La relación de santa Teresa de Jesús con la mujer samaritana del evangelio de Juan marcó profundamente su vida espiritual. Desde niña, Teresa quedó cautivada por este episodio bíblico. En el monasterio de la Encarnación de Ávila se conserva un cuadro que representa a la samaritana, procedente de la casa de su padre, ante el cual la joven Teresa pasaba largos momentos de contemplación. Esta imagen dejó una huella indeleble en su formación espiritual.
Para Teresa, la samaritana no es simplemente una figura histórica, sino el arquetipo del alma humana, que busca saciar su sed en lugares equivocados. En el "Camino de perfección", reflexiona sobre esta búsqueda errante: "¡Oh válame Dios, Señor mío, cómo se parece esto a lo que pasa en el mundo! [...] Andamos buscando contentos en criaturas, que es como buscar agua en cisterna que no tiene agua".
La mujer de Samaria había tenido cinco maridos y vivía con un hombre que no era su esposo, intentando llenar su vacío existencial en relaciones humanas. Teresa identifica esta situación con la condición general del ser humano.
El diálogo entre Jesús y la samaritana gira en torno al agua viva que Cristo ofrece. Esta imagen se convierte en una metáfora central en la obra teresiana, especialmente en su doctrina sobre los grados de oración. En el "Libro de la Vida" (capítulos 11-22), desarrolla la alegoría de las cuatro maneras de regar un huerto, inspirada directamente en el agua viva prometida a la samaritana: desde sacar agua de un pozo con gran trabajo, pasando por la noria y el río, hasta la lluvia que riega sin esfuerzo nuestro. Esta progresión refleja el itinerario espiritual que la misma samaritana experimentó.
Para santa Teresa, lo más significativo del episodio es la transformación radical que produce el encuentro con Cristo. La mujer llega al pozo a mediodía, posiblemente para evitar a otras mujeres que la juzgaban, y sale convertida en la primera evangelizadora de su pueblo. Teresa ve en este cambio el paradigma de su propia conversión. En el "Libro de la Vida", describe su propio "pozo" de vanidades: "Comencé de pasatiempo en pasatiempo, y de vanidad en vanidad, y de ocasión en ocasión, a meterme tanto en muy grandes ocasiones".
El encuentro personal con Cristo es lo que cambia todo. Teresa insiste en la importancia de este trato íntimo: "No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama". La samaritana pide: "Señor, dame de esa agua para que no tenga más sed". Teresa entiende profundamente esta sed del alma que solo Dios puede saciar.
La transformación culmina cuando la samaritana deja su cántaro (símbolo de su vida anterior) y corre a anunciar a Cristo. Teresa vive esta misma dinámica cuando funda sus conventos: "Paréceme que me abrasaba con deseos de aprovechar algunas almas".
Teresa desarrolla además una hermosa inversión mística: el pozo no está solo fuera, sino dentro de cada alma. En el "Castillo interior", describe el alma como un castillo con muchas moradas, y en su centro está Dios mismo, como un pozo inagotable desde donde mana la gracia.
El mensaje es de esperanza universal: el encuentro con Cristo puede transformar radicalmente cualquier vida, por perdida que parezca. Por eso, escribe Teresa: "Nunca desconfiéis de la misericordia de Dios".
El cuadro que la niña Teresa contemplaba sigue interpelándonos: ¿dónde buscamos saciar nuestra sed? ¿Estamos dispuestos a recibir el agua viva?

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