EL TIEMPO DE LA PROMESA. El evangelio según san Mateo concluye con esta afirmación de Jesús: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». Esta expresión remite a otros pasajes del mismo evangelio donde aparece la idea del “fin del mundo”, entendido como la consumación definitiva de la historia, que coincide con la venida gloriosa del Señor. Así ocurre, por ejemplo, en el discurso escatológico y en las parábolas de la cizaña mezclada con el trigo y de la red que recoge peces buenos y malos.
Ambas parábolas subrayan una característica esencial del tiempo presente: la convivencia del bien y del mal. El trigo crece junto a la cizaña, y la red recoge peces de toda clase. Esta mezcla no puede ser eliminada por el ser humano; solo al final de los tiempos tendrá lugar la separación definitiva. Por tanto, el “tiempo de la promesa” es el tiempo histórico en el que vivimos, marcado por la ambigüedad, la lucha y la imperfección. No es aún el tiempo de la plenitud, sino el del crecimiento y la esperanza. La promesa de Jesús se sitúa precisamente en este contexto: abarca “todos los días” de este proceso, hasta su culminación definitiva.
EL CONTENIDO DE LA PROMESA. El núcleo de la promesa es la presencia misma de Jesús: «Yo estoy con vosotros». No se trata de una presencia futura o condicionada, sino actual y constante. Jesús no promete estar entre nosotros cuando el mundo haya alcanzado su perfección o cuando los discípulos hayan logrado una conversión plena, sino en la realidad concreta, con sus luces y sombras.
Esta afirmación enlaza con toda la historia de la salvación. Desde el Antiguo Testamento, Dios se revela como el que está con su pueblo: con Moisés, con Josué, con Israel. La fórmula «yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo» resume esta relación de cercanía y fidelidad.
El evangelio de Mateo está estructurado precisamente sobre esta idea. Al inicio aparece la profecía del Emmanuel, “Dios con nosotros”, y al final se reafirma esa misma verdad en boca de Jesús. Esta inclusión literaria da unidad a toda la obra: Jesús es la presencia definitiva de Dios en medio de la humanidad, desde la encarnación hasta el fin de los tiempos. Aunque su presencia no siempre sea perceptible, permanece real y eficaz en toda circunstancia.
LOS DESTINATARIOS DE LA PROMESA. La promesa está dirigida a un “vosotros” muy concreto: los discípulos enviados a continuar la misión de Jesús. No es una afirmación genérica, sino vinculada al mandato misionero: hacer discípulos, bautizar y enseñar a cumplir lo que él ha mandado. La presencia de Jesús se realiza de modo particular en la comunidad que escucha su palabra, la anuncia y la vive.
Es importante destacar que Jesús no habla solo de enseñar, sino de “enseñar a guardar”, es decir, a practicar. La fidelidad al evangelio no consiste únicamente en transmitir doctrinas, sino en vivirlas. La referencia a la casa construida sobre roca subraya que la verdadera solidez proviene de poner en práctica la palabra escuchada.
Sin embargo, esta exigencia supera las fuerzas humanas. El ideal evangélico no puede alcanzarse solo con el esfuerzo propio. Por eso, la misión se apoya en la autoridad y el poder de Jesús, que acompaña a sus discípulos. Su presencia, que se manifiesta especialmente en la evangelización y en los sacramentos, hace posible lo que humanamente sería inalcanzable. Así, la promesa no solo consuela, sino que capacita: lo imposible para el hombre se hace posible con Dios.
Resumen de las páginas 183-187 de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, "La Semana Santa según la Biblia". Editorial Monte Carmelo, Burgos, 2017. ISBN: 978-84-8353-819-7.

Cierto que la Ascención nos llena de asombro pero nos prepara para creer en Pentecostés.
ResponderEliminarEn Dios todo es posible.
Compartamos los cristianos el hecho gozoso de la celebración
ese día 🌞✨