Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 22 de junio de 2026

ORACIÓN DEL BUEN HUMOR, de santo Tomás Moro


Cada 22 de junio la Iglesia celebra la memoria de santo Tomás Moro, uno de los grandes testigos de la libertad de conciencia en la historia del cristianismo. Nacido en Londres en 1478, fue una de las figuras más brillantes del humanismo renacentista. Cultivó con igual excelencia las letras y el derecho, la política y la teología. Fue poeta, escritor, traductor, jurista, juez, diplomático y, finalmente, canciller del reino de Inglaterra al servicio del rey Enrique VIII.

A pesar de su intensa actividad pública, Tomás Moro fue, ante todo, un hombre de profunda fe. Casado y padre de familia, supo armonizar sus responsabilidades civiles con una vida cristiana sólida, alimentada por la oración, el estudio y la práctica de las virtudes. Su prestigio intelectual y moral era reconocido dentro y fuera de Inglaterra.

La gran prueba de su vida llegó cuando el rey Enrique VIII decidió romper con Roma para proclamarse cabeza suprema de la Iglesia en Inglaterra. Santo Tomás Moro comprendió que aceptar aquella decisión significaba traicionar sus convicciones más profundas y romper la comunión con la Iglesia católica. Por ello renunció a sus cargos y aceptó las consecuencias de su fidelidad.

Fue encarcelado en la Torre de Londres y sometido a un proceso injusto. Durante el juicio se le ofreció el perdón si renunciaba a sus principios, pero prefirió permanecer fiel a su conciencia antes que conservar honores, riquezas o incluso la propia vida. Condenado a muerte, fue ejecutado el 6 de julio de 1535.

Su fortaleza espiritual estuvo acompañada siempre por un extraordinario sentido del humor. Incluso en los momentos previos a la ejecución conservó aquella serenidad alegre que nacía de su confianza en Dios. Sus últimas palabras han quedado grabadas en la memoria de los cristianos de todos los tiempos: «Muero siendo el buen servidor del rey, pero de Dios primero».

Entre los textos que escribió, ninguno ha alcanzado tanta difusión como la oración que sigue. En ella se refleja un cristianismo lleno de humanidad, equilibrio y sabiduría. No pide privilegios extraordinarios ni experiencias espectaculares, sino la gracia de vivir con salud, serenidad, buen humor y capacidad para relativizar el propio ego. Es una plegaria sencilla y profunda que sigue conservando toda su actualidad:

«Concédeme, Señor, una buena digestión,
y también algo que digerir.

Concédeme la salud del cuerpo,
con el buen humor necesario para mantenerla.

Dame, Señor, un alma santa,
que sepa aprovechar lo que es bueno y puro,
para que no se asuste ante el pecado,
sino que encuentre el modo
de poner las cosas de nuevo en orden.

Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento,
las murmuraciones, los suspiros y los lamentos
y no permitas que sufra excesivamente
por ese ser tan dominante que se llama: YO.

Dame, Señor, el sentido del humor.
Concédeme la gracia de comprender las bromas,
para que conozca en la vida un poco de alegría
y pueda comunicársela a los demás. Amén».

1 comentario:

  1. " Tristeza y melancolia no las quiero en casa mía". Palabras ke han remendado corazones 😍

    ResponderEliminar