Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 18 de febrero de 2026

CUARESMA: CAMINAMOS HACIA LA PASCUA


Para un católico, el Miércoles de Ceniza no es solo una fecha en el calendario, sino un movimiento del alma. La Iglesia nos introduce, con maternal sabiduría, en estos cuarenta días de desierto para aprender lo que verdaderamente hemos de desear: a Dios, su amistad, la vida verdadera.

La Cuaresma es tiempo de “andar en verdad”, que es como santa Teresa de Jesús definía la humildad. Ante la luz del Señor, caen nuestras excusas y se revelan nuestras pobrezas. Pero no para humillarnos, sino para curarnos. En el Carmelo hemos aprendido que el conocimiento propio no conduce a la tristeza, sino a la humildad confiada. Cuando me descubro frágil, inconstante, herido, no todo está perdido: ahí mismo comienza la obra de Dios.

La Pascua hacia la que caminamos es la celebración del amor de Cristo, más fuerte que el pecado y que la muerte. Y ese amor no es una idea: es una presencia que llama. Llama a la puerta del corazón, como mendigo de amor. No irrumpe con violencia, no obliga. Espera. ¡Cuánta paciencia tiene Dios con nosotros! Como decía santa Teresa de Jesús, él no se cansa de perdonarnos; no nos cansemos nosotros de recibir su perdón.

San Juan de la Cruz nos recuerda que, aun en la noche más oscura, Dios está obrando secretamente en el alma. Tal vez sentimos sequedad, rutina, dispersión. Tal vez la historia del mundo nos pesa y la nuestra propia nos duele. Pero la Cuaresma proclama que no todo está decidido por el mal. Hay una gracia que actúa en lo escondido, como semilla bajo la tierra, más fuerte que el pecado y que la muerte.

En este tiempo, la Iglesia nos invita a la conversión. Convertirse es volver el rostro hacia aquel que ya nos está mirando con ternura. Es abrir la puerta, aunque sea apenas un resquicio, para que él entre. Es decir: “Señor, aquí estoy, pobre, pero tuyo”. Así comienza la Pascua en lo íntimo: el paso de la desconfianza a la fe, del miedo a la esperanza, de la tristeza al gozo.

Quizá esta Cuaresma no podamos hacer grandes cosas. Pero sí podemos dedicar un rato de silencio al Señor, pedir perdón con humildad, ofrecer un pequeño sacrificio por amor. Dios se contenta con poco cuando lo hacemos de corazón.

Que, como santa Teresa, al final del camino podamos repetir, con gratitud asombrada: “Bendito sea el Señor, que tanto me esperó”. Entonces la Pascua no será solo una fiesta litúrgica, sino nuestro definitivo en Dios.

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