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jueves, 20 de abril de 2017

El cálculo de la fecha de la Pascua cristiana en la historia


Al principio, los cristianos solo tenían una celebración litúrgica: el domingo. En la eucaristía vivían el encuentro con Cristo resucitado y hacían memoria de toda su obra de salvación, en la espera de su venida gloriosa al final de los tiempos (cf. 1Cor 11,26).

Pronto se añadió la costumbre de ayunar los miércoles (en memoria de la traición de Judas) y los viernes (recordando la muerte del Señor), dando origen a un principio de ciclo litúrgico semanal en torno a la memoria de Cristo, el esposo «quitado» a los fieles en su pasión (cf. Mt 9,15) y «reencontrado» por ellos en su resurrección. 

No es fácil determinar la fecha en que la Iglesia comenzó a tener una celebración anual de la Pascua del Señor, aunque debió ser muy pronto. 

Los primeros testimonios escritos son del siglo II, pero algunos la retrasan a los orígenes del cristianismo. De hecho, en la Epistula apostolorum se recoge un diálogo en que los apóstoles preguntan al Señor si deben seguir celebrando la Pascua después de su muerte, a lo que él responde que sí. Podría ser la respuesta del autor a una polémica sobre la legitimidad de una Pascua cristiana. 

Parece que los judeocristianos de Jerusalén la celebraron desde el principio cada catorce de Nisán, en continuidad con la Pascua de Israel, implantándola en las comunidades donde se establecieron tras la destrucción de la Ciudad Santa el 70 d.C., dando origen a la tradición «cuatordecimana».

Además de la Epistula, se conservan otros textos del siglo II que hacen referencia a la Pascua: la homilía Peri Pascha, de Melitón de Sardes, la homilía In sanctum Pascha, de un anónimo cuatordecimano (atribuida al Pseudo Hipólito), otros fragmentos de Melitón y de su contemporáneo Apolinar de Gerápolis, así como una breve homilía del Pseudo Epifanio, muy influenciada por Melitón. 

Todos ellos ofrecen interesantes noticias sobre la manera de celebrarla (ayuno de preparación y vigilia nocturna con lectura de la narración sobre el sacrificio del cordero pascual (Éx 12), que terminaba con la celebración de la eucaristía) y sobre sus contenidos teológicos (participación sacramental de los cristianos en la pasión salvadora de Cristo, que lleva a plenitud la creación y la historia de la salvación, en la espera de su retorno glorioso). 

Pronto se planteó un problema sobre el día exacto en que debía celebrarse la Pascua. 

El año 195, el obispo Polícrates de Éfeso se dirigió al papa Víctor para dirimir la cuestión. Él afirmaba que las comunidades de Asia menor, desde época apostólica, terminaban los ayunos de preparación con la primera luna llena de primavera, el 15 de Nisán, independientemente del día de la semana en que cayera. La tarde anterior celebraban la Pascua cristiana, que coincidía con la «Pesaj» judía. 

En el resto de las Iglesias los ayunos se daban por terminados el sábado siguiente y la Pascua se celebraba siempre en la noche del sábado al domingo. 

El papa Víctor quería apartar a Polícrates de la comunión católica si no cambiaba la fecha. Pero san Ireneo de Lyon le recordó que la misma cuestión se había planteado ya hacia el año 150 entre san Policarpo de Esmirna (que fue su maestro) y el papa Aniceto de Roma. Aunque no llegaron a ningún acuerdo, ambos mantuvieron la concordia. 

El estudio de los textos de los siglos II y III manifiesta que, al celebrar la Pascua, las comunidades primitivas privilegiaban la contemplación de la pasión del Señor y su muerte redentora. 

Esto viene avalado por los numerosos textos patrísticos que hacen derivar la palabra hebrea «Pesaj-Pascha» del verbo griego «páschein», que significa ‘sufrir’ (en latín lo traducían por «pati»). 

Influenciados por el evangelio de Juan, los Padres veían unidas la muerte de Cristo y su glorificación por lo que, al subrayar el tema de la pasión, no descartaban el de la resurrección. 

Por eso, no había diferencias en los contenidos, ya que todos subrayaban por igual la pasión y muerte de Cristo, por lo que el único problema era el de la fecha. 

Lentamente las iglesias de Asia menor fueron asumiendo la costumbre de celebrar la Pascua el domingo siguiente al 14 de Nisán, y el problema quedó superado.

Cuando ya había desaparecido la cuestión «cuatordecimana», surgió un nuevo problema: la manera de calcular la llegada de la primera luna llena de primavera. 

Al principio, los cristianos aceptaban los cálculos judíos y, a partir de ellos, regulaban su propia fecha. En cierto momento, los judíos adoptaron una nueva manera para fijar la fiesta, que no tenía en cuenta el equinoccio. Algunas comunidades cristianas los siguieron pero, con los nuevos cálculos, a veces el plenilunio pascual caía antes del equinoccio de primavera. Otros adoptaron cálculos astronómicos distintos, distanciándose de los judíos, por lo que las fechas no siempre coincidían. 

De ahí surgieron las cartas festivas de Alejandría, que comunicaban el día de la Pascua desde finales del siglo II. 

La cuestión no se solucionó hasta el concilio de Nicea, el año 325, en que los padres conciliares pidieron al obispo de Alejandría que se encargara cada año de hacer los cálculos pertinentes para determinar la fecha exacta de la Pascua y de las otras fiestas que dependen de ella. 

Por la carta de los Padres conciliares al obispo de Alejandría, la del emperador a todos los obispos y el testimonio de san Atanasio, se conocen las determinaciones: «que la Pascua debía caer siempre en domingo, que no sea celebrada nunca en el mismo día que la pascua judía, que debe fijarse la fecha en la primera domínica después del 14 de Nisán, computado no con el sistema judío, sino de forma que no pueda nunca anticiparse al equinoccio». 

De todas formas, algunos grupos conservaron otras maneras de calcular la fecha, por lo que periódicamente surgían nuevas polémicas. Lentamente, todas las Iglesias asumieron la celebración de la Pascua el domingo siguiente a la primera luna llena después del equinoccio de primavera, lo que se ha conservado hasta el presente.

Las divergencias actuales se deben a que la mayoría de las Iglesias ortodoxas no siguen el calendario gregoriano (solar), sino el juliano (lunar), por lo que algunos años no coinciden. 

El concilio Vaticano II afirmó que la Iglesia no sería contraria a una celebración anual de la Pascua en fecha fija, siempre que sea en domingo (SC apéndice, 1). En 1975 se llegó a un consenso para celebrarla el domingo siguiente al segundo sábado de abril. Las comunidades occidentales lo aceptaron, pero no las ortodoxas, por lo que no se aplicó.

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