Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 28 de julio de 2013

Señor, enséñanos a orar

«Un día estaba Jesús orando. Cuando acabó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar”» (Lc 11,1). En el evangelio de hoy, san Lucas recuerda que en Jesús se da primero la práctica y después la teoría. Los discípulos le piden que, igual que Juan enseñó a orar a sus seguidores de una forma concreta, Jesús les enseñe a orar «como Él» hacía. 

Los discípulos de Juan oraban y ayunaban pidiendo a Dios la llegada de su Reino. La predicación inicial de Jesús coincidía con la de Juan: «Arrepentíos porque el Reino de Dios está cerca». Quizás la oración de los discípulos de Juan y la de los discípulos de Jesús fuera igual al principio; pero, con el pasar del tiempo, los discípulos de Jesús han descubierto en Él una manera peculiar de relacionarse con Dios y quieren aprender el estilo propio de su maestro. Por eso le piden que les enseñe.

Entonces, Jesús les regala el Padre Nuestro y una preciosa catequesis sobre la confianza en Dios, que ama a los hombres, que se ocupa de ellos con interés, que escucha su plegaria. 

Lo ilustra con algunos ejemplos: en primer lugar, el del hombre que se presenta a media noche en casa de su amigo para pedir unos panes e insiste hasta que consigue lo que necesita. Esta parábola no tiene paralelismo en los otros evangelistas. Solo la recoge Lucas en esta catequesis sobre la bondad de la oración. En ella invita a orar con insistencia y confianza. 

Tomada al pie de la letra, de una manera superficial, podría dar la impresión de que molestamos a Dios con nuestras oraciones. En realidad, dice todo lo contrario: no tenemos que cansarnos de orar, aunque no veamos los resultados inmediatamente. 

A continuación, invita a pedir, buscar y llamar, con insistencia y perseverancia. El cristiano nunca puede sentirse satisfecho con lo que posee o conoce. Siempre tiene que estar pidiendo a Dios, buscando su rostro y su voluntad, llamando a su puerta. Santa Teresa de Jesús habla de una «determinada determinación» de perseverar en el camino de la oración, una vez iniciado, sin echarse atrás por las dificultades o contradicciones que puedan surgir.

Jesús afirma que es Dios mismo el que da al que pide y abre al que llama. Literalmente, el texto dice: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá». 

El verbo «encontraréis» está en activo, lo que significa que «nosotros» terminaremos encontrando si perseveramos en la búsqueda. 

Pero «se os dará» y «se os abrirá» están en pasivo. Es una manera de expresión muy común en la Biblia, llamada «pasivo teológico», que indica siempre que Dios hará algo, pero a Él no se le nombra por respeto al Nombre divino, que se consideraba impronunciable. Así que si pedimos y llamamos, «Dios» nos dará y nos abrirá. 

Por eso, es importante saber qué vamos a pedir y dónde vamos a llamar. El Padre conoce lo que necesitamos antes de que se lo digamos, pero es necesario que nosotros tomemos conciencia de nuestras necesidades más profundas; aquellas que ni nosotros podemos satisfacer ni tampoco nuestro mundo y que se resumen en el don del «Espíritu Santo», que debe ser el objeto último de nuestra súplica: «Cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan».

Jesús añade un nuevo ejemplo, hablando del hijo que pide a su padre un pan o un pez o un huevo, sabiendo que no recibirá en su lugar una piedra o una serpiente o un escorpión.

Así enseña que podemos solicitar a Dios lo necesario, como un niño que pide a su padre la comida. Nuestra confianza en Él tiene que abarcar todos los ámbitos. De todas formas, ya ha dicho antes que el don de Dios supera las peticiones y expectativas de los hombres, ya que está dispuesto a darnos su propio Espíritu; es decir, a sí mismo.

En el evangelio de san Lucas queda claro que necesitamos orar con insistencia confiada. La invitación a perseverar, a «no cansarse nunca», a no desanimarse, se repite varias veces: «Tened ceñida la cintura y las lámparas encendidas» (Lc 12,35), «Les dijo una parábola para inculcarles que era necesario orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18,1). 

Hoy que tanto se habla del aparente silencio de Dios, esta invitación es más actual que nunca. Pedimos sin ver los frutos, buscamos en la oscuridad de la noche, llamamos a una puerta que parece cerrada. En este caso, nuestra oración tiene que ser más intrépida e insistente, conscientes de que no dejará de cumplirse lo que dice la Escritura: «Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha» (Sal 34 [33],7).

1 comentario:

  1. El Señor nos escucha siempre y cuando no nos lo esperamos nos sale al encuentro no como nos lo esperabamos y vemos como nuestras preocupaciones se ven resueltas Gracias por el pan de cada dia
    Ana Maria

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