Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 12 de octubre de 2012

Experiencia orante de santa Teresa de Ávila

Santa Teresa es doctora de la Iglesia. Especialmente conocida por sus enseñanzas sobre la oración. Su doctrina es tan profunda, porque la ha vivido antes de escribirla. Por eso repite muchas veces que solo escribe lo que ha experimentado. En este sentido, todos sus libros son autobiográficos. En ellos expone su camino de oración y lo propone para aquellos que quieran escucharla.

Infancia y juventud. Teresa recuerda que su madre tenía mucho cuidado de enseñar a rezar a sus hijos y de transmitirles su devoción a la Virgen y a algunos Santos. Con un hermano de su edad, se entretenía en leer vidas de Santos, a los que querían imitar. Ya a la edad de “seis o siete años” gustaba meditar en que la gloria del cielo y las penas del infierno son para siempre. Con su hermano jugaba a que eran ermitaños y con otras niñas de su edad a que eran monjas. Añade que “Procuraba soledad para rezar mis devociones, que eran muchas, en especial el rosario”. Por eso, cuando quedó huérfana a los 13 años, acudió de manera espontánea a María, pidiéndole que fuera su Madre. A los 16 años la internan en un monasterio, donde jóvenes de su condición recibían formación hasta el momento del matrimonio. Allí lleva una vida de piedad, acompasada por el rezo de muchas oraciones vocales. Lo abandona por causa de una enfermedad y, mientras va a curarse a casa de su hermana, se detiene en el camino en casa de su tío Pedro. Este dedicaba su tiempo a la lectura de buenos libros religiosos y, más tarde, se haría monje. Regala a su sobrina las cartas de San Jerónimo, que hablan mucho de la oración. Su lectura lleva a Teresa a recordar sus meditaciones de niña sobre lo rápido que pasa todo y que cielo e infierno son para siempre. Así decide hacerse monja.

El descubrimiento de la meditación. En el noviciado del monasterio de la Encarnación de Ávila encuentra un buen clima orante. De hecho, la Regla del Carmelo invita a “permanecer día y noche en oración, meditando la Palabra de Dios y velando en oración”. Las Constituciones mandaban que “con mucha diligencia trabajen las novicias en estudiar y aprender a cantar los salmos y el Oficio Divino y sean enseñadas en todas las rúbricas”. Aunque ella no sabía latín, el rezo de los Salmos y del Oficio Divino va a ocupar muchas horas de su vida a partir de ese momento. Quizás por entonces tiene su primer encuentro con los evangelios traducidos al español, ya que afirmará: “Siempre he sido muy aficionada y me han recogido más las palabras de los evangelios que otros libros”.

Tres años después abandona temporalmente el monasterio, a causa de otra enfermedad. De camino a casa de su hermana, su tío le volvió a proporcionar buenos libros. En primer lugar, el Comentario al libro de Job, de San Gregorio, en el que encontró un buen modelo de oración bíblica. También el Tercer Abecedario, de Francisco de Osuna, que le abrió el camino de la oración mental. Le fascinó lo que allí encontró desde la primera página: “La amistad y comunicación de Dios es posible en esta vida, más estrecha y segura que jamás fue entre hermanos ni entre madre e hijo”. Comienza a practicar lo que después llamará “primer grado de la oración”, que consiste en meditar en la vida de Cristo y en el conocimiento propio. Le ayuda la lectura de buenos libros, fijar su mirada en imágenes del Señor y la contemplación de la naturaleza, en la que ve una huella del Creador. En los tres años que permanece en la enfermería del monasterio, dedica mucho tiempo a la oración y a enseñar a orar a otras, que se admiran de su paciencia y de su alegría. Su mismo padre se convierte en discípulo suyo.

La oración tentada. Hacia los 27 años se recupera de su postración. Lo milagroso de su curación, la profundidad de sus palabras y su simpatía natural hicieron que muchos acudieran a hablar con ella en el locutorio del monasterio y a consultarle sus asuntos. Las conversaciones se alargaban, derivando en temas intrascendentes, convirtiéndose en meros pasatiempos. Como esto revertía en limosnas para el convento, tan necesitado, a todos les parecía bien. Aquí introdujo el demonio la mayor tentación de toda su vida, disfrazada de humildad. Teresa se sintió indigna de acercarse a la oración, convencida de que solo las personas perfectas son dignas de tratar con Dios. Ella quería sinceramente clarificar sus dudas, pero no encontraba con quién. La ocasión llegó con motivo de la enfermedad y muerte de su padre. Mientras lo cuidaba, tuvo ocasión de hablar con su confesor, que la animó a recuperar la oración. Se propuso practicar todos los días, por lo menos, una hora de oración silenciosa. De regreso al monasterio, su vida cotidiana se repartía entre los rezos comunitarios, la lectura espiritual, la oración personal, el cuidado de las enfermas y la atención en el locutorio a cuantos la visitaban. Muchos la consideran una religiosa ejemplar. Pero ella no estaba contenta, porque se sentía dividida: “Por una parte me llamaba Dios, por otra yo seguía al mundo. Me daban gran contento todas las cosas de Dios, pero me tenían atada las del mundo. Me parece que quería compaginar estos dos contrarios”. En esta tensión se mantuvo durante 10 años, hasta que Dios la venció totalmente.

La conversión. Ante una imagen de Cristo muy llagado, se determinó a entregarse por completo en sus manos, haciendo siempre y en todo la voluntad de Dios. Teresa contaba 39 años y se dispone a comenzar una nueva etapa de su existencia, en la que su opción prioritaria será el cultivo de la vida interior. Es importante tener presente que, para Teresa y sus contemporáneos, la oración no es solo una actividad del alma, sino una manera de ser, una opción de vida que conlleva introspección, búsqueda de una relación personal con Dios y una manera de situarse ante el mundo, viviendo a la luz del evangelio. Hoy lo llamamos “espiritualidad”. 

La oración afectiva. Desde que inició la práctica de la oración, Teresa comenzaba meditando alguna página del evangelio o de otro libro espiritual. En la meditación, ella se “representaba” una escena de la vida de Cristo y reflexionaba sobre sus enseñanzas. En cierto momento, comienza a percibir la presencia misteriosa, pero real, del Señor a su lado, sin que ella haga nada para provocarlo. Es la entrada en la oración mística. Esto le producía asombro y gozo. Sus confesores creen que el diablo la engaña, pero ella no puede dudar de que es Dios quien la visita, porque se siente cada día más firme en la fe y en la esperanza, más generosa en la práctica de la caridad y más desasida de todo. En su oración, los pensamientos y meditaciones van a ocupar cada vez menos tiempo. Por el contrario, lo decisivo será el afecto, la voluntad. Se siente en presencia de Cristo, al que mira amorosamente y del que se deja mirar, al que habla, sin importarle las palabras que usa, como con un amigo, con un hermano, con un esposo. Teresa ha descubierto que “aquí no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho. Así, lo que más os mueva a amar, eso haced”.

La plenitud contemplativa. Desde que empezó a practicar esta oración afectiva (ella la llama oración de recogimiento), se multiplicaron las gracias místicas: hablas interiores, visiones, éxtasis, heridas de amor en el corazón. A diferencia de la meditación, que es discursiva y se realiza con el esfuerzo del entendimiento, esta oración es intuitiva y se recibe como un don gratuito. Al principio se asustó. No encontraba las palabras adecuadas para explicar lo que le pasaba. En busca de luz para comprenderlo, empieza a ponerlo por escrito. Sus primeros consejeros no la entendían. Querían “explicaciones” comprensibles y Teresa solo podía ofrecerles un “testimonio” de cómo este encuentro la transformaba. Ella sabía que sus experiencias no eran resultado de su obrar, sino que venían de Dios, por los efectos que producían: verdadera humildad, libertad interior, desasimiento de todo lo criado, fortaleza en el sufrimiento, amor desinteresado. San Francisco de Borja, San Pedro de Alcántara y San Juan de Ávila la confirmaron en que venían de Dios. Con tan buenos apoyos, desaparecieron sus miedos y todo se convirtió en oración. Se sentía totalmente identificada con Cristo y sus sentimientos. De su unión con Él brotó su amor apasionado por la Iglesia y la fortaleza necesaria para trabajar por la causa de Cristo sin hacer caso de opiniones contrarias. Al mismo tiempo que alcanzó las más altas cimas de la mística, se convirtió en andariega de Dios, fundadora de monasterios, maestra de oración y escritora de libros de espiritualidad. Quiera el Señor que, siguiendo el ejemplo de Santa Teresa, nuestra oración nos mueva a entregarnos totalmente al servicio de Cristo y a dejarle actuar en nosotros.

1 comentario:

  1. Hace mucho bien poder leer cosas de Sta Teresa. Yo lo recomendaría a todos pues siempre hay gente que no la conoce. Oscar.

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