir instalados en seguridades. Al contrario: asumimos que el nuestro es un tiempo de confusión, incertidumbre y cansancio. Si somos sinceros, reconocemos que muchas veces caminamos desorientados, con más preguntas que respuestas. Justo ahí, en esa intemperie, se nos plantea lo esencial: ¿qué significa creer y orar hoy, en nuestra fragilidad real?

La tradición del Carmelo no responde con definiciones abstractas, sino con biografías atravesadas por la prueba. Sus páginas más luminosas están escritas con tinta de precariedad.

En el invierno de 1577, Juan de la Cruz es encerrado en una celda mínima, oscura y helada en Toledo. Todo es noche exterior e interior. Pero no se instala en la queja ni endurece el corazón. Acepta descender a esa oscuridad sin huir de sí mismo ni de Dios. Y allí, donde humanamente solo hay fracaso, brota una experiencia de amor tan honda que se convierte en poesía que atraviesa los siglos. La noche no desaparece, pero se llena de una presencia amorosa, que le permite mirar la realidad con ojos transfigurados.

Poco después, Teresa de Jesús, enferma y agotada, sin gusto ni impulso para escribir, comienza a redactar "Las Moradas". Asumiendo su propia debilidad, traza un camino que va desde la oración más sencilla hasta la unión transformante con Dios. No escribe desde la teoría, sino desde una vida probada, donde la gracia actúa en medio de ruidos, resistencias e incomprensiones.

Tres siglos más tarde, Teresa del Niño Jesús, consumida por la enfermedad, sumergida en una noche de la fe y con tensiones en su comunidad, no busca salidas extraordinarias. Descubre su “caminito”: confianza, pequeñez, abandono en el Amor. Su grandeza consiste en aceptar ser pequeña ante Dios.

Ayer como hoy, la gran tentación es imaginar otra vida: otros tiempos, otras condiciones, otra comunidad, otra salud, otro carácter. Posponer la entrega “para cuando todo esté en orden”. Pero la vida espiritual no comienza cuando cesa la tormenta, sino cuando dejamos de huir de nuestra verdad. No aceptar la propia pobreza es, en el fondo, no aceptar la mirada amorosa de Dios sobre nosotros.

Ser cristianos hoy no es esperar circunstancias ideales, sino consentir que el Espíritu actúe en lo que somos y vivimos ahora. En esta barca sacudida por el viento, entre tareas, preocupaciones y cansancios, sigue ardiendo la llama viva del amor. La fe en Cristo no nos saca de la fragilidad: la transforma en lugar de encuentro, en espacio donde Dios se nos manifiesta.

Señor Jesús, que nos sales al encuentro en la noche, enséñanos a no huir de nuestra pobreza. Danos un corazón sencillo para reconocerte en lo pequeño, paciencia en la confusión y confianza en el cansancio. Que, en medio de lo que vivimos hoy, tu Espíritu encienda en nosotros la llama de tu amor y nos conceda perseverar en tu amistad. Amén.

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