Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 13 de noviembre de 2014

María Teresa de Jesús Scrilli, al servicio de las niñas abandonadas


Hoy se celebra la fiesta de la beata María Teresa de Jesús, que nació en un pueblecito italiano en 1825 y murió en 1889. Desde el momento de su nacimiento fue rechazada por sus padres, que deseaban tener un niño.


Casi 300 años antes, santa Teresa de Jesús, al contar la historia de la fundadora del monasterio de Alba de Tormes, dice que ella también estuvo a punto de morir al nacer porque fue abandonada por sus padres y familiares, que no le ofrecieron alimentos ni otros cuidados solo porque era una niña. 

Y añade: «Pues habiendo ya tenido cuatro hijas, cuando vino a nacer Teresa de Layz, dio mucha pena a sus padres de ver que también era hija. Cosa cierto mucho para llorar que, sin entender los mortales lo que les está mejor, como los que del todo ignoran los juicios de Dios, no sabiendo los grandes bienes que puede venir de las hijas ni los grandes males de los hijos, no parece que quieren dejar al que todo lo entiende y los cría, sino que se matan por lo que se habían de alegrar» (F 20,3).

Pues bien, la beata que celebramos hoy cuenta en su autobiografía que creció sin el amor de sus padres, que la despreciaban solo por ser niña. Una «espina que atravesaba su corazón».

En 1846 ingresó en el monasterio de Santa María Magdalena de Pazzi, en Florencia, pero solo dos meses después sintió que Dios le pedía cuidar de las niñas pobres y darles el afecto y la formación que la sociedad les negaba. 

Se cambió el nombre por amor a santa Teresa de Jesús, en la que encontró tanto amor y comprensión hacia las mujeres, para las que pedía igualdad de oportunidades. Así, María Scrilli pasó a llamarse María Teresa de Jesús.

Así que se dedicó a recoger niñas abandonadas en las calles y abrió para ellas una casa-hogar. Se hizo maestra y con otras tres compañeras fundó un instituto carmelitano al servicio de las niñas necesitadas. He contado algo más de su vida en esta entrada.

Oremos usando sus mismas palabras: "Te amo, Dios mío, en tus dones. Te amo en mi nada, porque también en mi nada comprendo tu sabiduría infinita. Te amo en las múltiples vicisitudes, tan variadas y extraordinarias, con que has acompañado mi vida. Te amo en todo, tanto en la tribulación como en la paz, porque no busco ni he buscado nunca tus consolaciones, sino que te busco a ti, Dios de las consolaciones" (Autobiografía, 62).

1 comentario:

  1. Lo que el mundo no valora Dios lo escoje Como el sol para que alumbre
    Ana Maria

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