Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 7 de junio de 2017

La revelación de Dios en el Antiguo Testamento


La Biblia no se esfuerza en demostrar la existencia de Dios ni en definirle. Para Israel, Dios es un hecho evidente. No se especula sobre él, sino que se narran sus intervenciones en la historia del pueblo que, de manera lenta y progresiva, profundizó en su misterio. Dios se ha revelado en los acontecimientos; por eso, la Biblia es, ante todo, «historia de salvación». 

Los nombres con los que la Escritura habla de Dios, más que describir su naturaleza, reflejan su manera de actuar. En concreto, el nombre Elohim (plural de El) indica el poder absoluto de Dios frente a los demás dioses, que son solo apariencia, y el nombre Yahvé sirve para presentar a Dios como origen de toda existencia, dador de vida.

Los descendientes de Abrahán comenzaron dando un culto preferencial al Dios que se reveló a su padre. Posteriormente le dieron culto en exclusiva, para terminar afirmando claramente el monoteísmo. 

Los profetas insistieron en que los dioses de los otros pueblos y sus representaciones escultóricas son invenciones humanas, impotentes e ineficaces, mientras que Yahvé está más allá de lo que conocemos y podemos pensar. De ahí la prohibición de toda imagen suya e incluso el uso de su Nombre en vano (Ex 20,4-7). 

No se puede ver a Dios y quedar con vida (Ex 19,12ss). Es totalmente trascendente y habita en una región pura, incontaminada, adonde no puede llegar el lastre de lo profano o de lo impuro (Is 6). Incluso el símbolo de su presencia en el templo es un espacio vacío en el Santo de los Santos.

Sin embargo, por pura misericordia suya, sale al encuentro de algunas personas para hacer con ellos una alianza, que ha de ir extendiéndose hasta convertirse en bendición para todos los pueblos (Gén 12,1-3). Habla con los hombres y les envía sus mensajeros para que conozcan su voluntad, les revela su amor y su ternura para los que le son fieles, así como su justicia, que exige de los seres humanos un comportamiento ético. 

Los profetas dicen que todas sus obras son preparación, anticipo y promesa de una intervención suya definitiva, que culminará en el triunfo sobre todos sus enemigos y en la instauración de su reino por medio del mesías. Por eso hablan de una nueva Jerusalén, un nuevo David, una nueva alianza, nuevos cielos y nueva tierra, nueva creación... que irán acompañados por la revelación perfecta de Dios y el establecimiento de unas relaciones de intimidad con los hombres (Ez 36,24ss). 

Este es el Dios en el que cree Jesús y de él habló siempre, aunque con sus matizaciones personales.

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