Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 23 de mayo de 2012

Pentecostés

El domingo próximo, si Dios nos lo concede, celebraremos la fiesta de Pentecostés (palabra griega que significa "cincuenta días"). Efectivamente, ya han pasado cincuenta días desde el domingo de Pascua de resurrección. Con esta fiesta confesamos que la resurrección de Cristo no es algo que solo le afectó a él, sino que también nos afecta a nosotros: por medio del Espíritu Santo, Cristo continúa su obra de salvación en el mundo y nos capacita para vivir como verdaderos hijos de Dios.

El origen de la fiesta es hebreo. Los judíos celebraban el don de la Ley de Dios en el Sinaí (simplificando mucho, los diez mandamientos) a los cincuenta días de la Pascua (el recuerdo anual de la liberación de la esclavitud, de la salida de Egipto).

Un día de Pentecostés, mientras los primeros cristianos se encontraban reunidos en oración con María, la Madre de Jesús, el Espíritu Santo descendió sobre ellos y los transformó radicalmente. Los que habían sido cobardes se hicieron valientes, los que habían dudado vieron fortalecida su fe, los que habían sido egoistas se volvieron generosos. Desde entonces, Pentecostés adquirió un significado nuevo.

Ese día dio inicio la historia de la Iglesia, llamada a continuar la obra salvadora de Cristo sobre la tierra, por medio de la predicación del evangelio y de la celebración de los sacramentos, principalmente.

Pero Pentecostés no es una historia del pasado. Jesucristo sigue enviando su Espíritu desde el Padre a todos los que se disponen con fe para recibirlo. El Espíritu sigue actuando en tantas personas que, en diversos lugares del mundo, se dejan iluminar por él y secundan sus inspiraciones. Dejémonos guiar por él, vivamos abiertos a su gracia. ¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!

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