Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 5 de diciembre de 2016

La triple venida del Señor


Ya hemos tratado este argumento en otras ocasiones. Intentaremos hacer ahora un resumen ordenado de las ideas que ya hemos expuesto otras veces.

Comencemos recordando que las celebraciones de la Iglesia son memoriales; es decir: 

1. Recuerdo de acontecimientos pasados, 
2. promesa de realidades futuras y 
3. actualización sacramental de lo que se celebra. 

Meditando en la venida pasada de Cristo y preparando su venida futura, aprendemos a reconocer su venida presente. Comprendemos que Cristo está viniendo en cada acontecimiento y que tenemos que estar despiertos para acogerle. Para quien lo recibe en la fe, su venida se convierte en salvación. Quien lo rechaza, pierde la oportunidad que se le ofrece y permanece en la condenación.

Durante el Adviento, la Iglesia mira al pasado: a las esperanzas de Israel, a las promesas de los profetas y a su cumplimiento en Cristo: el Hijo de Dios se hizo hombre para que los hijos de los hombres pudiéramos llegar a ser hijos de Dios. 

Porque Jesús vino y se ha quedado entre nosotros, en nuestros días no es necesario subir al cielo o bajar al abismo para encontrar a Dios (cf. Rom 10,6-7). 

Los liturgistas subrayan que la venida pasada del Señor inauguró el culto cristiano y es la fuente de su eficacia: «Sobre el hecho capital de que Dios ha venido, esto es, ha aparecido en forma visible entre los hombres, descansa la redención que él, al aparecer visiblemente en cuerpo humano, impetró en nuestro favor […] Asimismo, la redención que nos aplica actualmente la liturgia descansa sobre el poder activo de la conmemoración, en el culto, de esta venida y aparición de Dios. Porque Dios ha venido, por eso se da esta gran realidad salvífica en que vivimos: la Iglesia. Y porque Dios renueva de continuo su venida en el culto, por eso existe la liturgia salvadora de la Iglesia, de la cual su vida, es decir, nuestra vida, se alimenta y crece».

En Adviento, al mismo tiempo que se hacen presentes las obras pasadas de Dios, la Iglesia mira al futuro: a la manifestación gloriosa de Cristo y a la nueva Jerusalén, que descenderá del cielo; cuando la humanidad redimida entrará en el Paraíso verdadero, del que el jardín del Edén era solo anuncio profético, y vivirá la vida de Dios para siempre. 

Cumpliendo sus promesas, Jesús vendrá para llevar a plenitud su obra salvadora. La liturgia anticipa proféticamente el cumplimiento pleno de sus promesas y nos permite pregustar la vida eterna. 

La liturgia actualiza de una manera misteriosa lo que recordamos (como ya sucedido) y lo que esperamos (como suceso futuro), por lo que podemos hablar de tres venidas del Señor: la que tuvo lugar hace más de 2000 años, la que se realizará al final de los tiempos y la presente, en la que las otras dos se actualizan: Jesús viene, se hace presente entre nosotros. 

Por eso, la Sagrada Escritura llama a Jesús «el que es, el que era y el que viene» (Ap 1,8) y dice que «es el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb 13,8). 

Es significativo que las primeras oraciones del Adviento inviten a tomar conciencia de la perenne actualidad de la visita de Dios: «Anunciad a todos los pueblos y decidles: “Mirad, viene Dios, nuestro Salvador”». 

La Iglesia comienza su año litúrgico afirmando que Dios viene. Anuncia que el mismo que nació en Belén y volverá para llevar todo a plenitud, viene hoy. Viene porque somos importantes para él. Viene para liberarnos de todo lo que nos impide ser felices. Viene para darnos su vida eterna. Esta venida actual hace significativo el Adviento y asegura que el cristianismo no es solo una hermosa utopía.

San Bernardo de Claraval trató varias veces el tema de la triple venida del Señor en sus sermones, explicando las características de cada una de ellas. Mientras que la primera y la última son visibles, la intermedia no lo es, por lo que puede pasar desapercibida si no estamos atentos: «En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con los hombres […] En la última, todos verán la salvación de Dios y mirarán al que traspasaron. La intermedia, en cambio, es oculta, y en ella solo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus almas se salvan […] Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última: en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en Esta, es nuestro descanso y nuestro consuelo».

Lo recuerda el papa Francisco, que afirma que este es «uno de los temas más sugestivos del tiempo de Adviento» y añade: «La primera visita —lo sabemos todos— se produjo con la encarnación, el nacimiento de Jesús en la gruta de Belén; la segunda sucede en el presente: el Señor nos visita continuamente cada día, camina a nuestro lado y es una presencia de consolación; y para concluir estará la tercera y última visita, que profesamos cada vez que recitamos el Credo: “De nuevo vendrá en la gloria para juzgar a vivos y a muertos”».

Comentando este argumento, Benedicto XVI invitaba a considerar que el verbo venir adquiere en Adviento un significado teológico, revelador, porque hace referencia al ser de Dios: «El verbo “venir” se presenta como un verbo “teológico”, incluso “teologal”, porque dice algo que atañe a la naturaleza misma de Dios. Por tanto, anunciar que “Dios viene” significa anunciar simplemente a Dios mismo a través de uno de sus rasgos esenciales y característicos». 

Por su parte, san Juan Pablo II llegó a afirmar que en Adviento se manifiesta la esencia misma del cristianismo, su verdadera clave de interpretación: «El cristianismo no es solo una “religión de adviento”, sino el Adviento mismo. El cristianismo vive el misterio de la venida real de Dios hacia el hombre, y de esta realidad palpita y late constantemente. Esta es sencillamente la vida misma del cristianismo».

Como vemos, toda la vida del cristiano encuentra luz en el Adviento. Las enseñanzas de la Iglesia en esta época del año valen para toda su existencia.

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