Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 17 de abril de 2014

El lavatorio de los pies


Cuando yo era niño se decía: "Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión". Ya solo la fiesta de hoy se celebra en jueves. Por cuestiones laborales, las otras se han trasladado al domingo en casi todo el mundo. Ya he explicado la historia y las celebraciones del Jueves Santo y he reflexionado sobre la oración sacerdotal de Jesús, que tuvo lugar después de la Última Cena. También he dedicado varias entradas a hablar de la institución de la Eucaristía. Hoy voy a hablar del lavatorio de los pies.

El evangelista san Juan introduce la narración del lavatorio de los pies con un lenguaje especialmente solemne: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). 

La palabra usada para hablar del extremo es tèlos (que significa la totalidad, la plenitud). Esta palabra la volvemos a encontrar en el momento de su muerte, cuando Jesús exclama: «Todo está cumplido» (Jn 19,30. Aquí se usa el término tetèlestai). Pues bien, el cumplimiento de la vida de Jesús, su «hora», a la que se encamina todo el evangelio, coincide con su Pascua, de la que el lavatorio de los pies es, al mismo tiempo, anticipo y clave de comprensión.

Para entender el gesto no hemos de pensar en nuestras calles asfaltadas y con alcantarillado. En la época de Jesús, en las calles de tierra se tiraban los restos orgánicos y las comidas de los animales. Además, pocas personas usaban calzado, y las que lo llevaban se limitaban a unas simples sandalias. Lavarse los pies al entrar en casa era un ritual obligado y necesario. 

En las familias pudientes lo hacían los esclavos. En las familias pobres, la esposa o las hijas. Para los judíos, era algo tan humillante que un rabino podía pedir cualquier servicio a sus discípulos, excepto que le lavaran los pies. 

Al entrar en una casa prestada para la cena, ningún miembro del grupo se sintió llamado a hacer este servicio. 

Jesús se quitó el manto y lavó los pies de los discípulos. Voluntariamente ocupó el lugar de los esclavos y de las mujeres, se puso en el lugar más bajo, indicando dos cosas: que Él viene a servir y que no admite que unas personas sean consideradas inferiores a otras.

En otra ocasión, el Señor había dicho: «Cuando el siervo llega a casa después de haber trabajado todo el día en el campo, sirve primero a su amo y después se sienta él a la mesa» (cf. Lc 17,7-8). Sin embargo, Jesús es el Señor que atiende a los criados y les lava los pies; que no vino a ser servido, sino a servir y a dar la vida en rescate por muchos (Mt 20,28; Mc 10,45). 

Aquí se manifiesta su verdadera identidad. Y en su imitación, la identidad de sus discípulos. Por eso les pide que sigan su ejemplo. 

2 comentarios:

  1. Gracias por esta reflexión que me manifiesta con fuerza,sencillez y claridad el mandato
    de ser siervo.Que el Señor me dé su gracia para estar siempre disponible, El deseo
    está ahí,pero a veces me cuesta tanto...
    En el día del amor fraterno,un qran abrazo lleno de amor para todos.

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  2. Gracias Señor ,por darle los dones de la sabiduria y la enseñanza a este hijo tuyo Sacerdote,que bien aprendemos muchas cosas de la Palabra que a veces no entendemos,excelente explicacion del lavatorio de los pies del Señor.

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